jueves, 10 de julio de 2014

Las mujeres, los hombres y el fútbol

 


 
 
El fútbol, por lo menos para el caso argentino, resulta un área social privilegiada de la constitución de la subjetividad masculina y de relevamiento de la vida cotidiana de los varones. Gran parte de la fascinación masculina por este deporte reside en lo que se denomina captura de la escena deportiva: la impredictibilidad, la sorpresa, la ambigüedad entre ganar y perder, la creencia en los espectadores de que su entusiasmo puede cambiar las oportunidades de su equipo, la suposición en los jugadores de que otra cosa acontece cuando son mirados por el público. Captura ligada a la conformación del ideal ligado a la masculinidad.
A poco de comenzar la investigación, comencé a percibir que hablar de fútbol es hablar de un componente muy importante de la vida cotidiana en nuestra región; es uno de los modos en los cuales se expresa el afecto, la pasión y los vínculos. Y también las construcciones de género, masculinas y femeninas. El fútbol está sexuado y pintado de género, con predominio masculino, aun cuando siempre hubo gustadoras y se ha verificado ya una entrada masiva de mujeres apasionadas por este deporte.
En cuanto a los varones, hay una manera particular de creación de subjetividad masculina en nuestro país, expresada en una distintiva manera de jugar al fútbol que ha ido cambiando con el tiempo. Podríamos afirmar que el fútbol argentino ha construido un tipo particular de género masculino en nuestro país y, viceversa, el estilo particular de construcción de la masculinidad en la Argentina marcó un estilo en la creación de un fútbol nacional. Hay una relación entre el fútbol y el hacerse hombre y ser hombre en la Argentina. Y como el mismo concepto de género lo señala por su carácter relacional, no es posible hablar de un hacerse hombre que no sea simultáneo a un proceso de hacerse mujer: hay una relación entre el fútbol y el hacerse mujer y ser mujer en la Argentina; por lo menos, en las vicisitudes de devenir mujer conviviendo con hombres que tienen una pelota de fútbol en el corazón.
Sin duda, en nuestro país el fútbol se ha constituido como un organizador de la identidad nacional casi desde sus inicios, diferenciándose del fútbol extranjero, en especial del inglés, del cual es heredero. Este deporte se constituyó en uno de los modos de transformar a los hijos de inmigrantes en criollos, con base en las posibilidades brindadas por la preferencia de la habilidad, por encima de la clase social de origen. Se valoró el estilo rioplatense, ligado al potrero más que al pizarrón, ligado al arte y a la creatividad más que a la máquina y la potencia. El potrero fue caracterizado como espacio del hombre libre, de la verdad democrática. Esta imagen del hombre libre se instituye en relación con la preservación de una virtud masculina: el estilo infantil, puro. El potrero se constituye en un mundo de pibes traviesos, pícaros, “vivos”, que escapan de los colegios y de los clubes.
Ya en 1928, la revista El Gráfico caracterizaba el estilo criollo como el de un jugador liviano, veloz, afiligranado, con mayor habilidad individual y menor acción colectiva; mañoso, con la indolencia como virtud, no necesitado de la fuerza para imponerse. Estas son las características generales del fútbol nacional, fundamentalmente el contrapunto entre el habilidoso y el que tiene fuerza, sostenido en la oposición entre cerebro y cuerpo. Se expresa también otro tipo de contradicciones: entre el aristócrata del fútbol y el obrero; el primero juega para divertirse, mientras el segundo se describe como hecho para la lucha y el esfuerzo. Así cabe señalar la coexistencia de diferentes modelos, cada cual con su estilo, poseedor de un tipo de cuerpo y de virtudes masculinas. Y el público, los otros varones, identificándose con los mismos, dependiendo de cuál le resulte más cercano y afín.
Por lo menos desde la década de 1920, el fútbol forma parte de la genealogía masculina de nuestro país. Desde entonces un padre tiene para transmitir y legar a su hijo varón tres blasones identificatorios: un nombre, un apellido y una camiseta. La pertenencia a la escuadra familiar, identificada con la camiseta, instituye el linaje en un intento de construirse una pertenencia nacional. Pertenencia que en la actualidad representa uno de los pocos organizadores de identidad fuerte cuando se asiste al estallido y reordenamiento de varios de los organizadores instituidos de la vida en la modernidad. La afición por un equipo permite un anclaje identificatorio de gran relevancia frente a los otros posibilitadores de identidades fuertes y depositarios de ansiedades de la modernidad, que se han revelado perecederos: el matrimonio, el trabajo, los partidos políticos, los pactos, los referentes, los líderes.
Parecería que lo único perenne es el fútbol, ya que, salvo raras excepciones, se nace y se muere con la misma camiseta. Un varón contemporáneo puede cambiar de mujer, de partido, de jefe y hasta de país, pero nunca de equipo de fútbol. Este fenómeno explica el asombro que produce el hecho de que muchos varones que tiempo atrás no le prestaban atención a este deporte, en la actualidad lo hagan con fervor. En realidad se trata de un disfrute del último refugio generador de pasión y dador de identidad fuerte que les queda. Apelan al reservorio de genealogía de género masculino argentino que no encuentra un equivalente en la feminidad: el nombre, el apellido y la camiseta.
Y, en la clínica psicoanalítica, la pesquisa de la predilección por algún equipo de fútbol y sus vicisitudes es una buena vía de acceso a los avatares de la función paterna en un sujeto. “Y vos, pibe, ¿de qué equipo sos?”, suele preguntarse a los niños varones en nuestro país, y la pregunta se refiere a con quién se afilia, qué modelo de masculinidad ha incorporado y cuál elige incorporar. Las respuestas pueden ser varias. El niño puede decidir pertenecer al club del padre, al del mejor amigo del padre, al del nuevo esposo o amor de la madre, al del abuelo materno o paterno, al del tío, al de la banda de amigos (esta suele ser una elección secundaria), al del valorado padre de un amigo, puede ser el club de la ciudad o el país al cual se migró en un intento de adquirir una identidad nueva. El fútbol nos transmite información sobre el recorrido de las identificaciones con los varones, como una hoja de ruta de la masculinidad.
Y ese niño que elige su pertenencia al equipo del tío pudo haber tomado la decisión al percatarse del amor que éste siente por la camiseta. Ese tío era el que llevaba al chico a la cancha, y la condición para ser llevado a la cancha es pertenecer al mismo cuadro que ese adulto. Claro que este mismo niño puede seguir la profesión del padre, su ideología política, sus gustos estéticos, etcétera.

Mujeres argentinas

En lo que respecta a las mujeres argentinas y el fútbol, desde ya se puede hablar de su relación, tolerante o no, de acompañamiento o no, con esa pasión masculina. Claro, no hay por qué desconocer la integración gradual y creciente de las mujeres a todos los ámbitos de la vida social, entre los que el fútbol está incluido. Pero este deporte no es cualquier ámbito de la vida social argentina, sino que es uno de los dadores de identidad más fuertes y de los menos modificables en esta posmodernidad periférica. Es un referente que señala rápidamente quién es un sujeto y quién no. Y de este fenómeno nadie quiere quedar excluido, tampoco las mujeres. Podríamos organizar la relación de las mujeres con el fútbol en dos grupos: las mujeres a quienes les gusta el fútbol y las mujeres a quienes no les gusta el fútbol. Las primeras podrían dividirse a su vez en dos subgrupos: las que han ingresado o pugnan por ingresar como actoras directas –jugadoras, árbitros, periodistas, dirigentes y entrenadoras– y las que simplemente son gustadoras del espectáculo, asisten a los partidos o los miran por televisión.
Las que procuran ingresar en la actividad deben enfrentar los escollos que se plantean cuando las mujeres deciden entrar en alguna rama de la actividad social de predominio masculino.
Un atractivo que tiene este deporte es el efecto de ser subjetivados en relación con un juego colectivo donde, más allá de las habilidades individuales, si no hay equipo no se puede jugar: es el aprendizaje de “pasar la pelota”, jugar en relación con los otros, y no “comérsela”. Esto otorga una tradición muy importante que el colectivo de mujeres no tiene como acervo, precisamente por haber estado excluido de la estimulación hacia la práctica de deportes colectivos.
En cuanto a las mujeres a las que no les gusta el fútbol podríamos distinguir cuatro grandes subgrupos. Uno es el de las que se sienten molestas por considerarse excluidas de una actividad que –mientras dura el partido– causa todo el interés de su amado. Ellas, todo el tiempo buscan una manera de persuadir a su partenaire de que, en prueba de su amor por ellas, desista de ir a la cancha o de ver el partido por televisión. En estos casos podemos advertir que la escuadra favorita ha resultado investida como “la otra”.
También están las indiferentes. A estas mujeres no les importa ni les molesta el fútbol; en realidad hay muy pocos ejemplares que pertenezcan a este subgrupo. Y están las que acompañan. Mujeres que, con suficiente experiencia en la vida, han aprendido la estrategia de que, al no poder vencer a un poderoso enemigo, lo más inteligente es unírsele. Y están las perplejas: no se sienten molestas pero no logran entender la fascinación masculina por ver a veintidós sujetos adultos corriendo simultáneamente detrás de una pelota.
Lo que las pertenecientes a estos subgrupos suelen compartir, muchas veces inconfesadamente, es la envidia que les provoca la pasión que ellos sienten y a la que no le encuentran equivalente sustitutivo en el universo de la feminidad. En todo caso, se interesen o no por él como juego y como espectáculo, el fútbol no está ausente de los afectos y de la historia de vida de las mujeres que desarrollan su existencia en un lugar donde el fútbol es una actividad de gran importancia social.
Una paciente, al hablar de la relación con su padre, relata que de niña recuerda haber experimentado un odio irrefrenable los domingos por la tarde, cuando él solía escuchar los partidos por la radio. Ya no iba a la cancha porque su hijo varón, el hermano mayor que la paciente, había dejado de acompañarlo –los intelectuales en los años setenta preferían salir con la compañera a ser fieles a la camiseta–. Entonces, papá escuchaba la radio, fuese en la casa, paseando en auto o de visita. El acompañaba físicamente al resto de la familia en domingo, pero su cabeza y su corazón quedaban en el estadio. Quizá junto a las mujeres de la casa se sentía abandonado y solo. Y, mientras escuchaba el partido, el mundo se detenía. Nada más le importaba, ni siquiera su hijita del alma. Con el tiempo la paciente pudo comprender que ese odio que creía sentir por su padre era en realidad provocado por el hecho de que éste se metiese en un mundo que la excluía por ser mujer, un mundo para transmitir y compartir sólo con el hijo varón.
En el relato de algunas de las mujeres que participan y gustan del fútbol, esto se conecta con su relación con el padre: como un don que han recibido del padre, una herencia con la cual ellas se han filiado aun cuando no sea un legado típico a las mujeres.
Tal vez para entender las representaciones psíquicas de las mujeres que participan en el fútbol debamos apelar a un paralelismo con el modelo clínico que se utiliza, desde la perspectiva de un psicoanálisis revisitado desde los estudios de género, para trabajar con las identificaciones vocacionales y laborales de las mujeres cuyas madres han sido amas de casa mientras sus padres participaban en la actividad laboral. Sabemos que estas mujeres, para adquirir su propia modalidad femenina de inserción en el mundo del trabajo, deben apelar al reservorio de identificaciones de la vía paterna y con ese material ir constituyendo y agenciando representaciones propias. Considero que gran parte de la relación de las mujeres con el fútbol está en íntima conexión con el tipo de vínculo con los varones significativos. En los padres de las mujeres gustadoras del fútbol visualizamos la posibilidad de prestarse como modelo identificatorio para sus hijas, sin asimilar los rasgos propios encontrados en sus herederas como un indicador de masculinización en ellas.
De todos modos, este logro suele coexistir con aspectos paternos de reafirmación de su diferencia en relación con las mujeres y de desconocimiento de alguno de los atributos agenciados por sus hijas. Por eso estas niñas suelen carecer de conciencia de la coexistencia de reconocimiento/desconocimiento hasta que se ven envueltas en vicisitudes amorosas, laborales u otras, que entren en contradicción con la imagen que han forjado de sí mismas.
La paciente en cuestión, ya mayor, al igual que otras congéneres, encontró sumo atractivo en un hombre al que no le gustara el fútbol, para luego comprender, desilusionada, que ese lugar puede ocuparlo cualquier otra pasión. Pero también advirtió en ella la fascinación femenina de la que habla Lacan, esa que experimenta al ver a un hombre concentrado y puesto todo en una acción, en un acto. Así, pudo llegar a enternecerse ante los sentimientos y los sacrificios a los que un varón está dispuesto por la camiseta de sus amores. Ella forma parte del colectivo de mujeres que en la actualidad se ha percatado que en una casa puede haber dos televisores y que existen muchos programas alternativos, amistades y familiares que visitar un domingo por la tarde. Y uno de esos programas puede incluir acompañar al amado a ver un partido. Ellas han llegado a la conclusión de que desconocer el fútbol es desconocer una parte importante de la vida nacional y de los varones argentinos. Saben que el corazón puede resultar un músculo muy elástico y que puede albergar cariño por otro equipo, además del que el padre les legó. Podemos comprender que el afianzamiento de este proceso va de la mano de los cambios que se están produciendo en el ejercicio de la función parental y de la democratización de las relaciones entre los géneros en su sentido más amplio.
* Extractado de “El fútbol como organizador de la masculinidad”, publicado en la revista La ventana y originado en una investigación que se efectuó en el marco del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires. (Por Debora Tájer - Página12)

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