sábado, 11 de septiembre de 2021

Los ojos de la Boss (Hemingway delira)

 

Los ojos de "La Boss" (Hemingway delira)




 

Piensa en la noche guajira, se acerca, arrastra el peso enfermo de su cuerpo hasta el ventanal. Luego corre discretamente la gruesa cortina y se asoma, mientras que sus ojos de alcohol sin metabolizar (En su forma de beber siempre caminó un fuerte elemento de jactancia pública, a sus días nunca le faltaron ese cuarto litro de whisky el última mitad de su vida, para asentar la nave decía.) El  viejo ahora busca encontrar algo en la oscuridad del bosque de Ketchum. Un bosque en la montaña.

Sus posibilidades de ver, definitivamente afectadas, no descubren ni a los agentes del gobierno, ni los asesinos, ni a la muerte entre los antiguos pinos. A los que busca su demencia.

Husmea en las sombras y un gran pez rompe las aguas en el brillo de los vidrios, vuelve la mano y el telón se cierra, y el mar desaparece.

 

La mar, dice en español. That’s what it’s called in Cuba -agrega en inglés, y ahora navega a buen ritmo por aguas azules y calmas muy cerca de la costa norte de la isla digna.

En el último diciembre recibió quince sesiones de terapia electro convulsiva (electroshock’s) durante su internación en la Mayo Clínic de Rochester. Que te pasen corriente eléctrica con dos electrodos de un parietal al otro. They fry you, dicen los yankys.

Resulta trabajosamente fácil superar cualquier cosa durante el día, pero por las noches el asunto cambia, había escrito hace unos años. Alguien dijo que podía beber cantidades asombrosas de alcohol sin que se le moviera una ceja, la realidad era neurológica y trágica, ya no dominaba los músculos de su rostro.

 

Bebe vino desde el pico de una botella (que es como ver una bella mujer nadar desnuda) con sus ojos acuosos abiertos, la explosión de un merlín al caer sobre superficie transparente del océano es el impacto de un morterazo que lo conmueve.

Derrama un poco de ese líquido como sangre sobre la barba y se toma un prolongado tiempo para secarlo con la manga de su bata. Ya se lo había dicho al mundo: a él le gustaba beber especialmente en compañía de una mujer y era como si su madre lo aprobara.

Constante, un daiquiri a lo salvaje –Habla, exige, nuevamente en español, ya sabes, dos líneas de ron un golpe de limón y eso a una batidora que contiene dos raciones de hielo frappé, molido en la Flak Mak.

Sin azúcar, grita.

 

Mary lo había sorprendido dos veces con la Boss inglesa: W.& C. Scott & Son. Monte Carlo (B-Serial No. 60293) modelo 1898, su escopeta palomera en las manos. Una de ellas tenía el doble cañón apoyado en su cabeza.

Nadie vive su vida propia hasta el final, salvo los toreros –masculla, cuando esperando el vuelo que lo llevaría a internarse, cruza caminando por la pista de aterrizaje y se dirige titubeante hacia un avión que comienza a girar sus hélices y es detenido a pocos centímetros de volar en pedazos.

 

La urgencia de una vejiga en estado de estallar es la evolución de un texto narrando la historia de un marino que trafica chinos por aguas del Caribe en la bodega de su barcucho, que se mueren como moscas y la cerveza es su combustible desesperado.

Ahora el macho, el que destapa una tras otra botella con los dientes, orina sentado, como las damas.

El dolor y el chorro escaso, goteante, hace que se duerma en el baño y sentado –anónimamente ridículo- pero es la estrategia para evitar el golpe contra los azulejos blancos con su melancólico rostro barbado.

Despierta, cree estar en el Ritz, pasado de copas y la meada uno de sus orgasmos frecuentes.

 

El amanecer de un domingo en las montañas de Idaho lo encuentra despierto y con un temblor exagerado. Es verano y aclara muy temprano.

Todos quieren cazar al lobo. Todos están en contra de él, que está solo. Igual que un artista.

Hemingway delira.

Camina hasta el vestíbulo con la Boss colgada del hombro como en los días de caza, se arrodilla, carga con dos cartuchos los oscuros agujeros de los caños, la gira apoyando la culata de madera lustrada en la alfombra. Luego se apoya las bocas silenciosas en la frente y acciona los dos gatillos al unísono y con toda la fuerza de sus manos.

 

Su esposa quien parecía aliviada en el sepelio a cajón cerrado, lo denunció como un accidente ocurrido mientras limpiaba el arma.

 

(2 de julio 1961)


CHMM    Agosto 2021