sábado, 21 de junio de 2008

Abelardo Castillo


Un conversador de atar, eso es. Incorregible, diría el Sumo Ciego.


Del canto rodado de su garganta florece un caudaloso entusiasmo contador, analizador. En cada cosa que relata o que reflexiona o que digresiona lo desata, al entusiasmo. Y es imposible que pronto a uno no lo salpique y, a la larga, no lo atrape con la serpentina de su feroz memoria. En un paréntesis de la entrevista caeré en la tentación de pedirle que me describa su casa. Me dirá con voz rezongona: "Pero ése es trabajo tuyo". Sin embargo enseguida estará contándome, con el fervor minucioso de un relojero: "Escalera de mármol y, subiendo, a la izquierda, reproducción de una de las ´sillas de Van Gogh: es un gran boceto a lápiz que Sylvia me trajo de Francia. En el remate del primer descanso un gran cuadro original de Fernando García Curten: Van Gogh volviendo del trabajo . En el otro descanso, sobre un sillón Savonarola, una reproducción del Guernica de Picasso. Sala de estar muy grande. Lo primero que se ve, al entrar, es una mesa con un juego de ajedrez y, a la izquierda, en la pared, una serigrafía de Carlos Alonso, El Van Gogh de la oreja cortada . Al fondo, una puerta que da a mi escritorio. Antes de entrar, en la pared de la derecha, otro Alonso, un original: es un dibujo de mi cara hace más de cuarenta años. En el escritorio, sobre una de las bibliotecas, dos fotografías casi idénticas de Sylvia cuando era adolescente. Un ídolo de las Cícladas, en homenaje a Cortázar. Un retrato bastante impresionante de Kafka, puro ojos, mirada de fiebre, orejas en punta, que tiene escrito: ´ Es gibt ein Ziel, aber Keinen Weg; Was wir Weg nenen, ist Zögern [Hay una meta, no un camino; lo que llamamos camino es vacilación]. Libros por todas partes.

Sobre otra de las bibliotecas, el retrato del Che Guevara. No es un objeto decorativo ni reciente: cuando me lo mandaron de Cuba, el Che todavía estaba vivo". Eso: libros, libros por todas partes, libros latiendo, libros felices por tan gastados. Es evidente: Abelardo Castillo escribe cuando escribe y escribe cuando lee. En realidad, dentro y fuera de los libros, todo lo mira con sus ojos de leer. Vive en estado de sed y de sucesiva celebración, deletreando el alma de cada página y paladeando con adrenalina, hasta relamerse, el libro que compró esta tarde y empezará a leer esta noche. Su vínculo es de tal intensidad que nos lleva a recordar a Adriano, Marguerite Yourcenar mediante: si "el verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente, mis primeras patrias fueron los libros", decía el emperador. En el caso de Castillo los libros fueron y siguen siendo eso, sus patrias. No sé por qué, pero de pronto me lo imagino en una celda, preso a perpetuidad: Abelardo allí, sentado, atado de pies y atado de manos. El tipo ahora descubre una cucaracha, y la ve de oro, como el escarabajo aquel, y aunque puede hacerlo no la aplasta con el margen de libertad que tiene su pie. No es por bondad o por ser pariente del Francisco de Asís, no; no la aplasta porque la necesita. ¿Para qué? Naturalmente, para hablarle de literatura a rajacincha, para contarle que había una vez Borges y Kafka y Arlt y Poe y Marechal y. Y yo que, justamente, le anticipo por teléfono el objetivo de la entrevista: "Conversar, pero saliéndonos de la literat " Muerde el final con un desconsolado "No no no, yo no puedo conversar de otra cosa que no sea literatura". Llega el día. Ya se verá: vamos a hablar con alguien que es una criatura, es decir, una creatura. Baja para abrirme la puerta Sylvia Iparraguirre, la mujer de Castillo, autora de La tierra del fuego , esa novela que viene tocada de poesía desde el artículo de su título. Sylvia pronto nos deja solos. Abelardo juega con su anillo de casado, trata de sacárselo; ¿podrá?


-La pregunta recurrente es: "Fulano, ¿por qué escribe?". Démosla vuelta: supongamos que por hache o por zeta no te dejaran escribir. ¿Qué sería de tu vida si no pudieras escribir?
-No sé Pero, aun en la cárcel podés escribir, ¿no? El Quijote fue imaginado en cautiverio. Gramsci escribe su obra fundamental en la cárcel, citando de memoria. Tendría que inventarse un sistema muy férreo para impedirme escribir. De todas maneras me las ingeniaría para crear una literatura mental. En el peor caso, sería como ser ciego. Los ciegos escriben en su cabeza.
-Más palos en tu rueda Sobre los famosos cinco sentidos vienen y te dicen: "Bueno, Castillo, usted se puede quedar con dos sentidos. Ni uno más".
-Elegiría la vista y el oído. La vista no por el mero hecho de ver, sino por la relación que tiene con mi vida, por la lectura.
Casi todas las ideas en el mundo grecolatino parten de la mirada... Y elegiría el oído, porque no podría vivir sin la música. Pienso, como Nietzsche, que sin la música el mundo sería un error.
-¿Quién te enseñó a leer?
-Aprendí solo. Cuando entré en el colegio ya sabía leer. Naturalmente no debió de ser exactamente así; me lo dice la lógica. En mi familia nadie recordaba cómo aprendí. Nadie se sentó a enseñarme, pero a los 4 o 5 años yo estaba leyendo palabras Recuerdo un verso de esa época, si querés te lo recito -Metele. -Lo saqué de la colección Los Pequeños Grandes Libros(la risa le brota) ... Había desaparecido el ratón Mickey. Dippy tocaba la guitarra desaforado. Al dibujo le saltaban unas tremendas lágrimas y la canción decía: "Y lo enterraron con sus ropas de vaquero / y su guitarra, y se marchó al baratro, / y él que en vida matara a más de cuatro, / de difunto no asustaba ni a un cordero"... Me asombraba la palabra "baratro". Quiere decir "infierno", supe después. En realidad, es "báratro". Para que rime con "cuatro" le habían puesto "baratro".


-Tenías desesperación por leer. ¿Muchos libros en tu casa?
-Mis padres tendrían algún libro... Pero los primeros Dostoievski, Tolstoi, Zola, los encontré en San Pedro, en la casa de mi abuelo materno y en Buenos Aires, en la de mi tía. La relación con los libros es mágica. Sin saber lo que era físicamente una biblioteca, yo quería tener una. Para mí, cada libro era una pequeña máquina parlante a la que yo no podía oír; entonces para oír los cuentos tenía que aprender a leer. Seguramente he ido preguntando y me han ido diciendo


-Tu papá era boxeador.
-En San Pedro yo vengo a ser el hijo de Abelardo Castillo (se ríe con regocijo). En mi primer recuerdo, yo tendría 4 años, mi padre ya no boxeaba. Trabajaba en una empresa metalúrgica. Después, dirigió a boxeadores, algunos campeones argentinos, como Rinaldo Ansaloni o Lorenzo García, que llegó a pelear por el campeonato del mundo. Cuando nos fuimos de Buenos Aires y compró una casa en San Pedro, ahí, en el fondo de casa, se construyó un gimnasio. Otra cosa que hizo fue manejar camiones; a papá le encantaba la ruta, cosa que heredé de él. Tengo registro de camionero.


-Boxeaste también.
-De manera informal. Como San Pedro es una ciudad pegada al río, también remaba, nadaba. Aunque en el Náutico había canchas de tenis, nunca jugué. Me entusiasma mirarlo.
-Alguna vez Bioy me dijo que si hubiese paraíso lo imaginaba con cancha de polvo de ladrillo.
-Es cierto, Bioy quería ser campeón mundial de tenis, pero nunca le oí decir que quisiera ganar el Nobel, eso me gustaba de él.


-Entonces tu entrada a la literatura no vino por influencia familiar.
-Los libros van a buscar a los lectores. A mí me caían en la cabeza, venían a mis manos Un día descubrí en un cajón algo que era Ana Karenina y otra vez, El doble. Pero mi pasión por la lectura empieza a los 10 años, cuando entré en un colegio salesiano. Estaba leyendo el Robinson Crusoe. El padre rector me dijo que ésa no era lectura para un chico, tal vez porque Robinson era protestante. Pese a eso, mi amor por la lectura nació en aquel colegio. Había dos horas obligatorias de silencio y podías leer lo que sacaras de la biblioteca. Ese recogimiento diario me acostumbró a sentir que la lectura era otra especie de recreo.

-Mientras hablás deslizás tus manos, como si tocaras libros.
-Es que mi cercanía con los libros es previa a la idea de su existencia; siempre me gustaron los de lomo ancho, yo detestaba los finitos y grandes, para chicos Sylvia todavía se asombra: cuando busco un dato en un libro, lo abro y ahí está. Claro, lo más probable es que lo haya abierto tantas veces ahí que ya se abre solo.

-Una relación física la tuya.
-Totalmente física. Te podría contar mi vida tocando el lomo de los libros que están en esa biblioteca: sé dónde los compré, cuándo, cuál estuve a punto de robarme y no pude y me lo robé después Mirá, desde acá se ve allá abajo está El cancionero de Baena. Ese libro está vinculado a mi relación con Sylvia. Hacía poco que nos conocíamos, fuimos a una librería, yo siempre había querido tener El cancionero , libro con un lomo de 15 centímetros. Estamos ahí, elijo un librito barato y le pido a Sylvia "andá a pagarlo". Cuando vuelve, le digo: "Y ahora empezá a correr, acabamos de robar El cancionero de Baena " .

-A Sylvia la conociste en algún taller literario.
-No, la había visto en una época extraña y patética de mi vida, en el 68. La volví a ver un año después y sentí que era la mujer que me estaba destinada. Un día me invitaron de la Facultad de Filosofía y Letras para hablar sobre estructuralismo, estaba tan de moda eso, ¿no? Bueno, allí había un grupo con 17 materias dadas, pero no habían leído ni Rayuela, ni el Adán Buenosayres , ni Sobre héroes y tumbas ; no hablemos ya de Sartre. Entonces inventé un curso sobre literatura contemporánea, para que Sylvia viniera. Ese curso murió con la aparición de ella.

-Después dicen que los talleres no sirven para nada. Una historia de amor. Hasta la convertiste en cómplice de robos.
-Dicho así parece Bonnie and Clyde . Sylvia venía de Junín, era muy tímida, muy legal, como dicen hoy los chicos, y a mí me parecía formidable mostrarle esa otra zona de la realidad literaria, que con el tiempo admitió, aunque nunca se puso a robar libros, que yo sepa. -Para eso estabas vos. -Aceptó, pongamos, que yo fuera el delincuente de la casa.

-¿Cuál fue tu primer libro afanado?
-No recuerdo, pero el que me quedó grabado fue La peste de Camus, porque me descubrieron. Me hice el ofendido; por suerte tenía plata para pagarlo.
-Habrás dicho "yo prefiero a Sartre, no me vengan con este Camus".
-Cierto, todavía andaba por el aire la polémica entre Sartre y Camus; yo tendría 20 años, y sí, me sentía mucho más cerca de Sartre

-Abelardo, te propongo un juego que tal vez te guste, considerando que sos un cuentista que empezó, cosa rara, escribiendo teatro. Supongamos que algunos escritores entran y se nos meten en la conversación. Bueno, hay dos que ya están aquí, ¿los ves? Sartre y Camus. ¿Qué les decís?
-A Sartre le digo una trivialidad, que con él aprendí a pensar, que me deslumbró El ser y la nada cuando estaba en el servicio militar; a Camus, que su Calígula es una de las obras mayores del teatro del siglo XX.

-A propósito de aquel encontronazo de arduos pensadores, ¿les dirías algo?
-Les preguntaría si están seguros de haber disentido tanto, si en el fondo no estaban diciendo lo mismo. -Convirtieron la polémica en un género literario, en cornisa del arte. -Eso es lo asombroso de esas polémicas, ¿no? Hoy llaman polémica a disputas acerca de temas triviales, formales, cuando no de mercado -Enclenques cañitas voladoras de pavitos reales. -La verdadera polémica es siempre discusión de ideas. En toda la polémica de Camus con Sartre hablan de literatura, pero lo que están tratando son problemas filosóficos, incluso religiosos y políticos. Temas en los que estaba en juego hasta el rumbo de una época.

-Eso que se llama vanguardias ¿cómo te resulta?
-Las vanguardias existieron toda la vida, pero en general sólo queda el inventor. Las vanguardias suelen ser máquinas de irresponsabilidad, y, en la Argentina, máquinas del tiempo. Inventan novedades que atrasan un siglo.

-¿Lo tuyo lo ves como profesión o como oficio?
-Lo puedo ver como oficio. Pero sobre todo lo veo como un destino Lo que te puedo contar es cuándo me sentí escritor por primera vez. Hace años, en la Feria del Libro, de pronto veo a un chico que está robando uno en el stand de Galerna. Trato de distraer a Hugo Levin, porque ya me sentía cómplice. Y cuando el chico se va veo que es un libro mío. Ahí me recibí de escritor Y esto me hace acordar de otro libro que debo de haberme robado a los 20 años, Carta a mi padre , de Kafka, en una librería chiquita de Olavarría Yo era conscripto: tal vez piadosamente el dueño me lo dejó llevar. Mi despedida fue El cancionero de Baena. -Una prueba de amor. Además, la adrenalina. -En cuanto a la adrenalina, me sigue pasando hoy si compro o me regalan un libro y pienso "esta noche voy a leerlo".

-¿Cuál es tu sitio preferido para el viaje de la lectura?
-La cama. Me hice hacer un atril del que sale un brazo de metal para sostener los libros pesados, porque me destrozan la espalda. -Se fueron Camus y Sartre. Como la puerta quedó abierta ha entrado un flaquito de orejas aladas y ojos como brasas -¿Kafka? Yo no abriría la boca, esperaría que él me dirigiera la palabra. Para mí Kafka es un milagro; está fuera de la literatura. No la concibo sin él, mucho menos la del siglo XX. En mi escritorio está su frase: "Hay una meta, no un camino; lo que llamamos camino es vacilación". -Kafka paladea la palabra vacilación, no se va -Con mucho pudor, le diría que todo el mundo insiste en comentar El castillo como si el protagonista muriera sin llegar nunca a él. Hasta Borges hace esa interpretación; sin embargo, el libro termina con el personaje vivo. Sin saberlo, ese hombre ya está, siempre estuvo, dentro del castillo.

-¿Y Kafka qué te responde?
-Estoy seguro de que me diría que sí y se abrazaría (la creciente carcajada envuelve su respuesta) llorando se abrazaría conmigo porque por fin lo entendió alguien. -Kafka se retira. Al irse roza con sus nudillos varios lomos de tu biblioteca Abelardo, no hablamos de tu mamá. - Mis padres se separaron cuando yo tenía 8 años, me quedé a vivir con mi padre..., es decir que el recuerdo que tengo de mi madre es de cuando era muy chico.

-¿Qué imagen guardás?
-La de una mujer muy hermosa con unos ojos extraordinariamente bellos, entre celestes y grises, el pelo hasta la cintura... La veo como a una joven, calculá, cuando yo nací mi madre tenía 19 años; cuando se separaron, 27.

-Creo que hijos no tenés. ¿Cómo sentís esa situación?
-Con toda naturalidad. Creo que no hubiera podido tener hijos, no. Para mí, la paternidad hubiera sido un destino que habría excluido todo lo demás Tal vez equivocado, ¿no? Pero así lo sentí.

-Pensás que con la paternidad afloja el escritor. O viceversa.
-No, pero en mi caso, de haber sido el mismo escritor, hubiera sido muy mal padre. En realidad siempre hubiera sido un mal padre, porque mi preocupación por el otro a veces es obsesiva. Yo veo a mi gato parado en el borde del balcón y tengo vértigo ajeno, y es un gato...

-Hace un rato usaste la palabra "destino". ¿Cuánto tiene de fatalidad?
-No creo en las fatalidades. Cuando digo destino pienso en una elección: es uno el que elige y transforma su elección en un destino. Para mí la literatura es un destino. Y debés merecerlo cada día. -El destino, así entendido, es un trabajo. -Un trabajo profundo sobre uno mismo. No se es escritor ni se es padre ni se es revolucionario ni se es nada que valga la pena ser, si no elegís todos los días ese destino. Incluso una mala muerte puede aniquilar la historia de una vida. -Goethe decía que somos ignorantes de lo bueno que hay en nosotros. -Pero lo grave es que hasta que no nos ponen en situaciones extremas, también somos ignorantes de lo vil que hay en nosotros.

-Planteado de manera esquemática, ¿qué te parece que prevalece en la condición humana?
-Creo que tiene que ver esencialmente con el azar y con la buena o mala suerte. Muchas veces me he planteado: yo me quedé en la Argentina durante la dictadura militar; salía, andaba de noche por la calle con Sylvia, me han pedido documentos, pero nunca tuve la desdicha de ver cómo se llevaban, a patadas, a alguien de una casa. Nunca lo vi. La pregunta que me he hecho toda la vida es: ¿cómo hubiera reaccionado? ¿Me hubiera dicho "esto no lo estoy viendo"? Con lo cual habría sido un miserable. ¿Hubiera realizado un acto heroico? Lo cual equivalía a ser una especie de suicida. Bueno, tuve la suerte de que eso no me tocara, no pude poner a prueba ni mi coraje ni mi cobardía. Entonces, nunca podés llegar a saber quién sos si no estás en la situación extrema que te puede determinar, y tal vez para toda la vida, como un cobarde.

-¿Y cómo responderías hoy a semejantes interrogantes?
-Cualquier cosa que diga es falsa En La república del silencio Sartre se plantea esto de otro modo. Cómo hubiéramos reaccionado, decía él, si el Ejército alemán que había ocupado París nos torturaba. Porque, ¿hasta qué punto uno tiene dominio sobre su propio cuerpo? Pero además, y esto ya me lo planteo yo, a lo mejor soportás la tortura, pero ¿soportarías también la tortura de un ser querido? Entonces, entre ser traidor y ser héroe, ¿cuál es el límite? Probablemente, si estás frente a un pelotón de fusilamiento, sea más fácil decir una frase célebre O si estás agonizando en tu propia cama. Podés pedir, como Alfred Jarry, como último deseo, un escarbadientes

-¿Cómo te vas llevando con la idea de la muerte?
-Muy mal. -¿Esto es de ahora o ? -Viene de muy atrás, es como si no la concibiera. -Algún personaje tuyo habla de "la inmundicia de la muerte". -Sí, le tengo una especie de repulsión al acto de morir. ¿Sabés por qué? Porque para mí la vida es lo esencial. Lo que determina a un hombre no es su modo de morir. Hay grandes canallas que han muerto heroicamente. Los que se mataron con Hitler murieron por sus ideas: eso no los transforma en buena gente. Pero hay hombres que mueren por otras ideas, como el Che Guevara, ideas y muerte que yo apruebo. Quiero decir: ¿es la muerte lo que garantiza la verdad de un hombre? No. Es cómo vive, no cómo muere. Para mí todo lo que nace, nace para vivir, no para morir Le oí decir a Bioy que la idea de su muerte le daba tristeza por abandonar la vida. ¿Será eso?... Pero hay algo que a mí, y creo que a todos, nos ata a la vida y es justamente la negación, el rechazo de la muerte.

-Otro personaje de tus cuentos empieza el día creyendo que va a ser el último. ¿Te pasó eso?
-No. Pero sí he pensado en el suicidio. Una persona que de tanto en tanto no piensa en el suicidio es anormal, ¿no? Como decía Goethe, y también Nietzsche: la idea del suicidio te permite pasar muy buenas noches y a veces escribir muy buenos versos.

-Más allá de pensarlo, ¿al suicidio lo tuviste cerca?
-Como propósito, no. Siempre lo he pensado objetivamente, el suicidio es una muerte muy honorable. Para Sócrates, y por descontado para Platón, la muerte por suicidio es una especie de cobardía. Nunca lo sentí así; pienso todo lo contrario, que hay que tener un coraje muy particular para matarse.

-¿Le llegaste a sentir el aliento a la muerte?
-De chico varias veces, con enfermedades bastante serias, principio de meningitis, por ejemplo. -La meningitis parece que te multiplicó la memoria. -Sí, es una cosa rara, a partir de ese momento me volví un alumno extraordinario... -Digamos que te agudizó la memoria y la caída del pelo. Estamos en igualdad de condiciones. -¿Vos también tuviste meningitis?
-No, lo digo por la abundante ausencia de pelo. ¿Qué más te pasó?
-La meningitis fue a los 9 años. Yo volaba de fiebre y estaba casi inconsciente. El médico, Calandria se llamaba, le dijo a mi padre: "Hay que internarlo. Esto puede dejar secuelas". "A mí no me internan", me acuerdo que grité. El médico no podía creerlo, yo había resucitado... Y desapareció la fiebre. Más adelante tuve neumonía, pleuresía y todas las enfermedades infantiles posibles. Además, he estado en un descarrilamiento de tren, y tuve otra neumonía hará dos años Y bueno, todavía estoy acá Mirá, la muerte no me asusta, me asusta la enfermedad, no me gusta el dolor en absoluto. Sólo que conmigo no funciona el silogismo aristotélico: todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, Sócrates es mortal. Sí, Sócrates se murió porque era mortal. Ahora, que todos los hombres son mortales (le brota la carcajada, pedregosa) eso todavía está en discusión. -¿Y después de la famosa muerte, qué? -Pensar pienso muchas cosas, no te olvides de que yo quería ser sacerdote, y para mí la inmortalidad del alma era una certeza. Creía con tanta naturalidad como ahora descreo.

-¿Hasta qué edad quisiste ser sacerdote?
-Hacia los 12 o 13 años todavía jugaba con la idea de ser misionero De chico yo era muy creyente; para mí, Dios era una realidad. Cuando empezó a ser una demostración teológica empecé a descreer. Los argumentos ontológicos de la existencia de Dios me demostraban casi su no existencia.

-¿Por?
-Porque el Dios en el que yo había creído no necesitaba demostración, era una realidad tangible. En misa, en la Consagración, sentía una relación inmediata con Dios No te lo estoy inventando, era así a los 8 o 9 años. El caso es que cuando empiezo a pensar en la teología sentí esto: si Dios necesita ser demostrado entonces no existe. Podés demostrar el teorema de Pitágoras o la teoría de la relatividad, pero Dios, Dios no exige ninguna demostración. -O se cree de cuajo o no se cree.
-Algo así. Si los padres eminentes de la Iglesia, como San Anselmo, debieron demostrarlo es porque ya en esa época se había empezado a no creer en el Dios en el que yo creí. Por lo tanto, mi Dios no existe, y si no existe el mío, ¿para qué quiero el de San Anselmo?

-Fijate, Abelardo, acaba de entrar don Borges. Ahí lo tenés, a tu derecha.
-Bueno para divertirme, y de buena fe, le preguntaría algo incómodo sobre un pasaje de la Divina comedia en el que él, Borges, tuvo cierto lapsus linguae , seguramente debido al barullo de la conferencia y al cretino que transcribió esos textos para un libro, sin verificarlos. Es del canto IV, en la escena del nobile castello . Borges le atribuye a Virgilio una frase que, en realidad, pronuncia la voz de una sombra, tal vez la sombra de Homero: Onorate l altissimo poeta.

-¿Qué más le dirías? -Y que para mí es el prosista más grande de la lengua después o antes que Quevedo, o junto con él, ¿no? Y no sé si me animaría a decirle que tal vez no sea un gran poeta, pero que ha escrito algunos de los mejores poemas castellanos. Y varios de los mejores cuentos, no ya en nuestra lengua sino en cualquier idioma.

-Te responde: "Sólo he escrito misceláneas, espero el olvido con esperanza "
-Esto siempre me asombró: Borges decía que quería ser olvidado. Este afán de desaparición y olvido es tan fuerte en algunos grandes escritores argentinos, Lugones, Benito Lynch, Banchs como, en el otro extremo, el afán de notoriedad de muchos A éstos, cuando los invitás a tu casa tenés que echar a la mitad de la gente para que entre también su vanidad. -Tenemos un buen stock de pavos reales insoportables. Como decía Sergio Sergi, no son eruditos, son eruc-ditos Volviendo a la apelación al olvido, ¿no será una forma de demandar afecto, memoria? -Puede ser, pero siento que Borges era sincero.

-Con fluidez, sin tropezar, don Borges se ha retirado. Poe entra.
-Esto es un juego, ¿no? -Tal vez, pero no estoy seguro. -Verlo llegar a Poe me causaría un estremecimiento Muchas veces he jugado con esta idea. Tengo una afinidad central con este hombre. Alrededor de los 15 años sentí: escribe para mí. Sobre todo "Eureka", me estaba diciendo lo que yo ya "sabía" acerca del universo. En alguna época, no digo que yo fui Poe, pero sí que estuvimos sentados muy cerca en algún bar (cierra los ojos para la carcajada) Bueno, con Poe yo hablaría de su sexualidad: "Dígame la verdad, ¿es cierto que su matrimonio con Virginia fue un matrimonio blanco, como dicen?" -¿Y? -Seguro que me diría: "¡Pero por supuesto que no!" Porque se sostiene que Poe por su dependencia de la bebida y quizá del opio no se acostó nunca con Virginia. Se olvida que fue opiómano y alcohólico bastante después de casarse. Poe tenía 26 años y Virginia, 14; era una chica muy desarrollada y muy hermosa; durmieron juntos once años, yo sospecho que en esa relación había bastante más sexo que amor platónico. Nada de matrimonio blanco.

-A propósito: también en tu vida el alcohol fue un conflicto.
-No. Era alcohólico y punto. El conflicto... - lo tenían los demás. -Claro, y sucedió en la última época, cuando decidí abandonar la bebida. -¿Qué edad tenías en el cuerpo? -Cuando dejé de beber casi 40 años Sentí que si me quería matar lo podía hacer con más rapidez tirándome debajo de un ómnibus, pegándome un tiro o ingiriendo raticida. -Hace un rato usaste la palabra patético. ¿Te referías a esa época? -Hoy se llama patético a lo ridículo; no, yo hablo en el sentido griego de pathos , más cerca de lo angustioso. No hice ninguna cura; un día le dije a Sylvia: "Desde hoy no tomo más". Y me agarré una borrachera fenomenal, en San Pedro; tomé hasta el borde del colapso.

-¿Tiene fecha eso?
-Tiene: 12 de octubre de 1974. Pero mi decisión fue lenta, secreta

-Te ibas a quedar sin poder escribir; eso te decidió.
-Si seguía así no iba a poder escribir la historiadeese Castillo alcohólico. Siempre sentí que esos quince años de alcoholismo mío fueron adicción a la bebida, pero también una especie de rito de pasaje hacia otra cosa.

-Estabas sembrándote algo.
-Algo así; sentirlo era mi justificación En mi novela El que tiene sed , Esteban Espósito, alcohólico, siente que algo tendrá que hacer con eso que está viviendo.

-¿El alcohol podría ser un peaje para la lucidez?
-No, nunca creí que el alcohol diera lucidez. Cuando en 1959 escribo Israfel, que es la vida de un alcohólico, yo no tomaba una gota. Escribí Israfel más sobrio que una monja carmelita. Nadie escribe ni alcoholizado ni drogado, para escribir necesitás estar lúcido y con la mano firme y tantas cosas claras... Una cosa es creer que algo te está saliendo bien, y otra que eso sea verdad. -A veces uno, alzado por el alcohol, siente que Shakespeare es un pelandrún de segunda. El asunto es leerse al otro día, fresco. -Justamente. Mirá, una vez fui a una fiesta y cuando volví me obligué a escribir una página; es el único texto que escribí alcoholizado Ese día sentí: ¿me está dominando mister Hyde? El alcohol me manejaba. Ahí empezó el trabajo interno que culmina en aquel octubre.

-¿Nunca más un brindis con la música del malbec?
-Nunca, nada. Alguna vez, en Navidad, para que mi tía no se sintiera incómoda. Si se quiere dejar de beber, lo que hay que hacer es dejar de beber. Lo mismo para dejar de fumar. Yo aproveché una gripe y no fumé más. No soy un fanático de la salud. No quiero hacer hoy a los 73 años lo mismo que hacía a los 18, pero quiero hacer hoy a los 73 lo que puedo hacer a los 73. -Cada edad tiene su plenitud. Fijate, Baudelaire entró, murmura: "Qué bajo tiene que haber caído un hombre para sentirse feliz". -Baudelaire. Una especie de hermano gemelo de Poe. Cuando Baudelaire leyó a Poe, sintió que Poe ya había escrito lo que él quería escribir.

-¿Qué le decís a este Baudelaire que ahora te mira con la mano bajo el pecho de su abrigo?
-Le diría lo que siento por sus poemas y por un texto suyo, en prosa, "A la una de la mañana" . Ahí se describe a sí mismo, al fin de un día pésimo, después de estar con gente con la que no tendría ni que haber hablado, y termina pidiendo a Dios que le permita escribir unos buenos versos esa noche, para sentir que no es el último de los hombres. Un texto para colgar en la pared. Siempre me conmovió algo que suele pasar inadvertido: Baudelaire empleó quince años de su vida en traducir al francés las obras de Poe. -Y encima no era un traductor. -Era el mayor poeta de Francia. Esto demuestra su grandeza y la de Poe. En algunos textos, las traducciones superan las versiones originales. Baudelaire, en francés, era el dueño de todas las palabras. Qué paradoja, muere afásico, pudiendo pronunciar sólo una o dos.

-Si tuvieras que elegir ocho, diez palabras talismanes o linternas en tu vida
-Para mí la palabra que involucra a todas es "libertad". Yo siento que la condición de poder elegir es la que cifra en el hombre todas las otras opciones... ¿Se puede pensar el amor, la literatura o el cambio del mundo sin la libertad?

-Te pregunto por palabras menudas: anillo, bicicleta, octubre
-Bueno, acabás de decir una que me fascina: octubre. Me refiere a una primavera otoñal, es como nuestra estación de la lluvia. En octubre ocurre mi novela Crónica de un iniciado. Sé de un perro que se llamaba Octubre. Y hay otras que me persiguen desde chico: estalactita, clámide... -Hay palabras que tienen pulso. -Dylan Thomas en un texto notable habla de la relación del poeta con la poesía. Vos me podés certificar esto con más autoridad porque sos poeta, yo sólo he escrito versos ocasionalmente. La relación del poeta, dice Thomas, con las palabras no es conceptual, se enamora de ellas por su sonido

-Abelardo, primero vi que tu anillo cambió de dedo. Ahora, que tenés dos anillos en un dedo. ¿Me podés explicar...?
-Éste es el anillo de casamiento y éste lo encontramos con Sylvia, en la puerta de casa, y desde hace veinte años lo llevo... Volviendo a las palabras: pájaro y ceniza me gustan mucho, no sé por qué Un día le hicimos a Borges un reportaje para El Escarabajo de Oro ; para evitar las preguntas se le proponían palabras. Le decías "moneda"y él hablaba de Spencer y su teoría del dinero, etc. Le decías la palabra "símbolo" y Borges contaba que los antiguos, cuando un forastero iba a su casa, le regalaban un disco partido por la mitad, si muchos años después volvía o volvía un descendiente, y esas mitades coincidían, era recibido como en su casa Cosas así. En este reportaje, de pronto le proponen la palabra "sol". ¿Y Borges sabés qué respondió? "Estoy podrido de literatura".

-Uno toca la tecla Borges y rebota la tecla Sabato.
-Yo creo que hoy es un deporte nacional criticarlo a Sabato y lo que más me entristece es que sea criticado sin ser bien leído. Sobre héroes y tumbas, con todos sus defectos, es una gran novela. Si hoy viviera Roberto Arlt, sobre ciertas obras suyas se diría que son caóticas. Pero Los siete locos o Los lanzallamas resistieron todas las críticas formales. Con Sobre héroes y tumbas sospecho que va a pasar lo mismo. Sabato es autor, además, de Uno y el universo y Hombres y engranajes. ...ste, escrito en los años 50, anticipa algunas teorías posmodernas y las críticas al estalinismo. Sabato producía una enorme aversión o exigía, y algunos se la daban, una absoluta sumisión. Nunca ocupó el lugar que debía: o bien se lo exaltaba como una especie de santo varón o superpensador, o se lo desvalorizaba por su carácter, no por sus libros.

-Finalmente: ¿lo considerás un gran escritor argentino?
-No creo que sea el gran escritor argentino, o el rival de Borges. Como Borges bromeó: "De mí nunca dijeron que yo era el rival de Sabato". La literatura no es eso. En cuanto a que Sabato sea o haya sido detestable para muchos bueno, reconozcamos que en nuestro gremio abundan los detestables. Yo incluido, tal vez, ¿no? -Así que abundan los escritores detestables -Sí, sí, a los escritores mejor no conocerlos. Un escritor, si es grande en serio, tiene que estar por debajo de sus libros. Si Shakespeare hubiera estado por encima de su obra, la obra sería menor; Cervantes era insignificante al lado del Quijote .

-¿No conociste ningún grande que ?
-Leopoldo Marechal. Con él te podías pasar la tarde entera, escuchándolo, y además sabía escuchar.
-Roberto Arlt entró.
-Bueno, me pondría respetuosamente de pie, cosa que lo haría divertir porque no era un hombre muy accesible a la cortesía. Además, ya dije cincuenta veces lo mismo: hay una especie de santísima trinidad de la prosa nacional en el siglo XX: Arlt, Borges y Marechal, en cualquier orden. Siento que Adán Buenosayres es una de las grandes novelas de nuestra lengua.

-Tu vida entera parece estar organizada en función de la lectura, bibliotecas aquí y en San Pedro, y la crucial cama con atril y todo.
-Todo lo esencialmente humano sucede en la cama. Nacemos y morimos, hacemos el amor, soñamos en la cama. Yo hasta puedo escribir en la cama. Los dos únicos muebles indispensables para un escritor son una buena biblioteca y una buena cama.

-No hay caso, seguís mudando tus anillos Decime, vivir en estado de matrimonio con una escritora ¿qué ventajas y qué desventajas tiene?
-Uno se lleva mal o bien con una mujer no por lo que ella hace sino por cómo es. Pero yo descubrí lo bueno de estar casado con una escritora durante un corte de luz, bajo el gobierno de Menem. El apagón fue al anochecer y duró hasta la madrugada. Ni siquiera encendimos una vela. Nos pusimos a conversar de literatura y, cuando volvió la luz, seguíamos hablando. Habían pasado siete u ocho horas. Esto nos sirvió mucho para cortes posteriores. Cuando Buenos Aires estuvo a oscuras días enteros, pusimos en orden nuestras ideas sobre las grandezas y miserias del oficio de escribir. ¿No has notado una cosa?, si nos atenemos a modelos como Rafael Alberti y María Teresa León, o Bioy y Silvina Ocampo, las parejas de escritores parecen durar más tiempo que las otras. Yo creo que es porque, en vez de discutir, pueden hablar de literatura cuando se corta la luz.

-No sos incorregible, sos irreparable; digamos, Abelardo, que sos, de cuajo, un animal literario. Podríamos hablar hasta la madrugada De tiempo, ¿cómo estás?
-Y yo creo que ya podríamos terminar; antes de que me muera, ¿no?

-Una más: ¿te imaginás a Abelardo Castillo diciendo "estoy podrido de literatura"?
-No sólo me lo imagino. Estoy podrido de literatura.


Por Rodolfo Braceli

Para LA NACION

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