jueves, 10 de julio de 2008

Un hombre con quién hablar (Por Manolo Suarez)




Hay una zamba que para mí es especialmente significativa, pero no tanto por su letra, no tanto por su melodía, como por el recuerdo que evoca. “La zamba de Anta” significó para mí muchas cosas y me devuelve a un momento clave de mi vida: la ocasión en que conocí al Cuchi Leguizamón.


Fue en los primeros años de la década del ‘70. Ese año me estaba yendo con unos amigos de vacaciones a Pinamar, y como tenía otros amigos en Santa Teresita, paramos un par de días antes ahí. Este amigo que estaba viviendo allá era un músico excelente que se llamaba Rodrigo Montero, que ya falleció. Fuimos a saludarlo, y una tarde, después de la siesta, estábamos tomando unos mates y de repente veo a este tipo grandote, barbudo, al que yo hasta ese momento no conocía personalmente. Nos pusimos a conversar y mi amigo Rodrigo me dice: “Te presento a mi concuñado” (o cuñado: es que estaban casados con dos hermanas, la esposa de Montero era la hermana de la esposa de Leguizamón).


Es extraño, pero volver a hablar de aquel momento dispara un recuerdo de ese primer encuentro que no sabía que guardaba. Después de que nos presentaron, el Cuchi decidió averiguar dónde había un piano. Creo que encontró uno en un hotel, y me dijo: “¿Por qué no vamos a tomar un café, o un cognac, así te muestro algunos temas míos?”. Le dije: “Escúcheme –yo no lo tuteaba–, yo conozco algunos de sus temas”.


Pero fuimos y él tocó al piano, y cantó, con una voz no profesional, algunas de sus canciones, y después me contó de dónde venían, cómo trabajaba. Me dijo: “Con el Barbudo –él lo llamaba así a Manuel Castilla, el autor de la letra de, entre otras, “La zamba de Anta”– siempre trabajamos en colaboración. Es que yo me llevo muy bien con las letras de él; pasa que nos llaman las mismas cosas, y también que somos compañeros de tantas salidas con amigos”. Esto era algo que iba más allá de lo estrictamente profesional.



Me pasé más de una semana con el Cuchi, a la mañana, a la tarde, a la noche. Ese encuentro fue fundamental para mí, porque fue lo que decidió que yo hiciera folklore. Yo venía de la música clásica, y me estaba yendo bien: había ganado premios de composición en Italia a los 17 años.


Mi relación con el folklore hasta ese momento era la que puede tener todo el mundo; la experiencia de haber escuchado a Falú, a Ariel Ramírez, pero nada de eso había sido determinante. En ese primer encuentro, él me preguntó: “¿Y vos qué hacés? ¿Te dedicás a la música clásica, no? ¿Y qué pensás del folklore?”. A lo que yo le dije: “En general me gusta, pero hay cosas que me aburren”.


El Cuchi quiso saber por qué, y yo le nombré unos compositores, que ahora no viene al caso nombrar. Y él me dijo: “Ah, ésos son los vulgaris, aquellos que transitan nada más que por el lugar común”. Hizo una pausa, y continuó: “Uno siempre trata de hacer una cosa distinta de la anterior. Componer cada tema tiene que ser un desafío. A mí el Barbudo me abre un espectro bien amplio, porque siempre me narra cosas. A mí me gusta mucho el tango, pero a veces parece hecho por tipos que están siempre enojados, mientras que nosotros le cantamos al paisaje. Esto no nos hace mejores, ni peores, pero le cantamos al paisaje. ¿Sabés qué pasa? Los que viven en la ciudad se enteran cuando comienza el día por el ruido de los colectivos; y en Salta yo me entero de cuando empezó el día porque me pega el sol en la cara”.


Era un hombre increíble, con una cultura muy amplia. Una vez le pregunté, siempre de usted: “¿Usted se dedica únicamente a la música?”. Y me contestó: “No, también soy doctor en abogacía”. “¿Y no tiene un estudio?” “No, ¿y sabés por qué no ejerzo la profesión? Porque no me gusta vivir de la discordia ajena.”



Cuando conocí al Cuchi en aquel encuentro en Santa Teresita, yo ya había escuchado temas de él, pero por otros intérpretes, otras versiones. Pero fue cuando lo escuché por él, escuché sus motivaciones, por qué la cantaba y cómo la cantaba, que se produjo una transformación.


Me pasó lo que le pasa al tipo al que por ahí le gustan los blues y los ha escuchado cantar más o menos, hasta que de pronto se pasa una semana con el B.B. King: es más o menos lo mismo, porque el Cuchi era un prócer del folklore. Y ahora, al día de hoy, siempre que escucho ese tema que hizo en colaboración con Castilla (en la letra), me trae ese recuerdo. No es sólo la canción sino que esa canción, en ese encuentro, fue un punto de partida para el resto de mi vida. Después, con el Cuchi haríamos muchas cosas más. Nos fuimos de gira juntos; a partir de esos inicios lo representé discográficamente, y también fui amigo personal. Un gran hombre con quien hablar, y también un tipo que te preparaba unas comidas increíbles. Lo que más extraño de él hoy son esos encuentros en los que me hablaba de las contingencias de su vida, y lo que cocinaba. Extraño al amigo y al cocinero, que ya no están. Lo que quedó de él, como testimonio, es su obra, imperecedera.



El pianista Manolo Juárez estará presentando el primer disco junto con el Daniel Homer Cuarteto, en el que interpretan versiones de Andrés Chazarreta, Jaime Dávalos, Atahualpa Yupanqui y canciones propias, todos los sábados de julio a las 21.30, en Notorious, Callao 966.



La zamba de Anta


(1955, música de Gustavo Leguizamón;
letra de César Perdiguero y Manuel Castilla)


Ay Anta mi tierra arisca,
sombra de los tigres, flor del yuchán
si braman los guardamontes
una vidala se va.


Volteando sin asco el monte
el ojo del hacha quiere llorar,
cuando muere una corzuela
la arena se vuelve sal.


Esta es la zamba del monte
flor de laurel,
arriba quema la luna
abajo la caja dele padecer.


Caliente rastro en la noche
que el aire del Chaco no borrará
al sueño de los cuatreros
nadie lo puede enlazar.


Ya estás viniendo en los toros
por los guayacanes regresarás,
ay Anta te vuelves vino
cuando te quiero cantar.


Esta es la zamba del monte
flor de laurel,
arriba quema la luna
abajo la caja dele padecer.


Gustavo “Cuchi” Leguizamón (1917-2000) fue un músico de formación autodidacta (aunque en sus comienzos estudió con el maestro Prevot), que compuso más de ochenta obras, varias de ellas junto a Manuel Castilla, Jaime Dávalos, Miguel A. Pérez, Nella Castro, entre otros artistas reconocidos. Sus zambas son las más famosas y están consideradas las más representativas de la cultura musical de Salta. Entre otras, compuso “Zamba del pañuelo”, “Zamba del mar”, “La panza verde” (con Dávalos), “Chacarera del expediente”, “Carnavalito del duende”, “Zamba de Argamonte” (Castilla), “Bajo el azote del sol” (Nella Castro). “La zamba de Anta” refleja la vida y los trabajos del monte, recurriendo al lenguaje regional y buscando transmitir el amor por una tierra a la que no es sencillo sacarle frutos. Leguizamón falleció el 27 de septiembre de 2000, a los 83 años.
De Página12

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