martes, 4 de diciembre de 2007

La voz del amo (José Pablo Feinmann)


Se sabe: el Prólogo que Sartre escribió para el libro de Fanon es infinito. Lo es sin duda para los que asumimos que la Historia no deja de remitirse a él, de convocarlo. Sucede algo y nos encontramos diciendo: “Esto ya lo decía Sartre en el Prólogo a los condenados de la tierra”. Si tocamos el tema del sujeto: Sartre lo saca de Europa y lo pone entre negros, en Argelia. Era, Europa, el sujeto, ahora es el objeto. El sujeto es la descolonización. Si polemizamos sobre la violencia, ahí, otra vez, está el texto de Sartre, violento de cabo a rabo; violento en su expresividad lingüística y conceptual. Violento en su desbordada genialidad. Violento en su desmesura, en el constante acto de excederse a sí mismo. Violento en sus postulaciones concretas. Se conocen:
“Hay que matar”. O también: cuando el colonizado mata al colono nace un hombre libre y queda un hombre muerto. No esperábamos –sin embargo– lo que acaba de suceder. De aquí nuestro asombro, nuestra perpleja pero precisa verificación de la siempre renovada actualidad de ese Prólogo. Acaba de llevarlo a primer plano el rey Juan Carlos de Borbón.
No vamos a extendernos sobre la importancia del lenguaje en los últimos cincuenta años de la filosofía. Para Wittgenstein el mundo y el lenguaje son coextensivos. Sólo es relevante aquello que se encuadra en la lógica de las palabras. Escribe: “Los hechos en el espacio lógico son el mundo” (Tractatus Logico-philosophicus, 1.13). Y luego: “A los objetos sólo puedo nombrarlos. Los signos hacen las veces de ellos (...) Una proposición sólo puede decir cómo es una cosa, no lo que es” (3.221). Toda proposición que intente decir qué es una cosa es una proposición metafísica. No puedo decir qué es una cosa. No hay cosas, hay signos. De aquí la célebre fórmula final del Tractatus: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. Heidegger –desde una posición diferenciada pero no menos firme en la aseveración de la primacía del lenguaje– hablará del lenguaje como morada del Ser. Lacan dirá que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Sólo estoy señalando algunos célebres ejemplos. Miles, miles de páginas se han escrito partiendo de estos postulados. A este giro de la filosofía se le ha puesto un nombre: giro lingüístico. Cuando Michel Foucault propone, en Las palabras y las cosas, la “muerte del hombre” es para reemplazarlo por la trama histórica posestructuralista, cuya vertiente más señaladamente semiológica (la que hunde sus raíces en Ferdinand de Saussure) lo reemplaza, sin más, por el lenguaje. Si el “lenguaje”, en estas corrientes de la filosofía, tiene la potencia de ponerse en el lugar del “hombre” de la modernidad, mucha habrá de ser su centralidad, su importancia, y acaso su posesión. De aquí que Sartre empiece su Prólogo diciendo: “No hace mucho tiempo, la Tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado”. ¿Qué es el Verbo? Digamos dos o tres sinónimos: palabra, voz, lengua. El Verbo (no en vano Sartre elige esta palabra) es el célebre logos de los griegos. Sería interminable extendernos sobre el concepto. Sólo bastará señalar que logos es palabra o concepto o discurso o razón. En latín, verbo es verbum. Quienes fueron jovencitos estudiantes de filosofía durante los tempranos años sesenta recordarán –como yo recuerdo– que había ahí, en la calle Viamonte, dos librerías: Verbum y Galatea. Verbum era un nombre formidable para una librería que mostraba en su vidriera libros de Platón, Descartes, Kant o Husserl. O la Diana de Montemayor. O el Persiles de Cervantes. En mi Diccionario de griego no bien llega uno a la palabra logos (que significa, ante todo, “palabra”) lo atrapa el vértigo: hay tres columnas a partir de ahí y las complejidades no parecen terminar. No en vano el Verbo era propiedad de los europeos. El Verbo en tanto razón, en tanto palabra. Hablar es disponer del Verbo. El escándalo es que a partir de la descolonización los colonizados se han apropiado del Verbo. Ya no lo toman prestado. Lo usan, y lo usan contra los colonizadores. Son capaces de decir cosas terribles. Por ejemplo: “Entre colonizador y colonizado sólo hay lugar para el trabajo forzoso, para la intimidación, para la presión, para la policía, para el tributo, para el robo, para la violación, para la cultura impuesta, para el desprecio, para la desconfianza, para la morgue” (Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo, Akal, 2006, p. 20). Es Aimé Césaire el que acaba de usar el verbo. Césaire, poeta y dramaturgo negro, que nació, como Fanon, en Martinica. Qué cosas tan incómodas ha dicho. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a usar contra el colonizador el Verbo que éste le ha prestado? Si se han hecho hombres por nosotros, si se han integrado a la Historia porque cierta vez los invadimos, les dimos un Dios, matamos a los inútiles y los rebeldes, les quitamos sus riquezas y les dimos la Razón, el Progreso, la Civilización. ¿Por qué usan contra nosotros una palabra que nosotros les dimos? ¿Por qué no se callan?
Un rey, durante estos días, perdió los estribos durante una Cumbre Iberoamericana que se realizó en Chile. Tenía ante sí a un presidente latinoamericano, oscurito para colmo, con rasgos de indígena y que hace un uso brillante del Verbo. El rey, se sabe, es el anacrónico Juan Carlos de España. El presidente latinoamericano es el polémico Hugo Chávez. Aquí no voy a referirme a ninguno de los dos. Del rey ya he dicho que es un anacronismo. Todo monarca, sea inglés, sea holandés o sea español, es un anacronismo escandaloso en el siglo XXI. De Chávez hablaremos en otra oportunidad. Pero hay que decir que en cuanto al Verbo, en cuanto a la palabra, Chávez lo maneja infinitamente mejor que el rey. Quien sólo fue capaz de una rabieta inadecuada, de una ira de monarca en tierra de salvajes: “¿Por qué no te callas?”, célebremente ya le dijo a Chávez. Toda la historia del colonialismo late en esa frase. Basta de usar el Verbo, tú, hijo de indígenas, descendiente de esclavos. Es un rey europeo el que te lo ordena. Un descendiente de colonizadores, de osados aventureros que os han descubierto para la Historia, de una civilización que ha puesto el Verbo en tu bocaza insolente. Chávez es un orador brillante. Podemos creerle o no. Pero el monarca que pretendió hacerlo callar sólo es un ente arqueológico, aturdido, un rescoldo de tiempos ásperos y viejos que sólo sabe dar órdenes a quienes considera naturalmente (y por tradición) inferiores a él. Qué sorpresa, sin embargo, majestad. Ahí, frente a usted, un indígena levantisco usa el Verbo en su contra, él, a quienes ustedes se lo entregaron como gracia de Dios, lo usa mejor que ustedes y los saca de las casillas, los arroja a la indignidad de los malos modales, lo transforma, a usted, majestad, en un rey que pierde los estribos ante un vasallo que le moja la oreja, qué deshonor, qué vergüenza ante la historia, ante su linaje, debiera usted, acaso, pensarlo bien y luego, elegantemente, abdicar.
En su última contratapa, la revista Barcelona exhibe una foto del rey Juan Carlos de Borbón, de su esposa, Sofía, y, junto a ellos, hay un genocida, el general Jorge Rafael Videla. El rey español y su mujer lo visitaron, lo respaldaron con su presencia y no le dijeron que se callara. Tal vez porque Videla hablaba poco, tal vez por otros motivos. Como fuere, le entregaron el prestigio de una monarquía europea, fortaleciéndolo. Los que hacen Barcelona publican la foto y una frase: ¿Por qué te callaste? La frase está dirigida al rey Juan Carlos. Si ahora ordená callar a Chávez, ¿por qué él se calló ante Videla?
No hay más nada que agregar.

lunes, 26 de noviembre de 2007

¿Por qué no te callas?

“¿Por qué no te callas?” o la colonialidad del poder

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Por Boaventura de Sousa Santos *

“¿Por qué no te callas?” Esta frase, pronunciada por el rey de España dirigiéndose al presidente Hugo Chávez durante la XVII Cumbre Iberoamericana realizada en Chile el pasado 10 de noviembre, corre el riesgo de quedar en la historia de las relaciones internacionales como un símbolo cruelmente revelador de las cuentas por saldar entre las potencias ex colonizadoras y sus ex colonias. De hecho, nadie se imagina a un jefe de Estado europeo dirigiéndose públicamente en esos términos a un par europeo, cualesquiera fuesen las razones del primero para reaccionar ante las consideraciones del último. Como cualquier frase que interviene en el presente a partir de una larga historia no resuelta, esta frase es reveladora en diferentes niveles.

En primer lugar, revela la dualidad de criterios para evaluar qué es o no democrático. Está documentado el involucramiento del primer ministro de España de entonces, José María Aznar, en el golpe de Estado que en 2002 intentó derrocar a un presidente democráticamente electo, Hugo Chávez. Como a esa altura España presidía la Unión Europea, esta última no puede siquiera clamar su total inocencia. Para Chávez, al actuar de esta forma, Aznar se comportó como un fascista. Podría llegar hasta a cuestionarse la adecuación de este epíteto. Pero, ¿no hay tantas razones para defender las credenciales democráticas de Aznar, como hizo patéticamente Zapatero, como para denunciar el carácter antidemocrático de su injerencia? ¿Se haría lugar a la misma vehemente defensa si un presidente electo de un país europeo colaborase en un golpe de Estado para deponer a otro presidente europeo electo?

La dualidad de criterios tiene aún otra vertiente: la valoración de los factores externos que interfieren en el desarrollo de los países. En los primeros discursos de la Cumbre, Zapatero criticó a aquellos que invocan factores externos para encubrir su incapacidad para desarrollar a los países. Era una alusión a Chávez y su crítica al imperialismo norteamericano. Pueden criticarse los excesos de lenguaje de Chávez, pero no es posible hacer esta afirmación en Chile sin tener presente que allí, hace 34 años, un presidente democráticamente electo, Salvador Allende, fue depuesto y asesinado por un golpe de Estado orquestado por la CIA y Henry Kissinger. Tampoco es posible hacerlo sin tener presente que actualmente la CIA tiene en curso las mismas tácticas usando el mismo tipo de organizaciones de la “sociedad civil” para desestabilizar a la democracia venezolana.

Tanto Zapatero como el rey quedaron particularmente irritados por las críticas a las empresas multinacionales españolas (búsqueda desenfrenada de lucro e interferencia en la vida política de los países), realizadas en diferentes tonos por los presidentes de Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Argentina. Es decir, los presidentes legítimos de las ex colonias fueron mandados a callar pero, de hecho, no se callaron. Esta negación significa que estamos por entrar en un nuevo período histórico, un período poscolonial, teorizado, entre otros, por José Martí, Gandhi, Franz Fanon y Amílcar Cabral, y cuyas primicias políticas se deben a grandes líderes africanos como Kwame Nkrumah. Será un período duradero que se caracterizará por una fuerte afirmación de los países que se liberaron del colonialismo europeo en la vida internacional y se basará en la recusación de las dominaciones neocoloniales que han persistido más allá del final del período colonial. Esto explica por qué la frase del rey de España, destinada a aislar a Chávez, fue un tiro que salió por la culata. Por la misma razón se explican los sucesivos fracasos de la Unión Europea de aislar a Roberto Mugabe.

Pero, “¿por qué no te callas?” es todavía reveladora a otros niveles. Destaco tres. Primero, la desorientación de la izquierda europea, simbolizada por la indignación hueca de Zapatero, incapaz de darle cualquier uso creíble a la palabra “socialismo” e intentando desacreditar a aquellos que lo hacen. Puede cuestionarse al “socialismo del siglo XXI” –yo mismo tengo reservas y preocupaciones en relación con algunos desarrollos recientes en Venezuela–, pero la izquierda europea deberá tener la humildad para reaprender, con la ayuda de las izquierdas latinoamericanas, a pensar futuros poscapitalistas. Segundo, la frase espontánea del rey de España, seguida del acto insolente de abandonar la sala, mostró que la monarquía española pertenece más al pasado de España que a su futuro. Si, como escribió el editorialista de El País, el rey desempeñó su papel, es precisamente este papel el que más y más españoles ponen en cuestión, al abogar por el fin de la monarquía, en definitiva una herencia impuesta por el franquismo. Tercero, ¿dónde estuvieron Portugal y Brasil en esta Cumbre? Al mandar a callar a Chávez, el rey habló en familia. ¿Brasil y Portugal son parte de ella?

* Doctor en Sociología del Derecho (Universidad de Yale), catedrático de la Universidad de Coimbra (Portugal).

lunes, 12 de noviembre de 2007

Izquierda Unida condena palabras del Rey Juan Carlos a Hugo Chavez

"Alguien debería decirle al Rey que ya no existen vasallos en América Latina"

El responsable de Relaciones Internacionales de Izquierda Unida de España, Willy Meyer, criticó la actitud de su monarca contra el presidente venezolano Hugo Chávez en la mesa de presidentes electos de España y América Latina. Paralelamente, el líder de la coalición ibérica de izquierdas, Gaspar Llamazares, sostuvo que "lo que hace Chávez es decir la verdad".


El responsable de Relaciones Internacionales de IU, Willy Meyer, criticó hoy la reacción del Rey al mandar callar al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, el sábado en la Cumbre Iberoamericana, y afirmó que si el Monarca en España "no puede mandar callar a un presidente, tampoco puede hacerlo fuera".
Meyer, precisó que la Constitución española impide que el Rey "mande callar no sólo al presidente del Gobierno, sino tampoco puede hacerlo con un presidente autonómico o con un alcalde", y ha añadido que "lo que no puede hacer aquí, tampoco debe hacerlo en ningún foro internacional con presidentes elegidos democráticamente".
"Alguien debería decirle al Rey que ya no existen vasallos en América Latina de la Corona del Reino de España", subrayó el eurodiputado de IU, quien ha recordado que la descolonización "terminó y ahora los presidentes y jefes de estado son todos elegidos democráticamente".
Por este motivo, condenó la actitud de Don Juan Carlos al considerar que "nos recuerda a los siglos XV y XVI, y estamos en el siglo XXI".
Meyer señaló la necesidad de que el Ministerio de Asuntos Exteriores "aclare" la denuncia que hizo el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, sobre la posición que mantuvo la Embajada de España en las pasadas elecciones presidenciales de su país, con la que -según Meyer- "tomó partido por la oposición al Frente Sandinista".
De esta manera "se violó claramente la neutralidad que deben de mantener las embajadas en los procesos electorales".
Según el responsable de Relaciones Internacionales de IU, Ortega unió la actitud de España "al papel que determinadas empresas españolas han jugado en el ultimo periodo".
Estos dos incidentes, afirmó Willy Meyer, son "un contratiempo muy fuerte para hacer ver a los pueblos de América Latina que España y Europa no quieren jugar un rol imperial como lo hace EEUU".
En su opinión, la actitud "avasalladora" del Rey ayer al cierre de la Cumbre Iberoamericana "echa por tierra el trabajo sistemático que se ha intentado llevar adelante para hacer ver que Europa no quiere jugar ese rol imperial".
Respecto al calificativo de "fascista" dado por Chávez al ex presidente Aznar, Meyer consideró que "adjetivar en política no es insultar", y ha añadido que "gustará o no, pero no se puede mandar callar a nadie y menos cuando, además, las razones de fondo de Chávez eran ciertas, ya que Aznar apoyó claramente, junto con EEUU, el golpe contra el mandatario venezolano".
Por otro lado, el líder de IU, Gaspar Llamazares, también salió el domingo en defensa del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al considerar justificadas sus críticas a José María Aznar, al tiempo que calificó de "institucional" el gesto del Rey al reprender al dirigente venezolano.
Llamazares admitió que "puede discutirse la oportunidad de las formas", pero ha subrayado que "lo que no es discutible es lo dicho por Chávez sobre la implicación y el apoyo" del Gobierno de José María Aznar a la intentona de derrocarlo en 2002.
Para el coordinador general de IU, "lo que hace Chávez es decir la verdad", y que "a estas alturas alguien se escandalice" por censurar aquella maniobra "es, cuando menos, hipócrita".
"Aznar, lejos de rectificar y pedir perdón, como en el caso de Irak, lo que hace en cada oportunidad que tiene es dar caña al Gobierno de Venezuela democráticamente elegido".
Llamazares ha considerado que la reacción del Rey al espetar a Chávez "¿por qué no te callas¡" es "un gesto de carácter institucional" para defender a un ex jefe del Ejecutivo.
También definió del mismo modo la respuesta del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, exigiendo al dirigente venezolano que trate con respeto a Aznar.
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viernes, 10 de agosto de 2007

Duo Salteño 2007

Viernes, 10 de Agosto de 2007
el duo salteño repasa el amor de su publico, el regreso a la actividad y una vida hecha de canciones
“Los amigos, los jóvenes, son los que nos han juntado”
Hoy y el próximo viernes, la gente que los extrañaba –a pesar de que en las discográficas, allá lejos y hace tiempo, les decían “elitistas”– se dará el gusto del reencuentro. Pero, más allá de esas canciones que todos quieren escuchar, Patricio Jiménez y Néstor “Chacho” Echenique levantan las banderas del futuro.

“El Cuchi Leguizamón decía que nosotros éramos dos voces muy hermanas y, sin embargo, somos bien distintos.”
Imagen: Leandro Teysseire
Subnotas



Por Karina Micheletto

Cuarenta años atrás, el Dúo Salteño le puso voz a una de las expresiones más exquisitas que dio el folklore argentino. Fueron el vehículo que eligió Gustavo “Cuchi” Leguizamón para mostrar su música, en épocas fértiles para la creación en el género. Pero también fueron un sello único y perdurable, dos voces inconfundibles que mostraron contrapuntos y armonías muy novedosas en la música popular. Pasaron años sin que sonaran en vivo, sin que pudieran conseguirse sus discos, se transformaron en una suerte de mito para los amantes del folklore. Inesperadamente para muchos, el año pasado Patricio Jiménez y Néstor “Chacho” Echenique volvieron a cantar juntos, casi en coincidencia con la reedición en Página/12 de su disco Vamos cambiando. Dicen que no se conforman con mostrar lo de antes, esos temas que hicieron que los más jóvenes movilizaran su regreso, porque los conocían por los discos y no los habían escuchado nunca en vivo. Así que se los ve de lo más entusiasmados preparando un nuevo repertorio, con un desafío claro: lograr imprimir un color distintivo a cada tema a través de sus voces.

Hoy y el próximo viernes habrá dos oportunidades para volver a escucharlos en Buenos Aires. Será en el teatro IFT (Boulogne Sur Mer 549), donde mostrarán algunos clásicos de su repertorio (esos bellos temas del Cuchi Leguizamón. “La arenosa”, “Zamba de Juan Panadero”, “Corazonando”, o “La Pomeña”, entre tantos himnos) y anticiparán los temas del disco que están a punto de grabar. Los acompañará el guitarrista rosarino Martín Neri, a quien Chacho Echenique y Patricio Jiménez destacan como “una parte muy importante” de esta nueva etapa.

En las paredes del departamento de Chacho Echenique en Buenos Aires hay fotos del dúo en distintos escenarios, en peñas o cantando con colegas como Mercedes Sosa. También hay enmarcado un retrato en lápiz del dibujante Crist, dedicado “Al Chacho, esa mitad”. Llama la atención una foto coloreada que muestra a un muchacho con la camiseta de San Lorenzo. Ese joven, que posa sonriente abrazado a Amadeo Carrizo (“el mejor arquero de la historia”, aclara en la entrevista), es el mismísimo Chacho Echenique, que en 1964 jugaba en la Primera de San Lorenzo. “Así lo conocí a Patricio. Yo había venido a Buenos Aires para jugar al fútbol”, cuenta sonriente Echenique, esquivando la cargada de su compañero. Aquella incursión deportiva le alcanzó para darse un gusto en vida: “Yo era un 5 mentiroso, porque hacía goles. Y llegué a hacerle un gol a Carrizo, aunque lo anularon porque en ese entonces no había Telebeam, pero nadie me va a sacar esa experiencia”, se ríe. “También vi cómo el grandote voló y me sacó un tiro de cabeza, que era realmente imposible de atajar. ¡Qué bárbaro!...”

Así que los integrantes del Dúo Salteño se conocieron en Buenos Aires, en la peña de una galería de Suipacha, entre Córdoba y Paraguay, una noche en la que también animaban la velada Héctor Alterio y Mercedes Sosa. De allí a que los conociera Gustavo “Cuchi” Leguizamón en Salta y les ofreciera sumar sus armonías a sus sorprendentes contrapuntos, fue cuestión de poco tiempo. Desde entonces, sobre el Dúo Salteño pesó una idea que ahora ellos señalan como un estigma pesado: la de su condición de hacedores de “música refinada”, o más elaborada que la media de la música popular. De elite, en una palabra. “Siempre nos molestó que los encargados de promocionar y vender nuestros discos nos dijeran: ‘No, ustedes son de elite, son de catálogo, no hacen música para mostrar así nomás’... ¡Macanas! Hoy vemos el cariño que guarda la gente, cómo nos recuerdan, eso no pasa con los músicos de elite”, dice Jiménez.

Una escena que presenció esta cronista alcanza como postal descriptiva de la potencia de la música del Dúo Salteño, que siguió sonando en muchos hogares, aun cuando el Dúo se disolvió, aun cuando sus discos no se conseguían, aun cuando el folklore comenzó a llamarse “folklore joven” o “folklore romántico”. Es la de un chico de unos veinte años, que se acerca con gran respeto a saludar a Echenique y Jiménez, como se acerca la gente a los artistas que admira. “Yo nací en Salta. Cuando era chico mi papá me despertaba con la música del Dúo Salteño, todos los días”, les dice el chico. El chico no pide autógrafos ni foto. Solamente saluda y se va, entre tímido y avergonzado porque tiene lágrimas en los ojos. “Nosotros no aparecimos ahora, pero seguimos siendo algo nuevo, porque nuestra propuesta siempre fue nueva”, define Jiménez. “Y los jóvenes nos conocen a través de sus padres. Por eso, ahora la mitad de los teatros que hacemos está llena de gente joven.”

–¿Cuáles son las devoluciones de la gente que más los emocionan?

Chacho Echenique: –Es maravilloso el cariño de la gente, todo lo que recibimos. Nosotros hacemos esto porque amamos esta música, pero la música también nos lleva a amar a los destinatarios. Gente que estuvo en el exilio nos ha parado en la calle para decirnos “cuando estábamos en México, o en Venezuela, exiliados, ustedes nos ayudaron a seguir viviendo. Nos sentábamos entre todos y escuchábamos sus discos, eso nos devolvía a nuestro país”. Es muy impresionante que alguien te diga eso. Guardamos anécdotas muy hermosas.

–¿Qué anécdotas?

C. E.: –Casamientos, por ejemplo. Parejas que nos han dicho que se conocieron yendo a escuchar al Dúo Salteño...

–O sea que también han casado gente.

Patricio Jiménez: –¡Y también los hemos separado! (Risas.)

C. E.: –Voy a contar algo que me enorgullece: Un día lo vi a Salgán en Sadaic, se acercó y me dijo: “Quiero que sepa que yo me levanto y me acuesto con ustedes. ¡Cómo quisiera tener esas voces para armonizarlos!”. No me olvido más.

–¿Y por qué creen que están tan presentes en esa gente, habiendo estado tanto tiempo sin tocar juntos?

P. J.: –Porque la gente es impresionante, una de las cualidades de nuestro público es el cariño incondicional. Es a todo o nada: Están los que nos aman, ¡y otros que no nos quieren para nada!

C. E.: –O no entienden lo que hacemos. Muchos han dicho que desafinábamos, y a los dos años, más o menos, nos han pedido disculpas y han terminado grandes amigos. Y yo creo que ésas son las formas de lucha de la estética, ¿no? Porque nadie hace música, ni ningún arte, para quedarse estático, donde está.

–Volvieron después del “folklore joven”, el “folklore romántico”... ¿Cómo se ubican hoy? ¿Se sienten parte de la escena o más bien marginales?

C. E.: –Bueno, hablábamos de la estética... Pareciera que la estética va a subsistir, a pesar de los golpes, siempre. Nosotros no estamos pensando si esto tiene que ser así o asá para gustar. Alguna vez nos dijeron que cantábamos como los antiguos. Así es que tenemos, al menos, una seguridad, que es la de los antepasados.

–¿Cómo es eso?

C. E.: –Cuando recién salió el Dúo, fuimos a un pueblito con el Cuchi y Manuel (J. Castilla), en Angastaco. Cantamos en una escuelita, con los chicos con los pies descalzos, paraditos al lado de la bandera. Y los campesinos que se habían arrimado, la gente de la zona, no se sorprendió para nada con lo que hacíamos. “Así cantan los antiguos”, nos dijeron. Nos explicaron que ellos cantan con el viento, porque el viento suena de distintas maneras según pega en cada roca. Por eso por ahí les sale una baguala atonal, porque así suena el viento. Esa baguala que cae y se va de tono, muta a otra cosa, ellos la tienen naturalmente, su oído está preparado. Hasta el Cuchi se sorprendió.

P. J.: –Están acostumbrados a escuchar los sonidos de la naturaleza, donde hay séptimas, novenas, segundas, choques que nosotros ni conocemos.

C. E.: –Tienen el oído afinadito por el viento y por esos cerros de piedra.

–¿Cuáles son los desafíos que se plantean en esta nueva etapa?

C. E.: –Por un lado, estamos ampliando el repertorio, estamos buscando en los clásicos de la música popular, para no quedarnos solamente con lo del Cuchi. Pero, además, tenemos en claro que hacer lo del Cuchi siempre igual puede llegar a ser peligroso, en el sentido de que todo lo melodioso que tiene puede caerse, puede aburrir. Lo importante, lo que se tiene que marcar, es lo que quiere decir el Cuchi en el paisaje. Hay otras zambas como las carperas, que obligadamente te hacen carpero a vos, aunque no quieras. Vos interpretás la carpa y tenés que pegar un gritito arriba para decir, mientras que con el Cuchi el fraseo es otro. Lo suyo es muy melódico, por eso no se pueden hacer varios temas en la misma melodía, se pondría medio denso.

–Es decir que la búsqueda pasa por encontrar un color diferente a cada tema.

C. E.: –Claro. Por eso podemos estar dos horas en el escenario: “El silbador” tiene un color, “La arenosa” tiene otro, “La Pomeña” otro... Trabajamos cada tema para eso.

P. J.: –Eso tiene mucho que ver con nuestros colores de voces: son dos colores diferentes, pero al mismo tiempo son voces hermanas. Esto lo hemos conversado con gente que conoce de técnica, el Cuchi mismo sabía decir que nosotros éramos dos voces muy hermanas, y sin embargo somos bien distintos.

C. E.: –Lo que siempre decimos es que Patricio está en la entrada de los Andes, y yo estoy atrás, arriba, en la punta. Porque él es de Quijano, ahí se canta la baguala diferente. Y yo canto más arriba, porque me he criado en las alturas. Ese paisaje influye, sin dudas.

–¿Qué fue lo que los decidió al reencuentro, cuando parecía que no había posibilidades de volver a escuchar al Dúo?

P. J.: –No, siempre hemos tenido idea de volver, lo que pasa es que hemos tenido que dejar de cantar juntos porque era muy difícil, realmente no había trabajo para nosotros, ni difusión. Dimos el último concierto en Córdoba, en 1992. Ahí dijimos “bueno, vamos a parar, hasta ver qué pasa”. Fueron los amigos y, sobre todo, los jóvenes, los que empezaron a insistir con que volviéramos, y a tomarlo muy en serio. Querían vernos en el escenario, porque no nos habían visto nunca, nos conocían por los discos. Ellos nos han juntado. Y hoy el canto nos está nutriendo nuevamente, después de años tan difíciles.

C. E.: –A pesar de que con Patricio hemos vivido también todo ese individualismo que ha marcado aquella época bravísima. Cada uno se metió en su cascarón hasta ver qué pasaba. Todos hemos vivido eso, de una forma u otra. Hoy nos han ayudado a volver a entendernos. Estamos agradecidos. Y felices.

miércoles, 25 de abril de 2007

Daniel Moyano

Daniel Moyano

Seis instantáneas de Daniel Moyano

Lic. Enrique Aurora


   

Este artículo propone una ajustada síntesis de los temas sobresalientes en la novelística de Daniel Moyano. La estructura discursiva adoptada para la exposición es la de un rápido recorrido a través de las seis novelas que componen dicha producción. En cada caso, se ha seleccionado una "imagen" clave de la novela, que permita ofrecer una aproximación condensada a su eje más significativo de lectura. Esa suma de "imágenes" –lo cual explica el sentido del título escogido para el opúsculo- permite un acercamiento a diversos motivos: la fiesta, el poder, las raíces culturales, la búsqueda del centro, el exilio, la historia y el mito.


Cuando uno se ha decidido por la noble o espuria tarea de escribir ficciones –según la orilla de la cultura desde la cual se la evalúe–, o sea, cuando uno es un infatigable fabulador, es inevitable que en repetidas ocasiones le pregunten cuáles son los escritores que han dejado alguna impronta en su estilo. O por lo menos, cuáles son aquellos autores que representan la lista fundamental de sus preferencias.

Esa lista, en realidad, puede ser muy extensa o extremadamente reducida, conforme a quién y por qué se le deba proporcionar la respuesta. E incluso, según los extraños caprichos de la memoria.

La situación es más difícil de dilucidar cuando ya no se trata simplemente de ofrecer una lista enumerativa, sino de esbozar una aproximación a la escritura de uno de esos autores. Porque entonces la clave no radica sólo en cuánto uno haya profundizado en la producción del escritor, sino que, además, se debe resolver cuál sea la manera más apropiada de organizar el discurso.

Hay escritores como Borges o Cortázar, auténticos maestros ante los que se impone la necesidad de asumir una actitud distante, de respeto –o incluso de veneración– por su condición de referentes universales y, por lo tanto, materia común a especialistas y neófitos en el tema.

Hay escritores como García Márquez, Roa Bastos o Carpentier, con definiciones consagradas sobre ciertos esquemas de sentido, que nos obligan a navegar con prudencia a la hora de establecer nuevas variantes de interpretación.

Hay escritores como Rulfo, que nos atemorizan por su producción breve y fulgurante, y que nos inquietan con la significación oculta de sus eternos años de silencio.

Y, finalmente, hay escritores como Daniel Moyano. O para ser más preciso, hay escritores con los cuales uno ha entablado una relación muy especial, por circunstancias que no se sabe bien si atribuir al azar o a un puro encadenamiento de causas y consecuencias, con una explicación tan obvia que uno nunca acaba de descifrarla.

Porque si la vida me ha privado del placer de conocer personalmente a Moyano, su obra ha estado tan presente en mi trabajo como escritor y como investigador, que me creo con el pretencioso derecho de recorrer las páginas de sus libros como si estuviera repasando las instantáneas más preciosas y más personales de un álbum familiar.

Eso debería explicar por qué me atreva a hacer el recorrido de esa manera. A detenerme en una serie de fotografías, metafóricamente hablando, que permitan reconstruir algunas de las claves, o debiera decir, algunas de mis propias claves sobre los posibles arabescos escogidos por Moyano para legarnos su escritura sobre el mundo.

Serán sólo seis fotografías. Una selección muy apretada del voluminoso álbum, que permita asomarse a las seis novelas del escritor argentino.

1. La fiesta

La primera fotografía corresponde a Una luz muy lejana, la novela más cordobesa de Moyano, publicada en 1966. Es la imagen de una fiesta: la celebración del año nuevo. Estamos en un conventillo, próximo a La Cañada. Un tablón largo, sobre caballetes, lleno de restos de comida y botellas semivacías. Detrás, en semicírculo, están: Eusebio, el mozo del bar, con un reluciente traje azul con chaleco, a pesar del calor; Teodoro, afectado en su lenguaje y en sus modales; don Reartes, que cada tarde hace una recorrida con su carrito y los tachos de helado; la Flaca, a quien todos tienen por loca, pero que conoce mucho de música clásica, ejecuta el piano con relativa soltura y a quien últimamente se le ha dado por estudiar inglés; Teresa, una mujer joven y exuberante, amorosamente abrazada por Tomás, a quien no parece importarle su oficio de prostituta; Peralta, haciendo gala de su bandoneón; Marta, también prostituta, de rostro infantil, ojos inciertos y piernas desmesuradas; otra larga serie de caras que no se distinguen bien por defectos en el revelado de la fotografía; y finalmente, con el temor evidenciado en su cara, está Ismael, recién llegado del interior y empecinado en ir apropiándose de esa ciudad que no le pertenece.

Para comprender el significado de esa fiesta habría que recordar que Una luz muy lejana es una novela urbana, con un personaje –Ismael– que cumple un camino de iniciación en el descubrimiento del mundo social. Un joven que está siempre en el límite de lo permitido, jugando a transgredir o quebrantar ciertas normas. En su intención de integrarse o confundirse con ese mundo, que le aparece como vedado, acaba por resignarse a observarlo desde los bordes: pienso, inevitablemente, en la visión transfigurada de Córdoba que desde allí logra Ismael. Se repiten y multiplican los marginales: las prostitutas, los mozos, los lavacopas, los vendedores ambulantes. Hay un esfuerzo por recuperar la infancia como instancia de salvación, que se enlaza con el retorno a la vida del campo o de los pequeños pueblos del interior. Un paraíso doblemente irrecuperable porque se trata de una búsqueda a través del otro: me refiero al gesto de Ismael, que pretende hacer el camino inverso hacia el origen acompañando a Jacinto a su pueblo natal. Esa agonía se explica porque existe como un intruso, como un mero espectador de quienes ya están irremediablemente inmersos en la decadencia moral, y porque aún conserva cierta nostalgia por la inocencia perdida o en proceso de desaparición.

La novela, entonces, recupera el sentido festivo de la existencia pero en medio de un ámbito en el que los mitos se han vaciado de contenido. Justamente porque el proceso de descubrimiento del mundo, el riesgo de situarse en los bordes y la búsqueda de una manera de salvación se asocian con el modo de ser de una colectividad y de unos individuos para los cuales el espíritu festivo está desprovisto de su carácter de experiencia colectiva y su significado de renovación.

En efecto, la fiesta en su dimensión ritual es la vía para lograr la regeneración del tiempo histórico a través de su disolución y el retorno al illud tempus de los orígenes. En toda fiesta –en particular en cada festividad del Año Nuevo– se renueva el mundo, se cierra un ciclo. Por otra parte, el rito de la regeneración se suele manifestar asociado con la muerte como sacrificio: la muerte ritual que implica el acto de la creación.

En esta fiesta, la de Una luz muy lejana, hay una víctima: precisamente un cordero –símbolo de la inocencia y con un peculiar significado en la teología cristiana–. Sin embargo, ese sacrificio no supone la renovación porque no existe entre quienes comparten la casa un verdadero valor de comunidad y porque el propio objeto inmolatorio les es ajeno: "La cabeza del cordero, apenas visible ahora en el alambre, parecía una víctima de toda aquella gente, alguien que, como él [como Ismael], no pertenecía al lugar"1.

2. El poder

En la segunda toma de la instamatic, hay un hombre de uniforme que se mira al espejo: un "rostro vulnerado por la suma de los días", los bigotes que "parecen proclamar una falsa ferocidad", los pómulos prominentes, "la expresión de los ojos modificada por algunas arrugas"2. Es el coronel. El protagonista de El oscuro, novela publicada en 1968 y distinguida por un jurado que integraban Roa Bastos, Leopoldo Marechal y Gabriel García Márquez. El coronel es un hombre enfermo. Un paranoico que se considera rodeado por un mundo hostil, ante lo cual no encuentra más alternativa que imponerle su propio orden o bien destruirlo. El coronel, a pesar de su despotismo, es una criatura débil y temerosa, con graves dificultades para vivir fuera del mundo metódico y disciplinado de la vida militar, que le sirve como salvoconducto para resistir la precariedad de la existencia. Como sabiamente le advierte su padre, no acaba de aceptar el hecho de que no puede "adaptar el mundo a sus pensamientos".

Detrás de la prepotencia, entonces, se oculta el fantasma de una radical impotencia. El coronel es el hombre autoritario que intuye que por debajo de su esfera de poder se abre un abismo insondable que lo deja al borde de la nada. En efecto, considera un buen remedio para sus manías establecer una distancia categórica respecto de los otros, actitud que lo rescata de esa ebullición de fuerzas destructivas en perenne conflicto que para él significa el mundo. Pero eso no le asegura su equilibrio emocional porque, a pesar suyo, termina por admitir que la misma existencia se orienta hacia el ser–con–el–otro como única alternativa para colmarse de sentido:

Uno es finalmente un contorno que contiene una sola vida y una sola muerte. Es una especie de cárcel donde está condenado a vivir y a morir. Pero hay algo que lo salva a uno cuando uno presiente la existencia total de otro ser (su contorno y lo que contiene), y siente de pronto que ese otro ser responde, y entonces los contornos, tocados por el amor, se unen y sienten que ya no son un solo contorno, una sola cárcel, sino que participan de la maravillosa multiplicidad.3

3. Las raíces culturales

La tercera foto se corresponde con el Trino del diablo. Se trata de una panorámica a través de la cual contemplamos, en el marco de la novela, el destino final de la provincia de La Rioja. Recurro aquí a la propia descripción del narrador:

El nuevo gobierno, ante los agobiantes problemas riojanos, los había resuelto eliminando la provincia. Con la nueva división política, la parte cordillerana quedó para San Juan, la parte norte para Catamarca y el resto para Córdoba. Los cordobeses habían instalado una fábrica de salchichas en la casa de gobierno, el gobernador había pasado a ser ordenanza en un pasillo de los Tribunales de San Juan, la historia provincial fue utilizada para hacer chistes y zambas, el arco de entrada a la ex ciudad se convirtió en un horno para asar empanadas, los hacheros de los llanos fueron castrados y sus mujeres inseminadas artificialmente con productos traídos de Japón, la ciudad capital fue taponada con quioscos, las del interior aradas, y el Obispo, que se resistió, fue descendido a monaguillo por sugerencia del Cardenal Primado. Finalmente los perros, los burros, los gallos y los vendedores ambulantes fueron unificados en el rubro "varios", embalados y remitidos a Bolivia en pago de una deuda4.

Más allá de la ironía, es una postal desgarradora que, a fin de cuentas, casi no requiere comentarios. Un gráfico reflejo de la actitud política de los líderes de nuestro país a lo largo de los últimos sesenta o setenta años, casi sin interrupciones que mostrasen alternativas profundas de cambio. O sea, el desconocimiento de nuestras raíces históricas, la falta de respeto ante nuestras tradiciones culturales y la minusvaloración de los desarrollos regionales. Una conducta dominada por el sino de la circularidad, que parece hundir sus raíces en la piedra ancilar representada por los prohombres de la generación del `80. Es el enfrentamiento especular entre los modelos europeos y la raigambre aborigen, que no acabamos de conciliar en una fórmula en la que la condición de lo "criollo" deje de concebirse como un estigma para, erigirse en cambio, en una base homogénea para la construcción de nuestra propia personalidad cultural.

4. La búsqueda del centro

En la cuarta toma, nos topamos con una huerta. En esa huerta está el viejo Aballay, el de El vuelo del tigre. Y es casi un símbolo biográfico de Moyano. Porque también en una huerta, allá en La Rioja, se vio obligado el escritor a enterrar la primera versión de la novela antes de partir hacia el destierro. Ese texto que luego rescribiría y publicaría en Madrid (1981).

El viejo Aballay en su silla de ruedas, desterrado en su propia huerta. Porque los Aballay viven en Hualacato, un "pueblo perdido entre la cordillera, el mar y las desgracias". Y toda la gente de Hualacato ha caído bajo el sojuzgamiento de un pueblo invasor: los Percusionistas. El viejo confinado en la huerta porque se ha atrevido a desentenderse de los inflexibles reglamentos impuestos en la vida de la familia por Nabu, el Percusionista. El hombre que pretende sujetarlos a un nuevo orden de vida, a través de la intimidación física y psicológica.

En el destierro de la huerta, el viejo se ocupa de observar las aves. Porque ya mucho antes, cuando la familia construía la casa, el viejo había advertido el carácter idéntico del vuelo de un pájaro. Presintiendo que esa regularidad tenía su sentido, había derribado la pared que interrumpía el recorrido aéreo, pese a las protestas de todos. Porque construir una casa no significada simplemente apilar piedras de modo mecánico. La casa –así lo intuía el viejo– es el centro en torno del cual se organiza la realidad amenazadora. Y el espacio apropiado para construir la casa no es elegido por el hombre, sino que éste se limita a descubrirlo5. El vuelo repetido, entonces, era un indicio del lugar donde debía alzarse la casa cósmica: porque, entiende el viejo, los pájaros "... nunca tuvieron que pensar la tierra para que fuera redonda. La tenían redondita dentro de sus cabezas, y delante de los ojos en sus vuelos"6.

Por lo tanto, si los pájaros conocen y dominan el espacio, el viejo comprende que la única forma de hallar el centro de lo humano pasa por la identificación del centro de los pájaros. Él considera que únicamente existe un punto en el cual es posible el "encuentro total", y piensa que la clave para hallar ese centro consiste en "... unir los puntos de arranque de cada pájaro"7 en esos recorridos inalterables. La búsqueda del centro se impone como una necesidad de alcanzar la auténtica independencia, de absolver al mundo humano de la violencia y la irracionalidad destructiva. Es en el centro en donde se encuentra "...la fuente de toda realidad y, por tanto, de la energía de la vida"8, como señalara alguna vez Mircea Eliade.

5. El exilio

La quinta fotografía registra un par de zapatos marrones, con cordones negros, unos pantalones sujetos a la cintura con hilo sisal, y los pasos trastabillantes de un hombre –el dueño de los zapatos, los pantalones y el improvisado cinturón–, que sube a la cubierta de un barco. El barco es el "Cristóforo Colombo". La novela es Libro de navíos y borrascas. Se trata de un texto de exilio (fue escrita por Moyano mientras residía en España) y sobre el exilio. Está planteada como una suerte de diario de viaje escrito por su protagonista, Rolando. En ese diario queda relatada la travesía de un grupo de sudamericanos en marcha hacia su destierro europeo, en un recorrido por mar desde Buenos Aires hasta Barcelona.

El viaje por mar, en tanto símbolo, supone también un recorrido inverso al que realizaron los inmigrantes europeos hacia América, desde Colón en adelante. De ahí el valor simbólico que asume el nombre del navío. No obstante ello, el arquetipo propuesto por el autor no se agota en el popularizado mito del argentino como europeo desterrado, sino que se concibe la condición del desarraigo como un componente constitutivo de lo humano. Coordenada ésta que no se constriñe al orden de un sujeto en cuanto individuo, sino que resulta una modalidad extensiva a toda una comunidad cultural. Porque, como lo advierte el propio texto:

Somos de origen poco claro. Gente sin lugar fijo que va y viene. Cuando nos corren de un lugar nos vamos para el otro, y así andamos desde que cruzamos el estrecho de Bering como dicen. No somos de ninguna parte y se acabó. En el caso concreto de los rioplatenses, se simplifica más. Descendemos de un barco como éste. Hombre–barco como niños–probeta, que se pueden criar como cualquier otro, no necesitan una mamita que les dé la teta.9

El tema del exilio es fundamental en la obra de Moyano. Tanto es así que un trabajo más extenso sobre la producción del escritor argentino10, ensayé una periodización de su obra tomando ese tema como eje. Desde esa perspectiva, se pueden delimitar dos etapas:

  • la de la conciencia individual: vale decir, aquel periodo caracterizado por el hecho de que la condición de extranjero o de desterrado y la consecuente crisis de identidad personal y cultural, se patentiza básicamente como una preocupación metafísica limitada al orden estricto del individuo, como ser–en–el–mundo. A esta etapa corresponden sus primeros libros de cuentos y sus dos primeras novelas (Una luz muy lejana y El oscuro). En este contexto, la producción de Moyano nos conduce a la lectura del exilio como categoría antropológica.

  • la de la conciencia colectiva: en este periodo no interesa tanto la angustia existencial de la persona como entidad física y espiritual ensimismada, sino que cobra mayor importancia la voluntad de reintegrarse a las coordenadas culturales propias de una entidad comunitaria. En otras palabras, en esta etapa la condición del destierro se vincula con el interés de recuperar la identidad de un pueblo y no la de un sujeto. Este segundo periodo comienza a insinuarse a partir de El trino del diablo y se afianza de modo más categórico en sus siguientes novelas, El vuelo del tigre, Libro de navíos y borrascas y Tres golpes de timbal.

6. La historia y el mito

La última instantánea de la serie nos muestra el vestido de novia de Emebé. La muchacha que espera el regreso del cantor que ha abandonado el pueblo transitoriamente, empeñado en la búsqueda de su origen y el de su propio pueblo, encerrado en una misteriosa canción. Se trata de la última novela de Moyano, Tres golpes de timbal. En esta obra, Moyano ficcionaliza un destierro colectivo. Es el drama de Minas Altas, un pueblo construido por los sobrevivientes de otro pueblo arrasado: el de Lumbreras. Es por esa razón que toda la comunidad participa, de distintas maneras, de la aventura de recuperar la canción del gallo blanco, que cuenta la historia de Lumbreras y los detalles de su destrucción. Porque de ese modo, les será posible volver, reencontrarse con sus verdaderas raíces. Es hallar el punto fundacional que asegure la veracidad de la continuidad en el tiempo.

También aquí, se registra el drástico enfrentamiento con el poder y, como en las demás novelas de la segunda etapa ya señalada, se verifica la contraposición entre dos discursos: el de los poderosos, quienes "se apropian de las palabras para escribir una historia mentirosa, con hechos que por eludir la sustancia del hombre son ficticios"11; y el del pueblo, que cuenta su propia historia, y en el cual "la voz de un hombre y el vestido de novia que se lleva el viento valen más que las llamadas hazañas de los fuertes. O una canción, que es el lenguaje incontaminado que usamos en estos pueblos perseguidos para comunicarnos sin peligro"12. En otras palabras, la opción no es contraponer un nuevo lenguaje a aquél del que han sido despojados por los poderosos –como sucede en El vuelo del tigre–, sino elaborar un discurso paralelo que asegure la pervivencia de las prácticas culturales que cohesionan a ese microcosmos. Porque es el discurso de la historia (el de la historia verdadera), el que los va a recuperar del olvido:

Cuando esos asesinos acaben de abrirse paso con sus explosiones, es posible que estén contados los días de muchos de nosotros. No sabemos cómo nos mirarán desde su pesadilla. Es necesario que para entonces todos, hasta la última hormiga de Minas Altas, estemos en palabras13.

De esta manera dejamos atrás la última fotografía. Un recorrido rápido y condensado. Entiendo que demasiado sintético ante lo que la obra de Daniel Moyano verdaderamente significa en el marco de la literatura argentina. Pero, aun mínimamente, se salda parte de la inmensa deuda que tenemos los lectores y los críticos con este capítulo de nuestra literatura. Porque la obra de Moyano merece ser apreciada en toda su dimensión, al menos por dos reconocimientos fundamentales:

  1. Las novelas de Daniel Moyano, a partir de El trino del diablo tienen un valor estético particularmente interesante en el campo de la literatura argentina dado que constituyen una de las pocas, o al menos más auténticas manifestaciones del denominado realismo mágico en nuestro país, y

  2. Una de las preocupaciones esenciales que se pone de manifiesto en la obra de Daniel Moyano –tema al que ya hice referencia– es la de definir la identidad nacional, cuestión esta que venimos arrastrando desde el Facundo de Sarmiento y que, a mi criterio por lo menos, todavía no hemos acabado de resolver.

Notas:

  1. Moyano, Daniel: Una luz muy lejana, Buenos Aires, Sudamericana, 1966, pág. 36.

  2. Cfr. Moyano, Daniel: El oscuro, Buenos Aires, Sudamericana, 1968, pág. 7.

  3. Moyano, Daniel: El oscuro, op. cit., pág. 133.

  4. Moyano, Daniel: El trino del diablo, Buenos Aires, Sudamericana, 1974, pág. 117.

  5. Cfr. Eliade, Mircea: Tratado de historia de las religiones, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1974, Volumen II, pág. 151 y ss.

  6. Moyano, Daniel: El vuelo del tigre, Madrid, Legasa, 1981, pág. 144.

  7. Ibídem, pág. 147.

  8. Eliade, Mircea: op. cit., pág. 79.

  9. Moyano Daniel: Libro de navíos y borrascas, Buenos Aires, Legasa, 1983, pág. 143.

  10. Se trata del trabajo de investigación "El mito del exilio en la obra narrativa de Cesare Pavese y Daniel Moyano", desarrollado por el autor como miembro investigador del Centro de Italianística (Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba). Una síntesis de parte de ese proyecto fue publicada en el número 18 de Espéculo.

  11. Moyano, Daniel: Tres golpes de timbal, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pág. 36

  12. Ibídem, pág. 37.

  13. Ibídem, pág. 37.


Artículo publicado en Bitácora, revista de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina), Año II, Nº 3, otoño de 1999, p. 121 y ss.


© Enrique Aurora 2001
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid



José Pablo Feinmann

Augusto Pinochet, asesino

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Por José Pablo Feinmann

Y se murió de viejito nomás. En una cama, del corazón (un corazón al que sólo acudió para morir tranquilo), rodeado de fascistas y dolorosamente impune. Cuesta encontrar las palabras para expresar la monstruosidad de este hombre. Cuesta expresar la tragedia que implicó en nuestras vidas. Inauguró el golpe sangriento, con torturas sin límite, con desaparecidos. Todo golpe cruento, asesino, tomó su nombre: pinochetazo. Aquí, a mediados del ’75, todos lo decían: “Lo que se viene es el pinochetazo”. Debimos saberlo desde el ’73. Debimos saber que el adversario no sólo era poderoso, sino que era criminal. Debimos haber puesto cautela en nuestra mano; no frenarla, no pararla, pero reflexionar que lo de Chile nos dejaba muy solos, era muy desmedido y reclamaba eso: cautela. Pero estábamos embalados. En septiembre de 1973 la Facultad de Filosofía y Letras dictaba muchas de sus materias en la calle Córdoba. Un lindo lugar con una capilla en el medio. Ivannisevich se sacó una foto pegándole con un pico a una pared, destruyendo el edificio. Prolijos, dejaron la capilla. Todavía está. Un pibe de la JUP me dijo del golpe y se me ofreció para levantar mi clase. Yo, uno se creía, aún, inmortal, le dije que la levantaba yo y llevaba a mis alumnos a la marcha. Salimos de las aulas en busca de las marchas. Sentíamos más la presencia de la JP en las calles, vivando a Allende, que la relación profunda, íntima, que la tragedia de Chile tenía con nosotros. En esa época las fronteras parecían más lejanas. Si algo pasaba en Chile, no tenía por qué pasar aquí.

En seguida llegó la foto del carnicero. Es la perfecta caricatura del general golpista sudamericano. La jeta erguida, bigote, anteojos negros. Después, la noticia de la muerte de Allende. Decían: se suicidó. Un periodista le pregunta a Ricardo Balbín qué haría él en una situación así. El compadrito de comité se mandó una histórica: “¡Ah, no! A mí no me hacen eso”. No recuerdo qué dijo Perón. Nada memorable, sin duda. Poco tiempo después cruzaba la cordillera y se entrevistaba con el carnicero. ¡Qué vivos están estos recuerdos! Los dos bien trajeados de milicos. Con capas y todo. Le gustaban las capas a Pinochet. Al día siguiente o a los dos días empezaron a llegar los exiliados, los que apenas habían salvado el pellejo o los que habían sido escupidos del Estado Nacional. Estaban desechos. En Ezeiza, el gobierno argentino les tomó huellas digitales hasta de los dedos del pie. Les tomaron todos los datos, los ficharon bien fichados, les hicieron saber que si algo raro hacían duraban media hora sin ser arrestados. El Descamisado publicó las fotos y tituló: “Esta vergüenza se hace en nombre del peronismo”. Claro que sí: eso hizo el peronismo. Lo habría hecho cualquier gobierno argentino. Pero el peronismo de esos días era pinochetista. Cosa que, en algún oscuro rincón de su alma, siempre puede volver a ser si es necesario.

López Rega habrá brindado con champán. El carnicero de Chile estaba enseñando cómo se arreglan las cosas con el marxismo internacional, con la sinarquía apátrida. Nosotros empezamos a enterarnos de las peores cosas. Las versiones que llegaban sobre las torturas y las violaciones del Estado Nacional estremecían. ¿Era posible tanta crueldad? Se sabía que estaba lleno de tipos de la CIA el Estadio. Que los de la CIA eran especialmente activos en torturar y hasta enseñaban a los empeñosos chilenos cómo hacerlo. Las mujeres que maltrataron a Allende con los cacerolazos salieron a festejar. Otros agarraban lo que tenían a mano y huían. “Yo –me contó años después un escritor– llegué a Perú, me metí en una pensión, abrí mi valija y puse en un estante los libros que me había llevado. Ahí estaba mi nueva biblioteca: un libro de Cortázar, otro de Lezama Lima y uno de Tolstoi. Era todo lo que tenía.”

Un día lo fue a ver Borges. El carnicero estaba orgulloso: el gran escritor había cruzado la cordillera y estaba feliz de verlo. Le puso una condecoración bien llamativa. El gran escritor –el que decía un mar de concheterías bobas cada vez que “comía”, porque un concheto no “almuerza” ni “cena”, “come”, en lo de Bioy Casares– le dijo al carnicero: “Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada”. También la Thatcher lo recibió y le habló con un inglés lento y vocalizado como para que el carnicero entendiera: “Le agradezco su ayuda en la guerra de las Falklands. Sin sus informaciones nuestros pilotos no podrían haber hecho los blancos que hicieron”. El carnicero sonrió, satisfecho, goloso.

Cierta vez estaba en una clínica en Londres. Golpean a su habitación. Entra una mujer joven y resuelta, treinta años, por ahí. El carnicero, siempre seductor, sonríe y dice: “Pasa, niña. Dime, ¿a qué vienes?” “A arrestarlo, general. Por violaciones a los derechos humanos.” Se enfurece y llama a sus matones: “¡Saquen de aquí a esta comunista!” Días después regresa a su país. Llega en silla de ruedas. No bien baja del avión se pone de pie y saluda a los suyos. ¡Pícaro el carnicero! Otra vez había engañado a todos.

No sirve para nada que se muera. Que estos tipos se mueran cuando ya mataron a todos los que querían matar es un pobre consuelo. Ni un cáncer vale desearle. Nadie va a revivir por eso. Nadie va a sufrir menos de lo que sufrió. Deja, para colmo, problemas. Los militares de su país (al que le aseguró la economía y todos sabemos cuánto aprecian esto los pueblos) lo honrarán desde las armas. Michelle Bachelet no lo honrará desde el Estado. Pero habrá que organizar actos en toda América latina. El New York Times ha anunciado su muerte como la de un cruzado contra el marxismo. Puño de hierro, dictador, pero un hombre que no dudó. Fue la suma de las peores cosas que un ser humano puede ofrecer: lo de asesino lo sabemos, pero fue, además, ladrón, mentiroso, cínico, se rió de sus adversarios y de sus muertos. Descansará en paz porque morirse es eso. Pero que no tenga paz su memoria. Que nadie olvide sus crímenes. La era de horror que inauguró. Que en las escuelas argentinas se sepa que Pinochet es parte de nuestra historia, porque prefiguró nuestra pesadilla, porque inspiró a nuestros verdugos. Que gane la verdad por sobre la mentira con que sus adeptos buscan protegerlo. Que su nombre infunda pavor y que ese pavor se transforme en coraje: nunca más un Pinochet. Que haya un busto suyo con una placa en todos los países del mundo. Que esa placa diga: “Augusto Pinochet, asesino”. Porque olvidarlo sería como olvidar Auschwitz, el Estadio Nacional, la ESMA.

De Página/12