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lunes, 6 de octubre de 2014

Hugo Pratt y el Corto engominado (Por Juan Sasturain)






Esta semana pasada, con un colega francés, Ives Saint-Goeurs, en el marco sobrio y contenedor de la Alianza Francesa nos juntamos para hablar –entre fanáticos y curiosos– de Corto Maltés y / en la Argentina. Y salió lindísimo. Porque hablamos mucho del personaje pero sobre todo nos referimos al no menos personaje que fue su autor, Hugo Pratt, uno de los más grandes narradores gráficos (historietistas, fumettaro, le gustaba decir / definirse a él) del siglo XX y sus alrededores.
Porque este tremendo dibujante y narrador incontinente nacido en Rímini, pegadito a Venecia, en 1927, y muerto en Suiza –van a hacer veinte años el que viene– con el último tropiezo de su ampliado corazón vivió, como casi todos lo saben, con leves intermitencias, casi quince años en la Argentina. Fueron los de formación o deformación profesional, digamos. Y no fue en cualquier momento sino entre 1949 y 1964, cuando después de algunos amagues, se volvió definitivamente a Italia. Es decir que estuvo acá de los veinte apenas pasados a los treinta maduros. De la primavera peronista a los golpes de los primeros sesenta, cuando los milicos se entrenaban para sus zarpazos definitivos de los años funestos terminados en seis.
Es decir que Hugo se hizo dibujante grande acá; pero también se hizo hombre en la experiencia –mujeres, hijos– más todo lo que anduvo, conoció y leyó entre el mítico chalet de Acassuso y las salidas a cazar jabalíes en la Patagonia. Sin embargo, cuando volvió a Italia, para su gente no existía. Su obra realizada con Oesterheld en la Argentina recién entonces comenzaría a difundirse en su patria y en Europa en general –Sargento Kirk, Ticonderoga, Ernie Pike–, y sólo con La Balada del Mar Salado, a los cuarenta años, y con la invención dentro de esa saga del Corto Maltés –después personaje independiente– Pratt fue Pratt en el continente.
De todas esas cosas hablamos con Ives Saint-Goeurs. De cómo, a partir de ahí y hasta su última historia, Le dernir vol, dedicada a la postrera misión de Antoine de Saint Exupéry durante la guerra, Pratt acumuló obra y personajes, fue construyendo su propio mito de bases sólidas: hizo de la aventura un emblema, jugó a confundir (mezclar, digo) vida y obra, dibujó con la misma soltura inteligente y despreocupada con que apenas apoyaba el talón sobre caminos y cubiertas.
Al final –como le pasó a nuestro Negro Fontanarrosa–, dejó secar el pincel pero no la fantasía. Mientras alargaba los últimos episodios de Corto escribió una novela no casualmente argentina, Viento de tierras lejanas, y le tiró un par de historietas –Verano indio y la sintomática El Gaucho– al consecuente Milo Manara. Así se dio el gusto de ver dibujadas las aventuras y los indios que él ya no tenía las ganas ni la energía necesarias para ponerles cada pluma. Mostró el perfil de su más auténtica vocación: narrador empedernido, fabulador querible que tanto usaba la ficción para hablar de su vida como el pretexto de la biografía para contar cosas que le hubiera gustado que fueran, que le hubiera gustado leer.
Pero el tema en la charla de la Alianza era la relación del Corto y de Hugo con la Argentina, y fue necesario puntualizar que Pratt casi no dejó pasar historieta sin citar estas costas, no evocó relato que no evocara algún fantasma argentino. Así recordamos cómo, cuando en escena memorable el Corto se despide de Pandora Gloovesnore sobre el final de La Balada del Mar Salado (1967), no le pide que se quede ni que se vaya con él; sólo le explica que ella “le recuerda a alguien”. Y entonces le habla de la Parda Flores, de Arolas, de Buenos Aires... Poco podía entender la hermosa inglesita, pero con esa referencia irrumpe lo argentino, por primera vez y desde el comienzo, en el mundo narrativo del Pratt de la madurez creativa. Pronto, en La conga de la banana (1971), episodio que transcurre en el trópico sudamericano, Corto encontrará en el burdel de Mosquito a la bellísima “Pequeña” Esmeralda y hablará de su madre, la mismísima Parda Flores porteña, y ella recordará que “aprendía a tirar con los milicos del Regimiento de Patricios”. Luego, en Corte Sconta detta Arcana (“Corto Maltés en Siberia” o “Las Linternas Rojas”, según las versiones castellanas) el delirante y querible barón von Urgern Sternberg canta tangos en el tren que recorre Siberia entre mongoles. Y, finalmente, uno de los personajes de Svend (episodio unitario para “Un hombre, una aventura”) es el engominado y despreciable Anchorena, un argentino que en medio de sus fechorías habla del Náutico de Olivos...
Pero el Corto y el mismísimo Pratt se tomaron su tiempo y el personaje sólo llegó a Buenos Aires en su vigesimoquinta aventura: el marinero hijo de “La Niña de Gibraltar” y un militar inglés de La Valetta, con un arito en la oreja izquierda, hizo escala porteña después de veinte años de frecuentar mares, desiertos, guerras, revoluciones y búsquedas del tesoro por todo el mundo. Fue ese momento mágico de comunión en que –por fin, en 1923 en la ficción, medio siglo después en el papel– el Corto se dio una biaba de gomina para bailar un tango en Buenos Aires.
Dibujada y publicada en la revista Corto Maltese, de Milán, en 1985 y con una edición francesa del año siguiente, Y todo a media luz es de concepción muy anterior. En su viaje a la Argentina en el otoño del ’85 –recordamos haberlo visto y conversado con él–, a Pratt sólo le faltaba dibujarla. Anduvo por el sur, recogió documentación, juntó ánimo y nostalgias, algunas precisiones y finalmente refundió en una única aventura dos núcleos temáticos y de interés: las andanzas de los bandoleros yanquis en el sur patagónico a principios de siglo y el submundo de las organizaciones que manejaban la prostitución por los años veinte, enmarcado en una atmósfera de tango (el de Donato y Lenzi), penumbrosa, ambigua.
Hay dos aspectos para señalar, que se desplegaron en la charla con Ives Saint-Goeurs: por un lado está el gesto de Pratt, que desde las prolijas notas explicativas que anteceden a la historieta –concebidas para un lector europeo– muestra el resultado de su investigación y reconstrucción histórica para luego fabular a partir de ellas; y por otro está el gesto y la mirada de Hugo, el que hace más de treinta años y con ojos nuevos y asombrados descubría en una ciudad y en los confines de un continente tan lejano a la patria mediterránea, un universo de misterios, claves y valores secretos.
Y todo a media luz participa de ese doble efecto: la reconstrucción es más afectiva y sensual que rigurosa; ante la duda (o sin ella) Pratt optará por el mundo que vivió en los cincuenta y no por los datos precisos de fotos viejas y tablas cronológicas. El lector, todos, agradecidos, porque Pratt, una vez más, ha optado por el mito. Si toda aventura del Corto ha sido, habitualmente, lugar de encuentros y reencuentros con viejos y recordados personajes y lugares (“¿Será posible que yo tenga que estar siempre pegado a cosas viejas?” se queja ante Esmeralda) la irrupción del trashumante maltés en la Argentina en “Y todo a media luz” no es una excepción.
Ya el hecho de llegar a Buenos Aires es sólo un regreso a ambientes conocidos desde principios de siglo; los evoca su amigo Fosforito desde la primera escena, con la memorable secuencia contada desde el paño y las bolas de billar. Pero, además, el motivo que lo trae también viene del pasado: es la búsqueda de la hermosa Louise Brooks –o Brookszowyk– que se proyecta hacia atrás en la ficción, hasta el episodio de la Fábula de Venecia. Pero también hacia adelante: esta niña que ha dejado Louise, y que Corto rescata y envía a Europa, será, con el tiempo, la madre de Valentina, el personaje de Guido Crépax, cerrándose así el círculo. La reaparición de Esmeralda, ahora en Buenos Aires otra vez, sirve para reconstruir otro mundo de amistades y recuerdos: el que unió a Corto con el destino de los desesperados yanquis en el sur, quince años atrás. Sólo que esa historia, perteneciente al ciclo de La Juventud del Corto Maltés y que sucede, cronológicamente, al episodio de Manchuria y de la guerra ruso-japonesa donde aparece Jack London y se conocen los jóvenes Rasputín y Corto, no existe ni existirá ya pues Pratt no llegó a contarlo: Ras y Corto cruzarían el Pacífico, llegarían a Chile, pasarían al sur argentino... Precisamente, Mr. Habban, en Y todo a media luz evoca haber conocido al Corto en 1906 en la estancia de los Newbery en el sur; el enigmático “gringo”, alias Mr. Moore, no es otro que el “desaparecido” Butch Cassidy, amigo de entonces y que ahora, en 1923, le salva la vida...
Todo ese contexto y entramado de personajes y referencias se sobreimprime contra un mundo y una escenografía que tienen mucho de oníricos y de poco realistas: el Buenos Aires del ’23 de Pratt refleja con propiedad y verosimilitud histórica las tensiones sociales y las motivaciones en el comportamiento de los grupos en pugna de entonces, pero elige pautas y modelos de representación gráfica mucho más libres.
Siempre hay un Pratt poco dispuesto a la reconstrucción histórica pero sí al homenaje emocionado de los ambientes en que vivió sus años de la Argentina por los cincuenta: “sus” callecitas de San Isidro y Acassuso y la vieja estación Borges, en un explícito homenaje al poeta. Pero paralelamente, hay un forcejeo ostensible por fechar con precisión (la pelea Firpo-Dempsey de ese año ’23, la referencia a que Donato y Lenzi aún no estrenaron sus tangos) y por dejar constancia de instituciones y climas conocidos: el CASI, el Ejército de Salvación, la sociedad de la zona norte, con sus tantos apellidos debidamente ironizados...
Como señaló puntualmente el estudioso francés, la sensación de desrealización y magia que acompaña el despliegue de la aventura está acentuada por desarrollarse continuamente en ambiente nocturno –siempre es de noche o atardece– y por las míticas dos lunas que aparecen sólo para el Corto sobre las estaciones de San Isidro y Acassuso. Ese ambiente nocturnal es el propicio –para una mirada europea– al tango, celebrado en una secuencia memorable, aparte, que nos regala al mismísimo Corto peinado a lo Valentino y derritiendo a las minas de las sociedad de San Isidro.
Bastaba eso para convertir a la historieta en lo que es: un relato inolvidable. (de Página12)

lunes, 16 de agosto de 2010

No habrá más penas ni olvido (Por Juan Sasturain)




Esperando a Luppi

El sábado estuvimos varios –Rep y Tito Cossa, entre otros– tomado frío y caña Legui en Capitán Sarmiento, cerquita de Carmen de Areco. No fue lo único, ni lo más importante que hicimos, claro. Estuvo la generosa gente de ahí, estuvo –sobre todo– el motivo que nos reunió, un homenaje a Osvaldo Soriano, y los dos hechos puntuales con que se materializó: la proyección, después de 27 años de su estreno, de la película No habrá más penas ni olvido, de Héctor Olivera, sobre la novela del Gordo, y un hermoso mural que, a la intemperie, hizo –en el día, de la mañana al ocaso– Rep, sobre el tema y las circunstancias.
¿Por qué en Capitán Sarmiento? Porque si bien la mítica Colonia Vela donde transcurre el notable relato de Soriano existe, al menos como inspiración –Estación Vela o María Ignacia, partido de Tandil, a 50 kilómetros de la cabecera del partido–, la película se filmó acá y fue la comunidad de los sarmienteños (sic) la que por entonces (postrimerías de la dictadura, vísperas de Alfonsín) aportó locaciones, extras y alojamiento durante los tres meses de invasión/filmación de Olivera y su equipo.
Hoy, todo eso es memoria y leyenda en la zona, y la previa (y el durante) de la proyección de la película en el recuperado cine-teatro del pueblo fue la oportunidad de escuchar a quienes participaron de aquella filmación, entre anécdotas y exclamaciones de reconocimiento de lugares y personajes. Entrañable.
Cabe aclarar y señalar que organizó todo la Conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares) junto a la gente de Cultura del municipio y que, a mí al menos, lo único que me faltó para que me cerrara del todo la jornada fue que stuviera Federico Luppi (cuestiones de laburo, claro), uno de los protagonistas de la película, el ejemplar delegado municipal Ignacio Fuentes, hecho a su medida. No lo conozco a Luppi, nunca me lo crucé, y me hubiera gustado charlar con él. En realidad tampoco pudo ir Olivera, se excusó el laburante Tano Ranni –otro que está perfecto– y así, sin Julio De Grazia y el gran Ulises Dumont y con Solá lejos, no tuvimos actores para compartir el momento. Claro que estaba Tito Cossa, coguionista–adaptador y amigo del Gordo, compañero de lujo para escuchar y compartir reflexiones.
Antes de ir, teniendo en cuenta lo que me tocaría hacer/decir, releí la novela. No lo hacía desde hace treinta años... Me gustó tanto o más que entonces (creo que es la mejor novela del Gordo, la más redonda), pero ahora con otra distancia del texto, más saludable, supongo. Es que No habrá más penas ni olvido –la novela– tiene una historia interesantísima: la de su circulación. Publicada por primera vez en castellano durante la dictadura por Bruguera de España –habrá sido en el ’79 u ’80, acaso un poco después, no me acuerdo– cuando Osvaldo estaba en Bélgica o en París, la leímos de rebote clandestino por algunos ejemplares que llegaron en manos de amigos, ya que obviamente no se distribuyó acá. Aquella edición tenía un (necesario o no) prólogo explicativo para lectores no argentinos en el que se daba contexto político-ideológico a los hechos que se contaban. Visto en perspectiva, supongo que fue esa lectura interpretativa del peronismo de los ’70 y de la figura de Perón lo que me distanció entonces de un texto que me parecía, por otra parte, de una eficacia narrativa increíble.
Sentimientos encontrados, que le dicen: lo que no puedo encontrar aún hoy es la crítica-comentario que en aquel momento hice en una revista cultural más o menos partidaria del peronismo, impresa en papel marrón y de efímera duración. Si alguno la tiene, que me la alcance. Me servirá para recuperar exactamente qué pensaba/sentía yo en aquel momento. Me costaba digerir ciertas cosas, ciertas evidencias. Soy de digestión política lenta. Me tomó mis años.
Volviendo al texto, y contra lo que algunos podíamos suponer, el Gordo siempre sostuvo (y le creo) que no había escrito la novela en Europa sino antes de irse, y que acá le había resultado impublicable. Habrá sido en el ’74/’75, entonces, después de Triste, solitario y final. Los hechos que suceden en Colonia Vela (una contundente, alevosa crónica en escala o alegoría minimalista de la agonía peronista, del drama nacional) suponen un Perón vivo y en el gobierno, una derecha embrujada y dominante, y unos milicos aún prescindentes, ominosa y próxima sombra.
Sin embargo, el dato que remite o permite suponer una redacción o al menos revisión posterior del texto es el título: la cita de Le Pera –“de Gardel”, elige Soriano, quedándose con el intérprete, con la voz que (le) dice el verso de “Mi Buenos Aires querido”– no alude a la historia en sí, no se justifica en ningún lugar del relato, sino que remite a la alevosa situación del autor autoexiliado, a sus sentimientos de desgarro. Por eso creo que No habrá más penas ni olvido, el texto final, está atravesado por una mirada trágica que sabe/conoce, ha visto, más de lo que dice o necesita decir.
Aquella edición española de Bruguera, naturalmente, apenas si se leyó en la Argentina. Hubo que esperar a que, en las postrimerías de la dictadura, en los primeros meses de 1983, el mismo sello la editara acá, ahora sin prólogo explicativo, junto con la exitosísima Cuarteles de invierno (ésta sí escrita durante la dictadura), y ambas hicieran que, cuando volvió definitivamente en 1984, el Gordo ya fuera el autor reconocido y popular que marcaría, con adhesiones masivas y críticas puntuales, una década entera de la narrativa argentina.
Pero cabe volver a ese momento crucial: la edición argentina de No habrá más penas ni olvido apenas si se anticipó a su versión cinematográfica. Tal vez me equivoque, pero deben haber sido meses, no más. Y las circunstancias fueron muy especiales y específicas: según repaso ahora, el estreno de la película de Olivera fue el 22 de octubre de 1983, apenas ocho días antes de las elecciones del retorno a la democracia en que triunfó Raúl Alfonsín. Se dice (y se dijo entonces) que el efecto sobre el electorado de clase media que tuvo la película sólo es comparable al casi simultáneo gesto pirómano y piantavotos de Herminio Iglesias...
Quiero decir: escrita casi diez años antes en el país y sobre hechos contemporáneos, publicada durante la dictadura, en el exterior para otro público, filmada en vísperas de la democracia tras hechos que la iluminan u oscurecen retrospectivamente, No habrá más penas ni olvido se resignifica cada vez según los contextos. Incluso en el presente. El sábado, viendo la película, con la relectura de la novela muy próxima, pude verificar en qué medida el film (a partir de elementos que están sin duda en la novela de Soriano) subraya con particular alevosía el componente violento del peronismo, tanto “por derecha” como “por izquierda”, y sobre todo la figura de un Líder ambiguo, lejano y en definitiva responsable del espanto.
Me contaba María del Carmen Bianchi, lúcida, laburante y eficaz directora de la Conabip, que tras la proyección y todavía conmovidos por la notable potencia de las imágenes, se le acercó alguien emocionado, y le dijo: “Aquéllos eran peronistas, eh”. “¿Cuáles de todos?”, pensó/dijo ella y pienso/digo yo. Que sólo queden limpitos y sin contradicciones el delegado Fuentes, algún que otro muerto –entre ellos el loco Cerviño, inolvidable Dumont, simbólico enmerdador– y sólo sobrevivan con la mitológica fe de la afirmación político-meteorológica del final (“es un día peronista”) un borracho loco y un policía más ingenuo que oportunista, no deja mucho margen.
Por eso –entre otras cosas– me hubiera gustado encontrármelo a Luppi. Para charlar de estas cosas. Ya que no puedo hablar con Perón, ni con el Gordo...
Otra vez será.