miércoles, 8 de octubre de 2014

Recuerdos de una revolución que no fue



Para “La Parda”, parda por su condición racial, de piel, de cruce de razas, Marcelina Orma, la Patria era una persona que ella conocía, de carne y hueso, un ser que se vestía con una falda de raso celeste y blanco y que había nacido en ese caserío burgués, con techos de tejas españolas, muy cerca de la mansión de sus amos.
Quienes la conocieron en su prolongada, casi centenaria vida, sabían, y en los encuentros con ella buscaban sacar a la superficie de sus recuerdos esos días, sobre todo esa semana en que finaliza el mes de mayo del 1810, para que ella ahondara con sus ocurrencias en detalles, en miradas, en trasnochadas reuniones (donde servía a sus patrones e invitados), en comentarios que nunca entendió y superaban seguramente su intelecto no entrenado.

Cuenta, con pinceladas muchas veces hasta significativamente olfativas, como guardó objetos de esa época en su baúl, un viejo cajón –no muy grande- confeccionado con madera de pino y tapizado en tela rustica y oscura, su único lugar íntimo y secreto, entre otros: un pañuelo que olvido fulano (y luego fue uno de los integrantes de la Primera Junta) o una gruesa cinta identificatoria -que se fue apelmazando con los años- hasta ser solo un trapo que se confunde con la mugre y da un poco de asco tenerla en las manos.
También recuerda y detalla el acopio de algunos papeles envueltos como rollos, que se parten, se cuartean de secos al tratar de abrirlos, y sobre todo las cartas, misivas que olvidaban en los tapetes algunos invitados (a veces por la urgencia de esos días) y ella sin entenderlas -por no saber leer- atesoró en una caja disimulada por puntillas (que tejió en tardes de lluvia, con agujas muy finas).
Cartas que guardan secretos inocentes, banalidades u órdenes no cumplidas, quien sabe, pasaron tantos años dice la anciana, sin quererlo he llegado a los noventa y dos.

-Creo que soy la única que queda de los que hicieron la Patria.

En su voz achacosa y tierna suelen aparecer historias, anécdotas callejeras o de esclavos, que se refugiaban en las cocinas a cuchichearlas y que luego caminaban los salones solo para servir bandejas, recoger platos y copas vacías o encender velas.

-Hace años que no veo por las calles a los hijos y a los padres de la Patria –Dice y suspira.

-Se van muriendo todos, como ella misma.

Fue una revolución que se gestó en los salones, les escuchó decir a comerciantes, a gente de negocios que amasaron sus fortunas importando manufacturas desde Inglaterra y también a militares que entre campañas frecuentaban a sus amos, años, décadas después esto salía de boca de estancieros, muchos de ellos terratenientes de extensiones a veces infinitas de pampa.
También repetía la insolencia de jóvenes que afirmaban que lo de mayo no fue una revolución, que no hubo participación popular, que el pueblo, que el populacho estuvo al margen de los hechos, que ello solo creció en la fantasía de algunos trasnochados políticos o de aquellos que buscan tergiversar la historia.

-Hasta dicen que la Patria no nació ese 25 de mayo glorioso.

No, no había gauchos en la ciudad, se los veía muy poco, el gaucherío estaba en la campaña y raramente alguno llegaba hasta el puerto para vender algo, o hacer trueque con guampas de toros baguales, o cerda, o el plumaje de los avestruces.
Rosas los trajo (años después) los metió en Buenos Aires como soldados y fueron poblando los arrabales con su pobreza y allí quedaron. Haciendo crecer la ciudad entre el barro de sus calles, hundiéndola en el campo.
Nunca les interesó la Patria a esos marginales, la tierra como suya, como posesión, ya lo tenían:

-El desierto era de ellos y ponían su rancho donde caía su antojo.

-Se apropiaban -usando el lazo- de los animales que por el vagaban pululando, solo eso les costaba la carne y el cuero. Elegían la vaca más gorda para mantenerse y el mejor potro para ayudarlos en sus enceres.

-Ningún gaucho abandona su caballo para agacharse a arañar el suelo -nos decía un mestizo (como todos ellos)- cuando le hablaban de cultivar la tierra, que solía venir a vender su producción a los patios traseros de las casas pudientes y nosotras los acercábamos a la cocina para escucharlos, y comprarle algunas lanas y pelos.

-¡Que esperanza niños! -Cuando tengan los años que tengo yo, y hayan visto lo que pasó en todos estos largos años podrán ver que hace mucho la Patria ha muerto.

-¡Si lo sabré, que la conocí desde que nació! –Gritaba y luego se embebía en un espíritu taciturno, quedando quieta, como momificada en vida.
Y se veía en ella a la Patria misma, soñando con sus antiguos y fieles amantes.

En momentos de lucidez y plena vigilia solía mirar o elevar la nariz hacia la sala de la biblioteca como en busca de algo en el color de los lomos encuadernados en cuero o en el olor de los libros.

-En estos volúmenes solo se leen historias nuestras, nadie que viene de afuera las entendería, son las crónicas y relatos de los patriotas iniciales. Se narran a sí mismos.

Armaba un cuchicheo casi secreto para decir: - Son los únicos que deben leerlas.

-Yo soy analfabeta pero me siento habitada por las historias, no me hace falta leerlas anduve dentro ellas.

Por eso hay que repetir obsesivamente los actos y rituales patrios, conmemorar los días mostrando solemne respeto y reforzar en ellos, con la palabra en los discursos o en los textos de homenaje la personalidad de los hacedores y la de los que con su sangre la mantuvieron liberta.

Esa es la única forma que sabían –aunque yo lo supe de escuchar charlas privadas en los salones donde fui servidumbre-, y que pudieron detener el tiempo y conservar el patrimonio histórico lo más intacto posible.

Sonreía al oír lo que hablaba, como cuando se descubre un acertijo.

Quizá por eso en mí el tiempo trascurre así, más lento, y solo ven mi decrepitud los recién llegados. Los que vienen de afuera, esos que se amontonan en los barcos.
Los que quedan, los que aún no han muerto, los que repiten los ritos, creen en poder cerrar el círculo. En mantenerlo hermético.
Pero siempre hay tranqueras que alguien las deja abiertas, grietas, alambres cortados en los campos, espacios transparentes por donde alguien pasa…y la historia se mueve, y ese temblor nos va matando a los que hicimos la Patria.

Es como si todo el tiempo acumulado afuera (esa aglomeración, esa chusma ultramarina) se filtra por estos portales y (a mí me pasa) desconocemos hasta nuestros propios vecinos de siempre, a los dueños y las residencias y hasta las estancias quedan vacías o pululan los extraños con otros idiomas y otras costumbres.
Estudiosos que conviven en logias o moran claustros prestigiosos de esta Nación, dicen que son útiles la cabalas de conservación o guardar objetos de los tiempos del inicio (como yo lo hago) atesorando el ellos lo sagrado.
Siempre los mantuve sacramente escondidos de los que arriban, y que no nos engañan tratando de simular falsos linajes patriotas, ni mentir su genealogía.

-Es muy fácil identificar a quien tiene o no, la sangre de los que formamos este país…

-El tiempo, aquí dentro no nos pasa.

Salir, nadie de nosotros quiere salir, salir es vagar en una inmensidad extensa, infinita, comemierda, extranjera, donde los nombres lentamente se borran para llamarse todos iguales.

Ese desierto más allá del que conquistó Roca, que es afuera y es una zona aún poco confiable, sin nuestra civilización dominándola, donde todo se mezcla y mueren nuestros títulos, no nos sirve.
También donde los movimientos, los precisos movimientos para que esto perdure, son imposibles de repetir y con más frecuencia y atropelladamente aparecen las fisuras del circulo, se amplían los pasajes. Crecen huellas por todo el territorio.
Muy a pesar de la bizarría de nuestros hombres de armas y el coraje sus espadas.

La anciana se duerme con una sonrisa extraña pintada en los labios.

(Buenos Aires - 1885)


Investigación sobre un personaje recuperado por Vicente Fidel López antes de ser ministro de hacienda de Carlos Pelegrini.

lunes, 6 de octubre de 2014

Hugo Pratt y el Corto engominado (Por Juan Sasturain)






Esta semana pasada, con un colega francés, Ives Saint-Goeurs, en el marco sobrio y contenedor de la Alianza Francesa nos juntamos para hablar –entre fanáticos y curiosos– de Corto Maltés y / en la Argentina. Y salió lindísimo. Porque hablamos mucho del personaje pero sobre todo nos referimos al no menos personaje que fue su autor, Hugo Pratt, uno de los más grandes narradores gráficos (historietistas, fumettaro, le gustaba decir / definirse a él) del siglo XX y sus alrededores.
Porque este tremendo dibujante y narrador incontinente nacido en Rímini, pegadito a Venecia, en 1927, y muerto en Suiza –van a hacer veinte años el que viene– con el último tropiezo de su ampliado corazón vivió, como casi todos lo saben, con leves intermitencias, casi quince años en la Argentina. Fueron los de formación o deformación profesional, digamos. Y no fue en cualquier momento sino entre 1949 y 1964, cuando después de algunos amagues, se volvió definitivamente a Italia. Es decir que estuvo acá de los veinte apenas pasados a los treinta maduros. De la primavera peronista a los golpes de los primeros sesenta, cuando los milicos se entrenaban para sus zarpazos definitivos de los años funestos terminados en seis.
Es decir que Hugo se hizo dibujante grande acá; pero también se hizo hombre en la experiencia –mujeres, hijos– más todo lo que anduvo, conoció y leyó entre el mítico chalet de Acassuso y las salidas a cazar jabalíes en la Patagonia. Sin embargo, cuando volvió a Italia, para su gente no existía. Su obra realizada con Oesterheld en la Argentina recién entonces comenzaría a difundirse en su patria y en Europa en general –Sargento Kirk, Ticonderoga, Ernie Pike–, y sólo con La Balada del Mar Salado, a los cuarenta años, y con la invención dentro de esa saga del Corto Maltés –después personaje independiente– Pratt fue Pratt en el continente.
De todas esas cosas hablamos con Ives Saint-Goeurs. De cómo, a partir de ahí y hasta su última historia, Le dernir vol, dedicada a la postrera misión de Antoine de Saint Exupéry durante la guerra, Pratt acumuló obra y personajes, fue construyendo su propio mito de bases sólidas: hizo de la aventura un emblema, jugó a confundir (mezclar, digo) vida y obra, dibujó con la misma soltura inteligente y despreocupada con que apenas apoyaba el talón sobre caminos y cubiertas.
Al final –como le pasó a nuestro Negro Fontanarrosa–, dejó secar el pincel pero no la fantasía. Mientras alargaba los últimos episodios de Corto escribió una novela no casualmente argentina, Viento de tierras lejanas, y le tiró un par de historietas –Verano indio y la sintomática El Gaucho– al consecuente Milo Manara. Así se dio el gusto de ver dibujadas las aventuras y los indios que él ya no tenía las ganas ni la energía necesarias para ponerles cada pluma. Mostró el perfil de su más auténtica vocación: narrador empedernido, fabulador querible que tanto usaba la ficción para hablar de su vida como el pretexto de la biografía para contar cosas que le hubiera gustado que fueran, que le hubiera gustado leer.
Pero el tema en la charla de la Alianza era la relación del Corto y de Hugo con la Argentina, y fue necesario puntualizar que Pratt casi no dejó pasar historieta sin citar estas costas, no evocó relato que no evocara algún fantasma argentino. Así recordamos cómo, cuando en escena memorable el Corto se despide de Pandora Gloovesnore sobre el final de La Balada del Mar Salado (1967), no le pide que se quede ni que se vaya con él; sólo le explica que ella “le recuerda a alguien”. Y entonces le habla de la Parda Flores, de Arolas, de Buenos Aires... Poco podía entender la hermosa inglesita, pero con esa referencia irrumpe lo argentino, por primera vez y desde el comienzo, en el mundo narrativo del Pratt de la madurez creativa. Pronto, en La conga de la banana (1971), episodio que transcurre en el trópico sudamericano, Corto encontrará en el burdel de Mosquito a la bellísima “Pequeña” Esmeralda y hablará de su madre, la mismísima Parda Flores porteña, y ella recordará que “aprendía a tirar con los milicos del Regimiento de Patricios”. Luego, en Corte Sconta detta Arcana (“Corto Maltés en Siberia” o “Las Linternas Rojas”, según las versiones castellanas) el delirante y querible barón von Urgern Sternberg canta tangos en el tren que recorre Siberia entre mongoles. Y, finalmente, uno de los personajes de Svend (episodio unitario para “Un hombre, una aventura”) es el engominado y despreciable Anchorena, un argentino que en medio de sus fechorías habla del Náutico de Olivos...
Pero el Corto y el mismísimo Pratt se tomaron su tiempo y el personaje sólo llegó a Buenos Aires en su vigesimoquinta aventura: el marinero hijo de “La Niña de Gibraltar” y un militar inglés de La Valetta, con un arito en la oreja izquierda, hizo escala porteña después de veinte años de frecuentar mares, desiertos, guerras, revoluciones y búsquedas del tesoro por todo el mundo. Fue ese momento mágico de comunión en que –por fin, en 1923 en la ficción, medio siglo después en el papel– el Corto se dio una biaba de gomina para bailar un tango en Buenos Aires.
Dibujada y publicada en la revista Corto Maltese, de Milán, en 1985 y con una edición francesa del año siguiente, Y todo a media luz es de concepción muy anterior. En su viaje a la Argentina en el otoño del ’85 –recordamos haberlo visto y conversado con él–, a Pratt sólo le faltaba dibujarla. Anduvo por el sur, recogió documentación, juntó ánimo y nostalgias, algunas precisiones y finalmente refundió en una única aventura dos núcleos temáticos y de interés: las andanzas de los bandoleros yanquis en el sur patagónico a principios de siglo y el submundo de las organizaciones que manejaban la prostitución por los años veinte, enmarcado en una atmósfera de tango (el de Donato y Lenzi), penumbrosa, ambigua.
Hay dos aspectos para señalar, que se desplegaron en la charla con Ives Saint-Goeurs: por un lado está el gesto de Pratt, que desde las prolijas notas explicativas que anteceden a la historieta –concebidas para un lector europeo– muestra el resultado de su investigación y reconstrucción histórica para luego fabular a partir de ellas; y por otro está el gesto y la mirada de Hugo, el que hace más de treinta años y con ojos nuevos y asombrados descubría en una ciudad y en los confines de un continente tan lejano a la patria mediterránea, un universo de misterios, claves y valores secretos.
Y todo a media luz participa de ese doble efecto: la reconstrucción es más afectiva y sensual que rigurosa; ante la duda (o sin ella) Pratt optará por el mundo que vivió en los cincuenta y no por los datos precisos de fotos viejas y tablas cronológicas. El lector, todos, agradecidos, porque Pratt, una vez más, ha optado por el mito. Si toda aventura del Corto ha sido, habitualmente, lugar de encuentros y reencuentros con viejos y recordados personajes y lugares (“¿Será posible que yo tenga que estar siempre pegado a cosas viejas?” se queja ante Esmeralda) la irrupción del trashumante maltés en la Argentina en “Y todo a media luz” no es una excepción.
Ya el hecho de llegar a Buenos Aires es sólo un regreso a ambientes conocidos desde principios de siglo; los evoca su amigo Fosforito desde la primera escena, con la memorable secuencia contada desde el paño y las bolas de billar. Pero, además, el motivo que lo trae también viene del pasado: es la búsqueda de la hermosa Louise Brooks –o Brookszowyk– que se proyecta hacia atrás en la ficción, hasta el episodio de la Fábula de Venecia. Pero también hacia adelante: esta niña que ha dejado Louise, y que Corto rescata y envía a Europa, será, con el tiempo, la madre de Valentina, el personaje de Guido Crépax, cerrándose así el círculo. La reaparición de Esmeralda, ahora en Buenos Aires otra vez, sirve para reconstruir otro mundo de amistades y recuerdos: el que unió a Corto con el destino de los desesperados yanquis en el sur, quince años atrás. Sólo que esa historia, perteneciente al ciclo de La Juventud del Corto Maltés y que sucede, cronológicamente, al episodio de Manchuria y de la guerra ruso-japonesa donde aparece Jack London y se conocen los jóvenes Rasputín y Corto, no existe ni existirá ya pues Pratt no llegó a contarlo: Ras y Corto cruzarían el Pacífico, llegarían a Chile, pasarían al sur argentino... Precisamente, Mr. Habban, en Y todo a media luz evoca haber conocido al Corto en 1906 en la estancia de los Newbery en el sur; el enigmático “gringo”, alias Mr. Moore, no es otro que el “desaparecido” Butch Cassidy, amigo de entonces y que ahora, en 1923, le salva la vida...
Todo ese contexto y entramado de personajes y referencias se sobreimprime contra un mundo y una escenografía que tienen mucho de oníricos y de poco realistas: el Buenos Aires del ’23 de Pratt refleja con propiedad y verosimilitud histórica las tensiones sociales y las motivaciones en el comportamiento de los grupos en pugna de entonces, pero elige pautas y modelos de representación gráfica mucho más libres.
Siempre hay un Pratt poco dispuesto a la reconstrucción histórica pero sí al homenaje emocionado de los ambientes en que vivió sus años de la Argentina por los cincuenta: “sus” callecitas de San Isidro y Acassuso y la vieja estación Borges, en un explícito homenaje al poeta. Pero paralelamente, hay un forcejeo ostensible por fechar con precisión (la pelea Firpo-Dempsey de ese año ’23, la referencia a que Donato y Lenzi aún no estrenaron sus tangos) y por dejar constancia de instituciones y climas conocidos: el CASI, el Ejército de Salvación, la sociedad de la zona norte, con sus tantos apellidos debidamente ironizados...
Como señaló puntualmente el estudioso francés, la sensación de desrealización y magia que acompaña el despliegue de la aventura está acentuada por desarrollarse continuamente en ambiente nocturno –siempre es de noche o atardece– y por las míticas dos lunas que aparecen sólo para el Corto sobre las estaciones de San Isidro y Acassuso. Ese ambiente nocturnal es el propicio –para una mirada europea– al tango, celebrado en una secuencia memorable, aparte, que nos regala al mismísimo Corto peinado a lo Valentino y derritiendo a las minas de las sociedad de San Isidro.
Bastaba eso para convertir a la historieta en lo que es: un relato inolvidable. (de Página12)

domingo, 5 de octubre de 2014

Dios es ateo (Por José Pablo Feinmann)





Está sentado en el primer escalón de la Catedral. Podría parecer un mendigo; pero no, no lo es. Tiene un sobretodo azul oscuro, las solapas levantadas y los zapatos sin lustrar. “Cerró la Catedral” –me dice–. “Si venía a pedirle algo a Dios llegó tarde. Igual, siempre es tarde para pedirle algo a ese personaje.” “¿De dónde sacó eso?” “¿Me invita con un vino?” Le pido al mozo un Rutini tinto. “No pretendía tanto”, dice el tipo. Tiene la barba crecida y los ojos claros, muy. Traen el Rutini. Sirvo dos copas. “Dígame una cosa...” “Dios, puede llamarme Dios.” “Vea, si está pirado ya lo hago meter en una clínica psiquiátrica.” “No perdamos tiempo. En serio, soy Dios.” “¿Y qué hace aquí, con esa ropa, disfrazado de ser humano? Ser parte de los hombres ya lo intentó su hijo. Y no le fue bien.” “¿Sabe que murió? Eso de la resurreción es una leyenda. Murió de las heridas con que lo habían injuriado. Murió en mis brazos.” “¿Y usted, que dice ser Dios, no pudo salvarlo?” “No puedo salvar a nadie. Vine así, como hombre, a ver si podía convencer a los pueblos de que abandonaran las guerras. Ni lo intenté. Se reirían de mí. Ya es tarde. Mi tiempo pasó. No soy omnipotente ni omnipresente. Si no soy eso, no soy Dios.” “Se presentó como Dios.” “Es la costumbre. Algunos pequeños poderes me quedan. Sé que su hijo de diez años está enfermo. Que necesita un trasplante de riñón. Que mañana lo operan y por eso usted iba a la Catedral. A rezar por su salvación. Sé que está sufriendo mucho.” “¿No podría salvarlo? ¿No le queda poder para eso?” “¿Ve? Ya cree que soy Dios. El dolor es la base de la fe. No, ni para eso tengo poder. El Mal me derrotó. Los hombres eligieron a Satanás. Fracasé en todo. No pude impedir que la serpiente sedujera a Eva. Que Caín matara a Abel. Salvé a los judíos de la esclavitud en Egipto. Pero, ¿a cuántos egipcios maté? ¿O no eran hombres? No respondí las acusaciones de Job. Me limité a hablarle de mi poder. De mi infinita Creación. El necesitaba otra cosa. No se la di. No pude salvar a mi hijo. Ignoré su desesperación. Lo abandoné. La Iglesia se transformó en un Estado autoritario. No pude impedir la Inquisición. Torquemada se rió en mi cara. Menos aún pude impedir las matanzas del Nuevo Mundo. La Espada y la Cruz fueron lo mismo. Las Cruzadas, empresas de conquistas y saqueos en mi nombre. No pude impedir que quemaran a Giordano Bruno y acallaran a Galileo. ¿Para qué seguir? No pude impedir Auschwitz. Ni las bombas atómicas. Hoy, ya no puedo impedir nada. Ni ese asunto de las Torres Gemelas. Ni Afganistán, ni Irak. Ni el terrorismo islámico. Ni que el Estado de Israel sea vengativo hasta la crueldad, que haya metido la tortura en la Constitución. ¿Puede imaginarlo? Mi pueblo elegido. El que mejor debiera comprender el dolor de los otros. Ni el Premio Nobel a Obama pude impedir. Ni el Oscar a Sandra Bullock. Nada.” “¿También se ocupa de Sandra Bullock?” “El Bien y el Mal se juegan en todos los terrenos. Fracasé. Tanto fracasé que ya nada puedo. Tanto, que ya no creo en mí.” “¿Dios no cree en Dios?” “Dios no cree en Dios. Pero no sufra, querido amigo. Su hijo se va a salvar. La Ciencia, el nuevo Dios de los hombres, lo salvará.” Se levanta y lentamente, apesadumbrado, se va.
Al día siguiente operan a mi hijo. Por causa de mi rango han traído un gran médico argentino que vive en Estados Unidos. Llego a la clínica y pido hablar con él. No lo conozco. Ha llegado esa mañana. Sale del quirófano para verme. No se ha quitado el barbijo. Sé que se llama Rogelio Alvarez Iglesias. Me da la mano. “No me dijeron quién es usted –dice–. Pero debe ser alguien importante para que me hayan traído de urgencia.” “Soy el ministro de Justicia.” Me toma del brazo. “Vea, señor ministro. Todo será muy fácil. La Ciencia, durante la última década, ha progresado muchísimo. Me dijeron que está muy angustiado, que ama a su hijo y sufre. Suena lógico. Si lo calma rezar, hágalo. No va a servir de nada. Lo único que salvará a su hijo es lo que yo haga en ese quirófano. Se dice que los médicos, cuando operamos, cuando tenemos entre nuestras manos la vida o la muerte de nuestros pacientes, padecemos el complejo de Dios. Le aseguro que yo no. Me alcanza con ser un hombre de Ciencia. La Ciencia superó a Dios. ¿Por qué voy a querer ser la imagen de un derrotado?” Se saca el barbijo y me mira sonriente. Algo estremecedor se establece entre él y yo. Es idéntico a Dios. Rasgo por rasgo, arruga por arruga y los mismos ojos claros. “¿Por qué me mira así? ¿Me conoce?” “No, hay algo rojo en sus ojos. Es leve. No cualquiera lo detecta.” “Es una irritación, sólo eso. Tampoco dormí bien. El avión, usted sabe.” “Sí, claro. Y tiene un lunar, también rojo, junto a la boca, es escasamente visible.” “De nacimiento. ¿A qué viene esto? No puedo perder tiempo. ¿O no lo sabe? Señor ministro, su hijo va a salir de ese quirófano perfectamente sano. Le doy mi palabra. Hasta pronto.”
Me siento en la sala de espera. Son físicamente iguales, pero muy diferentes. Alvarez Iglesias es un triunfador. Un hombre seguro de sí. Orgulloso, algo petulante, pero salvará a mi hijo. De pronto, descubro que Dios se ha sentado junto a mí. No pierdo el tiempo. Todo se ha vuelto urgente. “No quiero ni puedo meterme en cuestiones metafísicas o teológicas –digo–. Alvarez Iglesias sanará a mi hijo. Pero sólo usted puede responder algunas preguntas que me superan. Que siempre quise saber. Que siempre busqué su respuesta. Como muchos otros hombres. ¿Donde está el Mal?” “Entre los hombres. Se lo dije. Su angustia me vuelve repetitivo. El Mal me ha derrotado. Llevo siglos luchando contra él. Es inútil. Los hombres lo prefieren. La bondad no le sirve de nada a la industria armamentística. La guerra sí. La guerra es el Mal. Está al servicio de la Muerte. Ha triunfado Satanás. La Ciencia y la técnica decidieron mi derrota. Pronto, los hombres reventarán este planeta. El desequilibrio en la Creación será devastador. Entre tanto, gobiernan los servidores del Angel Caído. Hay algo que no pueden evitar. Los ojos se les enrojecen. Y tienen un lunar junto a la boca, del lado izquierdo. ¿Raro, no? Que no hayan podido superar un problema oftalmológico. Ni barrer con un simple lunar.” “Salvo que provenga del espíritu para señalar su crueldad interior. Que será, conjeturo, infinita. Usted lo sabe. Usted creó el Mal. Algo de eso, algo malo, ha de haber en su corazón para que pueda haberlo hecho” –digo–. “Eso pienso. Y eso piensan muchos teólogos. Hasta pronto”, dice abruptamente. “Tal vez nos veamos otra vez.” Sonríe y en esa sonrisa late una gran tristeza. Dice: “Si Dios quiere”. Lanza una carcajada que rebota en las paredes, sonora y de un cinismo brutal. Entonces se va. Siempre se dijo que Dios y el Diablo se parecen. Sí, son idénticos. Pero Satanás –que ahora está operando a mi hijo– vive sus días de gloria. Dios viste harapos, se confiesa impotente y derrotado. Admite no poder hacer nada de todo eso que, los millones de seres humanos que aún le rezan con pasional esperanza, le piden. Desconocen la verdad. Si la supieran, no le rezarían. Dios es ateo.

Carta a Francisco I (Por José Pablo Feinmann)

Estimado: Como decía Voltaire –me permitirá citar a un personaje tan poco querido en las filas de la Iglesia–, el mal se ha enseñoreado de la Tierra. Lo acaba de reconocer usted con su valiente mención a las once guerras, apenas once tragedias que hoy laceran el mundo. Digo que es valiente porque muchos viven de la negación de las atrocidades que el liberalismo de mercado ha arrojado sobre el mundo luego de la caída del Muro de Berlín y la caída, también, de las Torres Gemelas. Estados Unidos se encuentra en una carrera armamentística liderada por el Complejo Militar Industrial y el apoyo del poder informático. Funciona así: el Complejo Militar necesita guerras para fabricar armas. Para fabricar guerras, el poder informático debe crear una situación de aguda paranoia entre la población que acabará en el pedido de ésta a sus halcones para desatar la guerra. Lo piden cuando no aguantan más del miedo o de escuchar el mensaje cotidiano amenazador. Lo mismo sucede en nuestro país con el problema de la seguridad.
Todo está a la vista y usted lo sabe. A mí me gusta su estilo de Papa humilde, me gusta cada vez que se le escapa al protocolo, me gustó cuando nuestra Presidente le dijo: “Caramba, cierto que no puedo tocarlo” y usted le dio un beso. Acaso deba asumir que es el primer Papa sexy de la historia. Me gusta que sea de San Lorenzo, aunque yo no lo soy. ¿Qué soy yo? Confieso que no creo en el inmenso personaje en que su mandato se fundamenta. Pero no soy un ateo. Soy muy poca cosa para serlo. Apenas un ser humano. ¿Cómo voy a saber si hay o no hay un Dios? Sólo poseo la razón y jamás pude dar el salto de la fe. Mejor que yo sabe usted que la fe no es un teorema. Que nadie podrá demostrar racionalmente la existencia de Dios (errores de Santo Tomás y de Descartes). Sé que siempre, en cierto momento, me pierdo en analogías y paralogismos y ahí comprendo que se trata de saltar, como propuso lejanamente Karl Jaspers. Nunca pude entregarme a la aventura del salto hacia la fe. Pero no niego ni afirmo la existencia de Dios. A esto se le suele llamar agnosticismo. Vaya si usted lo sabe. Creo en muchas cosas. Soy un creyente pasional. Creo en la dignidad de las personas, creo en la infamia de la tortura, en la infamia de toda vejación de la criatura humana, abomino de todo sistema político que niegue las libertades esenciales del ser humano. Creo en la literatura, en la filosofía y, sobre todo, en la música. Si usted me apura, se lo diré con abierta franqueza: si algo se parece a la idea que tengo y muchos tenemos de lo absoluto, es la música.
Hace poco escribí un cuento con un título provocativo: “Dios es ateo”. Era simple: Dios, vestido sobriamente, con humildad, viene a la Tierra para detener las guerras. Se encuentra con alguien, toman unos vinos y le confiesa sus grandes fracasos: “No puedo hacer nada. Seguirán las guerras. El Mal me derrotó. Los hombres eligieron a Satanás. Fracasé en todo. No pude impedir que la serpiente sedujera a Eva. Que Caín matara a Abel. Salvé a los judíos de la esclavitud en Egipto. Pero, ¿a cuántos egipcios maté? ¿O no eran hombres? No respondí las acusaciones de Job. Me limité a hablarle de mi poder. De mi infinita Creación. El necesitaba otra cosa. No se la di. No pude salvar a mi hijo. Ignoré su desesperación. Lo abandoné. La Iglesia se transformó en un Estado autoritario. No pude impedir la Inquisición. Torquemada se rió en mi cara. Menos aún pude impedir las matanzas del Nuevo Mundo. La Espada y la Cruz fueron lo mismo. Las Cruzadas, empresas de conquistas y saqueos en mi nombre. No pude impedir que quemaran a Giordano Bruno y acallaran a Galileo. ¿Para qué seguir? No pude impedir Auschwitz. Ni las bombas atómicas. Hoy, ya no puedo impedir nada. Ni ese asunto de las Torres Gemelas. Ni Afganistán, ni Irak. Ni el terrorismo islámico. Ni que el Estado de Israel sea vengativo hasta la crueldad, que haya metido la tortura en la Constitución. Ni que el mundo sea tan desigual. Tanto, como para que algunos vivan en la abundancia y otros huyan de sus países, porque son pobres de toda pobreza o porque las dictaduras los persiguen para torturarlos y matarlos, y mueran ahogados en el mar Mediterráneo. Tratan de llegar a Europa. Pero los europeos están bien. No quieren problemas. No quieren delincuentes. Les dan la espalda. Sólo en 2014 encontraron su tumba en el Mediterráneo más de 2500 personas”.
Este Dios, con esa desdichada conciencia de sí, terminaba por afirmar que ya no creía en El. Que era ateo.
Si vamos al campo de la filosofía, si reflexionamos sobre el no matarás de los Evangelios, usted, Francisco, que viene del peronismo de los años setenta, sabe las vidas que se llevó esa década, sabe que la venganza del poder militar sobre una juventud militante (que cometió el error de creer en la lucha armada, como Allende cometió el error de creer en la vía pacífica al socialismo... ¿dónde está la verdad, mi amigo?) fue inimaginable e indescriptible. La Iglesia lo sabía. No dijo nada. Dios lo sabía. Ahí (muchos) lo supimos: Dios está ausente. Es incapaz de salvar una sola de las vidas masacradas en este mundo que El, en los Evangelios, dice haber creado.
¿Cuál es el problema que los filósofos debemos pensar? ¿Cuál elegiremos como prioritario? Hace tiempo, Albert Camus escribió: No hay sino un problema filosófico serio, el suicidio. Camus era un escritor existencialista, con magra formación filosófica y prosa brillante. Murió joven, antes de girar hacia la nueva derecha, que era, arriesgo, su coherente trayectoria. Pero vamos a la frase. Puede impresionar (más si es la inicial de un libro que tuvo enorme éxito) a más de uno. Y así fue. ¿Cuál es, sin embargo, su valor de verdad? Camus desarrolla su propuesta diciendo que decidir si la vida tiene o no sentido, merece ser o no vivida, es el problema axial de la existencia humana. No
es así. El planeta se vería sacudido por una interminable ola de suicidios si todo aquel que decidiera que la vida no tiene sentido se pegara un tiro. Como sea, vemos claramente que los seres humanos no se suicidan al descubrir que la vida no merece ser vivida. O se dedican a los placeres instantaneístas, las drogas, el alcohol, el sexo, o un sarcasmo feroz los lleva a hacer el Mal.
Nuestro planteo esencial no es el de Camus. Se expresa en una pregunta dramática: no hay más que un problema filosófico serio, ¿hay o no hay que matar? Desde el punto de vista empírico la pregunta pareciera arcaica, pues ha tenido una respuesta afirmativa a lo largo de la sanguinaria historia humana. ¿Qué pregunta es ésa? Si los seres humanos han matado y seguirán, sin duda, matando. Aparece aquí la célebre frase de Marx que ontologiza la violencia histórica. O sea, hay historia porque hay violencia. El mandato bíblico (No matarás) envejeció y tantas veces fue violado que cayó en el olvido. Ante esta situación, y ante la ausencia de Dios, su silencio, son los hombres los que toman la palabra. Son ellos los que van a declarar los nuevos mandatos. El primer intento es el de la Revolución Francesa, que, sin embargo, no logra rigor universal. Es fruto de una situación transitoria y es la misma Revolución la primera en traicionarlo, con la aplicación del Terror jacobino de Robespierre. Un terror que provocó el rechazo de Beethoven y Hegel.
Así, en 1948, después de los horrores de la Segunda Guerra, las Naciones Unidas impulsan la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sus primeros artículos postulan el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de todo individuo. Nadie será torturado y todos son iguales ante la ley.
Sin embargo, han quedado tan perimidos como los mandatos bíblicos. Desde 1941 que Estados Unidos no declara una guerra. Esclavitud hay en la centralidad de la Argentina, en la orgullosa CABA. La tortura es el trabajo central de inteligencia. Y que todos son iguales ante la ley es un chiste que despierta dolorosas carcajadas, las peores.
Luego del nine eleven, el imperio norteamericano busca dominar el mundo para protegerse de él. ¿Qué pensadores de América latina están enfrentando reflexivamente esta coyuntura trágica y apocalíptica? Nunca se vivió con la urgencia de hoy. Nunca la posibilidad de un fin de la historia en la modalidad de la catástrofe benjaminiana se vio más posible. Cualquier guerra de dimensiones relevantes llevará al enfrentamiento nuclear. América latina deberá pensar qué hacer ante este paisaje tan temible, ante un futuro que ya no asoma como esperanza sino como destrucción.
El Mesías, dice Walter Benjamin, no llegará al final, está llegando constantemente por hendijas que se abren cuando los hombres se reconocen entre sí, cuando se comprenden y no se agreden, cuando saben escuchar las razones del Otro porque le permiten expresarlas, cuando saben que sin el otro yo no sería Yo, cuando recuerdan (porque lo leyeron o porque lo escucharon) el artículo esencial de la Declaración de Derechos Humanos de 1948: toda vida es sagrada y merece respeto. Si es así –y así es– en cada muerte muero, en cada muerte morimos todos. También usted, Francisco I.
Le envío un abrazo cálido y, pese a todo, esperanzado. Aunque la catástrofe esté a la vuelta de la esquina debemos seguir luchando por un mundo mejor. Exista o no Dios, sé que en eso estaremos de acuerdo.

viernes, 12 de septiembre de 2014

"Me pregunté por qué el peronismo es ta odiado por la clase media" (Entrevista a Roberto Baschetti)


El escritor pulió una minuciosa lista de crímenes y atentados sufridos por el peronismo a lo largo de casi 15 años, que desmiente la versión oficial acerca del secuestro y muerte de Aramburu como acto inicial de la violencia política en el país.
 


“Me pregunté por qué el peronismo es tan odiado por la clase media

La hipótesis era romper con ese mito tan difundido por la historia liberal y muchos periodistas de las grandes corporaciones –dice el investigador–, que acusan al peronismo como el responsable de haber comenzado con la violencia política en la Argentina, concretamente a partir del secuestro y la muerte de Pedro Eugenio Aramburu.” Y aclara: “Eso no es real, y lo demuestro haciendo un correlato de hechos fácticos y puntuales ocurridos entre 1951 y 1964, que atentaron de diferentes maneras contra el segundo gobierno peronista, legítimo, constitucional y reelecto con el 60 por ciento de los votos. Un gobierno que, a pesar de esa legitimidad ganada, fue acosado por una violencia creciente, la cocina de lo que luego sería el golpe de Estado de 1976 con sus consecuencias terribles.”
Baschetti es jefe del Departamento de Adquisiciones e Intercambio Bibliotecario de la Biblioteca Nacional, e integra el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. El libro, una verdadera radiografía del odio de las clases dominantes que el movimiento nacional se fue ganando a través de la historia, incluye además nombres de conspiradores, información nunca difundida de atentados anónimos y aislados, y un raconto de los distintos intentos de magnicidio contra Perón. 
 
–Episodios como los bombardeos a la Plaza de Mayo, el derrocamiento de Perón en 1955 o los fusilamientos de militantes un año después, son conocidos. Pero el libro sorprende por el grado de detalle de muchos otros, lo que da idea de una continuidad de intentos destituyentes insoportables para cualquier gobierno.
–Bueno, ese es el sentido del libro, porque para romper con un mito, tenés que sacar a la luz información concreta. En realidad, habría que ubicar el primer hecho particular de violencia en 1951, antes de la reelección de Perón, cuando un arma del Ejército, la Caballería, armó un plan para asesinarlo. Pensemos en cómo estaba integrada aquella fuerza en ese entonces, y en su elite aristocrática, con gente como Alejandro Lanusse o Julio Alsogaray a la cabeza. Inventan una excusa: es “importante” que el presidente asista a un acto de inauguración en Campo de Mayo. Lo que los conspiradores no imaginaron fue la manera en que el grupo de suboficiales, que por su origen de clase eran peronistas, defenderían a las instituciones. Es más, el único muerto aquel día fue un sargento de apellido Fariña, leal al gobierno.
 
–Digamos que los ataques empezaron a lo grande, con un intento de magnicidio.
–Sí, porque tenían esa idea maximalista de que la rabia se acababa cuando moría el perro. El complot fracasó, algunos fueron detenidos, pero el tema se olvidó por completo. Se trató de un “acto fundacional” para sacar al peronismo de la faz de la tierra, provocado por fuerzas oligárquicas que veían perder sus privilegios. 
 
–¿Por qué la violencia arranca ahí? Uno imagina que la oligarquía esperó del gobierno momentos de debilidad, de guardias bajas. 
–El peronismo venía mostrando algunos signos de desgaste. Me refiero a reacción política, o a cierto desgaste en la gestión. Pero no hablo de desgaste en cuanto al apoyo popular, porque al año siguiente al intento de matarlo, Perón logró un nuevo mandato con el 62 por ciento del padrón a su favor. Por otro lado, el Ejército estaba dividido. Los sectores conspiradores eran importantes, pero enfrente, muchísimos efectivos no iban a permitir asaltar al poder tan fácilmente. El magnicidio frustrado hizo que después, los ataques ocurrieran en forma de actos de terrorismo. Y eso es lo que describo en el trabajo.
 
–Uno de esos actos, poco conocido, tiene lugar en las inmediaciones de la Plaza de Mayo en abril de 1953. ¿Qué pasó?
–Es interesante, porque fue la primera vez que los grupos de poder trataron de boicotear proyectos de desarrollo que hermanaban a la Argentina con otros países latinoamericanos. Los golpistas pusieron bombas en un acto masivo, organizado para festejar los acuerdos que Perón había firmado con Brasil y con Chile, en épocas de Carlos Ibáñez. Eran ideas de trabajo a gran escala en el marco del “Pacto ABC”, por las iniciales de las naciones intervinientes. Una especie de proto Mercosur de la época. En el ataque intervino el radicalismo, a través de Roque Carranza, que después fue ministro. Un explosivo estalló en el subte, otro en el bar de un hotel, y el restante en la misma Plaza. Costó cinco muertos.
 
–Otro de los temas desarrollados es el de los comandos civiles, haciendo mención a sectores del empresariado y del campo que fueron claves a la hora de aportar financiamiento para los atentados.
–No sólo financiamiento, sino también organización e infraestructura. Prácticamente nadie estudió el tema de los comandos civiles, se trata de una cuestión relativizada. Estos grupos no sólo se levantaban contra la Constitución, sino que además asaltaban destacamentos policiales para robar armas, y en algunos de esos atracos murieron efectivos jóvenes. Las bandas actuaban consustanciadas con una jerarquía eclesiástica que aportaba cuadros del catolicismo y la Congregación Mariana, por ejemplo. No olvidemos que tres días antes del 16 de junio de 1955, fecha del bombardeo a la Plaza, la iglesia organiza la marcha de Corpus Christi.
 
–¿Qué acción concreta montada en esos años destacarías como diseñada por los comandos?
El operativo dispuesto durante el bombardeo en el exterior de la Casa de Gobierno. Parte del complot contra Perón ordenaba que 300 civiles debían cercar la sede del gobierno, y no dejar salir a nadie de la Casa, ni tampoco entrar. De esta manera se evitaba que escaparan funcionarios importantes, y que a su vez, entraran leales a proteger a esos funcionarios. El cerco fue clave, porque el dispositivo lograba que la Infantería de Marina, ubicada detrás de la Rosada, pudiera atacar sin problemas ni resistencia de ninguna índole. Pero como decíamos antes, menospreciaron la valentía de los leales, porque en el caso del bombardeo, el que salió fuerte a defender al presidente fue el sector de Granaderos. Muchos de estos golpistas fueron detenidos, y liberados el 5 de agosto. Todo quedó impune, a pesar de los 1000 heridos, los mutilados de por vida y las 350 personas muertas. Lo que demuestra, además, de qué manera empezaba a actuar la corporación judicial para que esa impunidad existiera. A los civiles se les dan cargos públicos, mientras que los militares son dados de baja, pero vuelven al servicio activo, cobran los sueldos de la época de detenidos, y encima consiguen ascensos. Fueron camadas que después nutrieron a la dictadura de Videla.
 
–Más allá de simpatías políticas, hasta los opositores reconocen que el peronismo es el aglutinador de los grandes debates nacionales. En los últimos setenta años, todo, lo bueno y lo malo, ha sido cruzado por la pasión que despierta el peronismo.
–Porque es el verdadero sujeto político del país, sin duda. Uno entiende a Perón como producto emergente, y al peronismo como una entidad político social argentina que le permitió y le permite al grueso de la población cambiar su vida para mejor. Hasta la llegada del peronismo, esa mayoría sólo tenía obligaciones, y no derechos. Con el peronismo aparece el derecho a la salud, al trabajo, a la educación. Repasemos la Constitución de 1949, por ejemplo, donde esos derechos adquieren forma de ley. Ese sujeto histórico que trata de cambiar la realidad, buscando una nación para todos y no para pocos, hoy sigue siendo cuestionado. Una muestra fue la editorial de La Nación de hace un par de meses, donde se sostiene que Perón cayó no por un golpe de Estado, sino debido a sus incongruencias y a su desgaste. Pasan vergonzosamente por alto toda la violencia que yo describo en el libro. 
 
–A partir de manifestaciones de odio más o menos explícitas contra el kirchnerismo, es lógico pensar que esa actitud de las clases dominantes se mantiene a través de la historia, sin importar quién ocupe el gobierno. El “Cristina, andá que te espera Néstor” es el “Viva el cáncer” de los 50 contra Evita.
–El paralelismo es interesante, porque demuestra una concepción de base, que se mantiene inalterable a través del tiempo. Es hasta previsible, por llamarla de alguna manera. Hagamos una pregunta básica: ¿Por qué se ataca a Cristina? Porque representa un gobierno que genera cambios e inclusión a sectores siempre postergados, que nunca accedieron a las condiciones mínimas de subsistencia. Lo que se denomina, metafóricamente, repartir la torta. Quieren todas las porciones, un país reducido, agroexportador, con dólar alto. El peronismo no permite eso. No lo permitieron Eva y Perón, y la historia se repitió con Néstor y Cristina. ¿Te acordás cuando asumió Martín Sabbatella en la AFSCA, y la presidenta le dijo que desde ese momento iba a ser feo, sucio y malo? Si defendés los intereses populares, pasás a ser un estigma para el sistema.
 
–Hay otras actitudes miserables que también son violencia. El gesto de Mirtha Legrand, preguntándose si el cadáver de Kirchner estaba realmente en el cajón. O cuando Carrió la trataba de insana a la presidenta. Surgen otros paralelismos increíbles: la foto del libro donde un grupo de jóvenes aparece colgando el busto de Eva Perón es lo mismo que muchas pancartas de la marcha del 8N.
–Es verdad, impresiona. Y muchos de esos sectores son de clase media. El fenómeno de la clase media en la Argentina es impresionante. Antes de empezar a escribir, me pregunté por qué el peronismo es tan odiado, como aquella duda de Julio Troxler en Operación Masacre. Qué los mueve a tener ese odio contra los sectores más bajos de la sociedad, que además, se hace carne con el vocabulario. Insultan y desprecian, como el clásico “negros de mierda”, pero también denigran y se muestran indignados: “¿Cómo van a veranear al mismo lugar que yo?”. Es un fenómeno que, además, se expresa en esto de querer acaparar dólares. Perón tenía una frase espectacular: nadie se realiza en un país que no se realiza. Parece una tontera, pero es así. Creés que te salvás solo, pero al final, te hundís con el resto. Es como bailar en la cubierta del Titanic. Sin embargo, hay una diferencia entre aquellos pibes que ahorcaban el busto y los que hoy asisten a una plaza para gritarle yegua a la presidenta. En los años 50, esos eran sectores altos o medio altos. Mucha Sociedad Rural, mucha Unión Industrial Argentina. Campo, universitarios, en épocas en que a la universidad no entraba cualquiera.
 
–Lo que querés decir es que hoy, el gran componente de esas manifestaciones son las capas medias. 
–Claro. Obviamente se mantiene el escalón superior, pero no llenás una plaza únicamente con el Jóckey Club. Hay explicaciones relacionadas con el propio crecimiento del país. En el primer gobierno de Perón, la clase media era incipiente, no estaba caracterizada y fuerte como en décadas del 60 y 70. La violencia que veníamos describiendo fue moldeando conciencias, lo que explica por qué muchos sectores medios creían bueno que alguien “pusiera orden” antes del golpe de Estado de 1976. Los verdaderos violentos, los que iniciaron aquellas asonadas contra la democracia, sabían cómo operar: era necesario generar terror, porque el terror inmoviliza, te deja sin reacción. La prueba es que en los bombardeos a la Plaza, nadie entrega armas a los sectores peronistas que van a la Casa de Gobierno a pedirlas. Por eso, también aclaro en el libro que el primer acto de la resistencia peronista no ocurre después de la caída de Perón en el 55, sino en esos bombardeos, cuando la gente asalta varias armerías del centro de la Capital para pelear contra los marinos apostados detrás de la Rosada. Aclaro que no hay que ser injusto, y que sería un error ver a esas capas medias como un cuerpo sin fisuras ni diferencias. Hay muchísima clase media que apoya al gobierno, y mucha gente se ha ganado para el proyecto nacional y popular. 
 
–El mismo Perón fue el que no quiso armar a esa gente.
–Sí, pero después volvió sobre aquella decisión, en una entrevista que le hizo la revista Con Todo, de Bernardo Alberte. Perón era un militar formado en el Ejército, estructura que históricamente ejerció el patrimonio de la fuerza. Difícilmente un militar educado de esa manera aprobaría repartir fusiles en los barrios. Además, dar armas es fácil, lo difícil es quitarlas después. En la entrevista, Perón reconoció que si hubiera imaginado lo que venía tras su derrocamiento, hubiese tomado otro camino. 
 
–Volviendo a los paralelismos y a los símbolos, es interesante lo que mencionás acerca de Callao y Santa Fe. ¿Es verdaderamente la esquina típica de toda conspiración golpista?
–Una especie de capricho de la historia (se ríe). Ahí confluyen los sectores más concentrados económicamente de la sociedad, sobre todo agro terratenientes. Callao y Santa Fe es un verdadero símbolo, un punto físico que transmite toda una concepción, una manera de ver al país. Que no es la manera en que lo ven las clases populares, precisamente.  «
 
 
Los profetas del odio
Septiembre de 1951
Primer intento de golpe de Estado contra Juan Domingo Perón, al que tratan de asesinar varios efectivos de Caballería. En el complot intervinieron los capitanes y generales Alejandro Lanusse, Julio Rodolfo Alsogaray, Tomás Sánchez de Bustamante, Gustavo Martínez Zuviría, Manuel Raimundes, Luis Prémoli, Arturo Corbetta, José Iglesias Brickles y Rodolfo Larcher.
Abril de 1953
Estallan explosivos en la Plaza de Mayo, la Línea A del subte y el desaparecido Hotel Mayo. Mueren 5 personas. El atentado es organizado por los comandos civiles.
Abril de 1955
Ponen una bomba de mucho poder en el edificio de la Confederación General Universitaria (CGU), brazo gremial universitario del peronismo. Mueren varias personas. También arrojan bombas de alquitrán en las delegaciones marplatenses de la CGT y el Partido Peronista.
Mayo de 1955
Cuadros católicos que habían asistido a una misa en la Catedral Metropolitana cortan el tránsito, agreden a la gente que caminaba en la Plaza de Mayo, les pegan a policías, pinchan gomas de vehículos y rompen vidrios.  Varios de los agredidos tienen que ser hospitalizados.
Junio de 1955
Se suceden distintos actos de violencia de grupos católicos y comandos civiles, previos a lo que después serían los bombardeos a la Plaza.
Julio de 1955
Estallan bombas en la Escuela Superior Peronista y la editorial Mundo Peronista. Los golpistas componen un himno propio, escrito por el abogado Manuel Rodríguez Ocampo: la “Marcha de la Libertad”. 
Julio de 1955
Los comandos civiles roban armas en comisarías y destacamentos, y matan a varios policías. 
Agosto de 1955
Intentan asesinar a Perón. Algunos de los implicados son el dirigente católico Mario Amadeo, el radical David Michel Torino y varias figuras de la Democracia Cristiana. La policía secuestra armamento escondido en el colegio religioso Máximo, de San Miguel. 
Septiembre de 1955 y junio de 1956
Golpe de Estado contra Perón, y fusilamiento de varios militantes peronistas en distintos lugares del país, como José León Suárez y La Plata.
Mayo de 1957
Otro intento para matar a Perón. Los implicados son efectivos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), controlado por el coronel Héctor Eduardo Cabanillas.
Octubre de 1961
El Ejército decide dictar un “Curso de Guerra Contrarrevolucionaria”. Mientras los militares reprimen y detienen a militantes en todo el país, los comandos civiles siguen poniendo explosivos y organizando actos de sabotaje. 
Agosto de 1962
Secuestran a Felipe Vallese. 

viernes, 5 de septiembre de 2014

Por los siglos de los siglos DIABLO ROJO (Por Beto Tisinovich)








¿Y ahora? Qué vas a decir. A quién le vas a reclamar. Te das cuentas que sos lo más patético del fútbol mundial. Ridículo. Te reiste de mi desgracia y, cuando estás frente a frente, arrugás. Mirá tu figurita. Metió el gol, besó el escudo, se lesionó y abandonó. Eso sos vos. Acordate el último clásico que jugó Gabriel Milito, se equivocó pero se quedó en cancha para golearte 4-1. Tenés vida gracias a nosotros: decir que sos nuestro clásico te da chapa. Te sacamos 23 de diferencia, las mismas estrellas que te pusiste gracias a los títulos de escritorio que te regaló Julio Grondona. Seguí con tu velorio permanente, el humo negro y el fantasmita que copiaste cuando te despedimos de Primera en el 83. Con un mínimo detalle: yo era campeón y no paré hasta ser campeón del Mundo. Vos no pudiste aprovechar un año que te dejamos descansar y perdiste 21 partidos de 38. Entonces, y a pesar de que Rapallini te empujó para que al menos te llevaras un empate, volviste a sucumbir como lo hiciste siempre. Te recomiendo que te pongas en la cabeza que por los siglos de los siglos estarás debajo de INDEPENDIENTE en el mano a mano, en títulos, hinchas, socios… Decile a tu hijo, mi nieto sería, que no sé cuántas generaciones tendrán que pasar para por lo menos alcanzarme.

Pero vayamos a lo nuestro. Sufrimos por meternos muy atrás, no agarramos el balón y hubo mucho pelotazo. Pero tuvimos esa ráfaga, como contra Olimpo, y ganamos. Penco otra vez fue fundamental por lo que transmite, mete y por sus goles importantes. Mancuello es el reflejo del verdadero hincha del Rojo. Después, el buen partido de Cuesta, la seguridad del Ruso y que Montenegro se hizo cargo cuando la mano venía torcida. Al resto se le agradece el espíritu. El final para Almirón: que estos seis puntos le sirvan para tranquilizarse, bajar la ansiedad y empezar a darle forma a una identidad de juego. Queremos ver al equipo de su inicio de ciclo (Belgrano y Rafaela). Si alguna vez se vio algo diferente y lindo, inténtelo de nuevo.