viernes, 27 de agosto de 2021

!Te echaba de menos, amigo! (a CalideJacobacci)








Te echaba de menos, amigo! (a CalideJacobacci)


Envidia siento yo de tus lagos
Tus "murmullos de silencios",
de esa "banda sonora" de palabras que nacen allí,
en ese lugar,
donde la inmensidad se abarca,
se escucha, se graba y se vacía,
en la piedra de toda la historia.

Recuerdos de algún vivir, lo llaman,
Presentes, futuros, esperanzas y besos,
que trae y que lleva el viento,
que siempre revolotean inquietos,
que se adaptan al Todo o la Nada que nos rodea.

Vigilante, compañero, amigo, que no sabe de distancias.
Que aprende a llenar el tiempo y la tristeza,
que sabe de la felicidad sin llamarla.
y arranca de cuajo los fantasmas de su vida
contándola; narrando el olor del guiso de sus sueños,
sin temor a que se llene el espacio de preguntas,
y el espejo del vacío de silencio.

Escribiendo rompes y salvas todos los recuerdos,
sin escuchar los ruidos del mundo;
sin perderte en los cuatrocientos laberintos sin sentido,
de las habladurías y el desánimo.

Al habla siempre contigo mismo.
Hombre apuesto, de cabellera blanca y abundante,
y pluma firme y sincera.
Médico del mundo y artesano de palabras.

Y es que ¡ estaba echando de menos tus letras entre mis letras, amigo ¡

Maravillas  (Alicia Cora de Asturias)

Ibarrita, misterios de la playa y mucho más.

 

Ibarrita, misterios de la playa y mucho más/Por Carlos Espinosa


Viedma.- (APP) Hay un muchacho de edad indefinida, que se llama Ibarrita (porque es el hijo de Ibarra, el quemado) y vive cerca del mar. Hay un bar de arena, que es propiedad del Flaco. El Uruguayo toca la guitarra, canta y pesca. El viento y la lluvia acompañan, estimulan también. Como personajes secundarios aparecen los malos, el pendenciero, la viuda y la forastera. ¡Ah, y una gaviota!

Con estos pocos materiales Cali Mercapide construyó un relato sugerente.

Ese mar que desborda muchas de las páginas puede ser “una bestia temblorosa y marrón que late y se enfurece”, y es el escenario adecuado para el cruce de historias de piel reseca por la sal. “Ibarrita es la errancia” dice el Flaco, y explica que “duerme donde lo agarra la noche, y a veces desaparece como si se lo tragara el océano… o los arenales”.

El muchacho puede mezclarse con el horizonte atlántico, durante horas, sosteniendo la caña, esperando al pez. Aparece de tanto en tanto, como las dunas que dominan el paisaje, pero está siempre.“Sólo él ve los fantasmas que salen del mar, por eso las historias comienzan con él, con lo que él dice”.

Las playas proyectan los espejismos del desierto. Las mujeres y los hombres de las playas guardan ecos de antiguas marejadas y respiran aires salinos, cuentan serenas historias de lentos amaneceres.

“Ibarrita” es el primero de los relatos patagónicos contenidos en las 149 páginas de este libro de Cali Mercapide, publicado por Editorial Autores de Argentina.

Pero no sólo se trata de las playas, de la arena y del mar.

La meseta patagónica es dura, su gente también. Pero hay belleza entre roquedales y espinas, y se detecta la vibración humana de misteriosos significados detrás de rostros sacudidos por diversas tempestades. Hay que saber mirar, esa es la clave. Mirar a través de la estepa y los valles, traficando con el viento; mirar al mar, hasta que los ojos duelan de bruma, a barlovento.

El caso de Casimiro Millaqueo, en el cuento “Colitoro”, es una magnífica descripción de la vida del hachero leñatero, sólo acompañado por su perro, en medio del monte. No le sobra ni le falta nada para transmitir el resultado de esa mirada a las palabras. Es tarea fina.

Cali Mercapide emprendió esta actividad vocacional hace unos cuantos años, en copias que distribuyó entre amigos, en textos subidos al soporte digital;y ahora, enhorabuena, a través del libro formal.

Maneja el oficio de la descripción con detalle y buen gusto. Califica de forma original y propone esa mirada patagónica que se distingue, que privilegia el vuelo de un ave en medio del ventarrón, que sostiene la marcha en el llano y la apura entre los cerros, que nos lleva siempre, y no nos abandona nunca.

Separa lo esencial del conjunto, para reflexionar, interrogar y cuestionar. Cali Mercapide es un calificado médico cirujano (lo delata el relato “Documental”, está claro) y pone el bisturí en el lugar adecuado para cortar. En la literatura no se usa la anestesia, por eso el trámite incisivo es doloroso, naturalmente. No se puede contar sobre esas vidas desamparadas sin provocar dolor, lo contrario seríauna urdimbre dealmíbar engañoso.

Cali nació y vivió hasta terminar la secundaria en Ingeniero Jacobacci. Ese pueblo ferroviario, que es nudo de vías y caminos, que se inventó historias propias de pioneros inmigrantes y olvidados pobladores originarios, le brinda la argamasa adecuada para sus relatos cambiantes, ágiles, de intensidad multicolor. En algún caso el protagonista es reconocible, pero en casi todos es un pasajero en tránsito. No son necesarias las justificaciones, pero apunta el autor: “la imagen, el frío y los sonidos quedan inmovilizados en las trampas de la memoria, abrochados. Como en una fotografía”.

El narrador está casi siempre en primera persona, no arruga ni cuando un estampido pone luz y sangre en una noche de venganza. Pero en muchos de los tramos es tan sensible y sutil que su participación se escurre por una penumbra prudente. Nos olvidamos de su acompañamiento.

Y así vamos, con el apetito abierto hacia nuevos descubrimientos.

La extensión es perfecta. Ningún relato se excede (y en ese pecado es bien fácil caer, lo digo por propia y dolorosa experiencia) y el lector se queda satisfecho pero anhelante. ¿Por dónde andarán ahora Ibarrita, el Flaco y el Uruguayo? ¿Seguirá la gaviota posada sobre el tonel en el bar de las arenas? (APP)


lunes, 4 de mayo de 2020

Club Atlético Ferrocarril de Ing. Jacobacci (1956)

A 60 AÑOS DE AQUELLA SENTENCIA...
Cuando el peronismo fue derrocado, o como ahora que dejó el gobierno de modo democrático, la oposición radical-conservadora SIEMPRE hizo funcionar su "ala judicial" mediante denuncias sobre "corrupción" a quienes fueron funcionarios o militantes.
El golpe de estado de 1955 inauguró esa perversa y maliciosa costumbre.
En Ing. Jacobacci (Río Negro), y seguramente como en otros pueblos de la época, también funcionó la maquinaria acusadora.
A aquellas víctimas se las encarceló y acusó de "hurto" (camisetas del club de fútbol "Ferrocarril") y ellas fueron:
Ángel Contissa - Hugo Mercapide - Manuel Pino y Ángel Alonso.
Como era de esperar, la "investigación determinó sus inocencias, pero nadie le podrá quitar la ofensa gratuita a los damnificados.
Como tampoco aquella sentencia del 4 de abril de 1956 le devolvió la vida a Manuel Pino, que falleció en la comisaría fruto de un infarto por el disgusto.
TOMEN NOTA Y COMPAREN.

Por Miguel "Pelusa" Contissa.





Ese busto.



Hay que juntar las ganas, organizar el grito
y despertar de pronto, como un solo estallido.
(Armando Tejada Gómez)



El edificio de la comisaría es otra de las obras públicas construidas por el gobierno del General, es otra de las obras de la patria nueva, de la patria de los laburantes, de los que no tienen nada, de los que no tienen ni tierras, ni apellidos oligarcas. De los que solo tienen lo que vale el esfuerzo del trabajo, de los que caerán muertos en un lugar seguro ajeno, de los grasitas, como nos decía la señora.
La construcción tiene el aspecto de una pequeña fortaleza mezclada con un chalet de tejas rojas, con una torre en el frente, y arriba el mástil y la celeste y blanca flameando al viento.
El viento patagonico.
En la vereda unos pinos que comienzan a crecer muestran un poco de verde y tienen el tronco pintado con cal.


Me empujan con fuerza hacia al interior de la oficina, una mano me dobla el antebrazo contra la espalda, sin dejarme decidir. Paso resbalando a través de la puerta abierta, hasta donde hay una silla vacía.
Quedo en el centro del parquet encerado, brillante, faena de algún borrachito preso.

- ¡Acá todos los alcahuetes del pueblo te culpan a vos, sos el único marcado...!

Dice el comisario.

- ¿Dicen que tenias el busto escondido en tu casa?

Afirma.

- ¿O lo tenes?

El busto de bronce de la dama muerta, ese busto que es la imagen sonriente lograda en metal por un artista desconocido de la mujer del General derrocado, del primer trabajador. Del jefe del Movimiento. Y que fueron repartidos por la Fundación que lleva su nombre a casi todos los municipios del país después de su fallecimiento.
Erguido en un pedestal me miraba todos los días camino del trabajo. También miraba pasar al gorilaje, como decía la señora. El busto de ella, de esa puta, como también decían, que no paró hasta meterse en la cama del entonces Coronel y se quedó allí para siempre.
Plantado en la plazoleta frente a la estación del ferrocarril miraba pasar a todo el pueblo. Y todo el pueblo la veía a ella. Al metal con el tiempo lo fue cubriendo una costra verdosa, fue perdiendo el brillo, aun así resultaba majestuoso. Es ella y es su espíritu. Ella la bastarda sin linaje que se transformó en la mina del hombre más poderoso del país. Ella la que con su amor le neutralizó la sangre milica y se lo entregó al pueblo, y ella fue el emblema de los desposeídos, de los muertos de hambre, de los humillados, de nosotros, de los grasitas. Y la intemperie afecta, maltrata el bronce, oxidándolo. De la muerta más ilustre que tendría la patria en toda su historia.

El comisario tiene los ojos claros y el pelo duro, engominado, también un brillo de sudor pegajoso en el labio superior. Cree que fui uno de los que resguarde el busto de la horda gorila, pero no esta seguro. La panza le estira la chaqueta abotonada y está gordo y se lo ve incomodo así sentado. Me sospecha un cobarde como para hacer algo así y me odia. Busca el busto desaparecido y no me admite capaz de hacer algo como eso. Estos mugrientos piensa, se le lee en sus ojos claros. No puede estar muy lejos, piensa. El pueblo es una aldea pequeña y aislada en el desierto, en el medio de la nada.

La señora hizo tanto por nosotros, hasta que murió como murió, sufriendo y furiosa por que la vida se le iba siendo tan joven, y nos dejaba así, solos. No podía dejar que la arrastraran por las calles, ya me imaginaba el busto rebotando contra el enripiado, la cadena tirándola, ahorcándola y escuchar el ruido del metal y el chisperío al rozar las piedritas. No podía ver esas caras sonriendo, gritando, gozosas. Pero no lo pudieron hacer, no les dimos el gusto a los hijos de puta, que con una cadena ya le habían rodeado el cuello y atado luego al paragolpes trasero del camioncito. Uno entre las sombras con una barreta arrancaba las placas del pedestal, con furia, con odio, rompiendo el reboque. Jadeante. Para la abanderada de los humildes decía en la placa de bronce. Otro aceleraba el motor asomándose por la puerta abierta, aferrado al volante y todos gritaban. Y el chorro de humo del escape del camión dibujaba fantasmas en la noche.

Casi no se mueve. Solo voltea el sillón hacia un lado y hacia el otro, incomodo. Tiene los ojos fijos en mi, clavados, y pretende penetrarme la cabeza.

- ¿Yo tengo todo el tiempo del mundo, y usted si que esta jodido, eh?

Me dice.

Un milico le trae un mate, lo hace girar un poco en la mano y me saca los ojos, mira el mate, luego acerca la bombilla a la boca y nuevamente me clava la mirada. Cree que su silencio es más violento que un insulto.

- ¿Lo escondieron el la casa del rengo?

Sonríe irritado.

- ¡Ese fue el primero que te vendió, por eso estás acá...!



Es un grupo pequeño y gritón y los excita el daño y el agravio de romper la imagen sagrada de la muerta. Son cinco pelagatos que no se animarían a mirar a los ojos a esa dama en vida. La dama que gritaba, que nos decía en los discursos: que la patria dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas, y nosotros le creíamos. No les saldrían palabras a esos cinco cagones si la tuvieran a ella delante, si ella solo pusiera la mirada en su dirección. Los envalentona la soledad de las calles vacías y el estar juntos.


Se seca la transpiración del labio con los dedos y le devuelve el mate vacío al milico, que no habla.

- ¿Cuénteme cuantos eran?

Dice, ahora sin tutearme.

- ¡ No sea pelotudo, no quiera cargar solo con esto...!

Eructa cerrando la boca y se le hincha el cuello, mientras levanta levemente los hombros.

- ¿Por que cree que lo culpan?

Miente.


- ¿Por que cree que lo dejaron solo, y ahora todos lo apuntan con el dedo?

- ¿Hasta dicen que sos de la resistencia...?


Miente nuevamente.

- ¿Vos sabes que eso es grave... pibe, no?

Vuelve a preguntar.

Le cuesta resolver si tutearme o no, me observa extrañamente, con la atención que se pone en los ojos al contemplar una fogata o el agua correr. Sigue con el movimiento giratorio del sillón y contrae un poco los párpados como buscando que preguntarme. Irascible.

Los compañeros jamas me venderían. Ni una palabra de esto, siempre lo decimos, la vida por ella. Es un juramento sagrado. Cuando nos encanaron nos pusieron solos, uno en cada celda para que no hablemos entre nosotros, y nosotros igual nos comunicamos en morse de un calabozo a otro, golpeando con una cucharita la pared utilizando nuestro oficio ferroviario. Al milico de guardia ni se le pasa por la cabeza que estamos hablando con esos golpecitos.
No podrán humillar más la figura de la señora. La única que sabe algo es mi mujer, solo lo que vio y confío en su silencio. Nunca sabrán donde lo guardamos. Se rumorea que lo metimos en un tren de cargas que salió esa noche con destino a Constitución. Que lo busquen en los vagones. Que se caguen de asco. Me río sin que el comisario se de cuenta. Para adentro.
A ella la conocimos un día hermoso, un día de verano, acá mismo en la estación del ferrocarril, cuando pasaron en el tren rumbo al Sur. Iba junto al General. Sonreía con esa sonrisa que ella tenía y saludaba sacando medio cuerpo por la ventanilla del vagón. Los únicos privilegiados se arremolinaban en el andén para recibir algún paquete con juguetes. La sentíamos nuestra.

Le habían puesto una bandera argentina en las barandas al camioncito, emblemando su guerra. Los libertadores. Cuando sonaron los balazos salieron corriendo como ratas, resbalando en las piedras, se caían, se arrastraban con los codos pelados y las rodillas sangrando y el miedo en los rostros entre la polvareda del raje.

El camión quedó solo, regulando, abandonado, el humo del escape manchaba la noche, con las puertas abiertas y las cadenas colgadas de las defensas traseras. Las cadenas que no pudieron usar.
Y el grito de los cagones.


-¡Esto es grave, no se si te das cuenta...!

No decide en el tuteo, si la confianza o el respeto.

- ¿Te vas a comer la cana por culpa los otros?, ¡te botonearon y te largaron solo...!

El infaltable viento peregrino se mueve desde el Sur y pasa ajustando cuentas con los que no duermen, y con las ramas ya cargadas de hojas por la primavera y con los faroles de alumbrado.

Siento nostalgia por la luz, por el aura que flotaba sobre el destino de la patria con ella viva. Que va ser de los laburantes ahora, donde podremos encontrarla. Debe ser cierto que se nos fue para siempre.

Angelito corre unos metros adelante, con el revolver en la mano, apuntando al suelo.
Somos sombras fugaces. Pasamos frente al hospital que también hizo el General, damos vuelta a la manzana sin aliento, sin respirar, solo escucho el ruido del bobo latiendome desesperado en el pecho. En la bajada del Hotel Ferroviario ocultos por los árboles nos tiramos al piso.

No hay un alma en las calles.
Solo se escuchan los gritos de los cobardes ensañados con el busto de la muerta. Se les huele de lejos el miedo que tienen.
Alguien saca un rifle de la cabina del camión, pero rápidamente lo vuelve a guardar, titubeante, girando la cabeza y mirando hacia los techos.

Angelito empuña el arma con las dos manos y apunta hacia los tejados de la estación, cerrando un ojo. Su respirar suena como el de un asmático.

- ¡Tirales a pegar...!

Sale de mi boca.

-¡Es nuestra, no dejes que la toquen...!

Y se escucha el primer balazo.




(En la primavera de 1955, posteriormente al derrocamiento por las Fuerzas Armadas del gobierno del General Perón, un grupo de hombres contrarios al régimen, amparados por la noche, trataron de arrancar de su pedestal y arrastrar por las calles de mi pueblo un busto de la señora Eva Perón. Valiéndose de unas cadenas y un camión.


Cuatro empleados ferroviarios, vecinos del barrio, con dispar militancia política, evitaron tal cometido tras un pequeño enfrentamiento, sin resistencia por parte de los agresores y lo escondieron secretamente el tiempo que duro el exilio del General y la proscripción del Peronismo.

Los militantes posteriormente fueron encarcelados por el regimen golpista a través de sus lacayos policiales y amparados por la justicia gorila.

 
Después del triunfo electoral del Justicialismo el 11 de marzo de 1973, fue extraído del lugar donde se encontraba enterrado y expuesto en el municipio.

Toda historia contiene generalmente elementos de parcialidad y de pasión, puestos en ella aveces consciente, otras inconscientemente, y es bueno y necesario que así sea, porque es el ingrediente indispensable para revivirla, para sentirla latir.


Para mi vieja. (2002)


Carlos H. Mercapide (Cali)

martes, 16 de mayo de 2017

Cuchillos encabados con madera de piquillín







Piquillín curado con aceite de oliva






La Boca del río Negro - Patagonia Argentina (Carlos Hugo M. Mercapide) 2017

domingo, 30 de agosto de 2015

Conquista, hambre y antropofagia (Por José Pablo Feinmann)

 
Don Pedro de Mendoza, amigo de Carlos V, primer adelantado del Río de la Plata, que pasará a la posteridad como el protagonista de la Primera Fundación de Buenos Aires, se encuentra enfermo, recluido en su tienda, alejado de sus soldados, solo e inexplicable. ¿Por qué este hombre, que gozaba de gran fortuna en la metrópoli española, rico hijo de ricos, que a su vez lo eran de otros ricos, ya que era un linaje destellante, opulento, el de esa familia, se ha lanzado hacia las Indias como tantos desesperados que atiborran, que hartan los barcos que salen de España en busca, menos que de aventuras, de riquezas, de sueños de abundancia, alimentados por leyendas que, como todas ellas, nadie ha comprobado? Las leyendas, cuando sus promesas palpitantes son el oro o las piedras preciosas, colman el espíritu de la codicia que empuja a los más afiebrados avatares, a los viajes desmedidos, inciertos, a la demencia de jugar la propia vida o apoderarse de la de los otros. Pero Don Pedro de Mendoza nada tenía que ver con este tipo de hombres, a quienes, además de necesitar, desdeñaría sin duda posible. Su viaje a las Indias, posibilitado por Carlos V, a quien más que probablemente se lo habría solicitado, obedecía a otros motivos. Tenía sífilis. Se dice que la contrajo en Nápoles. Se dice que luego leyó un libro que le dibujó su destino: Syphilos. Se dice que el autor era un galeno de nombre Hyéronimus Frascátor. Este hombre (mintiendo) gustaba informar que el mal provenía de las Indias, que ahí estaba su remoto origen y que, también ahí, su curación. Había en la región de Chaco un árbol con el nombre de guayacán, de cuya corteza se extraía el líquido rojizo que curaba a los que padecían ese mal infamante, ese mal que apestaba a sexo vil, a casas de mala fama, a mujeres de mala vida. O a conquistas salvajes, a exterminio de pueblos enteros, a hombres degollados y a mujeres violadas primero y ahorcadas después. En una de esas orgías de sangre y fuego, de festejos báquicos y sexo infamante e incontenible habría sido Don Pedro aprisionado por el mal para cuya sanación viajó a las Indias.
Ahora Pedro de Mendoza agoniza en una fortaleza escuálida, rodeado por hombres muertos de hambre que ya han empezado a comerse entre ellos. Ulrico Schmidl, un viajero alemán, soldado y cronista, es el que narra, en su libro Viaje a España y las Indias, la tragedia de la expedición de Mendoza: “La gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez, al extremo de que los caballos no daban servicio. Fue tal la pena y el desastre del hambre, que no bastaron ratones, ni ratas ni víboras ni otras sabandijas; también los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido” (Ulrico Schmidl, Viaje a España y las Indias, Longseller, Buenos Aires, 2007, p. 38). Schmidl, luego, narra en pocas líneas una historia antropofágica que habrá de ser retomada por Manuel Mujica Lainez en el primer cuento de su libro Misteriosa Buenos Aires: “El hambre”. Se lee en Schmidl: “Sucedió que tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron a escondidas; y esto se supo; así se los prendió y se les dio tormento para que confesaran el hecho. Entonces fue pronunciada la sentencia que a los tres susodichos españoles se los condenara y ajusticiara y se los colgara en una horca. Así se cumplió esto y se los colgó en una horca. No bien se los había ajusticiado, y cada cual se fue a su casa y se hizo noche, aconteció en la misma noche por medio de otros españoles que ellos cortaron los muslos y otros pedazos de los cuerpos, los llevaron a su alojamiento y allí los comieron. También ha ocurrido entonces que un español se comió a su hermano que estaba muerto. Esto sucedió en el año de 1535 en nuestro día de Corpus Christi en la antedicha ciudad de Buenos Aires” (Schmidl, Ibíd., p. 38/39).
Don Pedro no fundó una ciudad, sólo instaló una fortaleza para protegerse de los indios querandíes, que, en un inicio lo recibieron bien pero luego descubrieron que los propósitos de estos extraños visitantes eran la búsqueda de oro y riquezas y no más que eso. Ahí empezaron las hostilidades. Moctezuma se equivocó al creer que enviándole riquezas a Hernán Cortés lograría que éste se fuera de México. No bien Cortés vio tanto oro y tanta plata decidió quedarse hasta hacer suyas esas maravillas del mundo que creía haber descubierto. Fue sincero. Dijo: “Los españoles somos afligidos por una enfermedad del corazón que sólo el oro puede remediar”. Les dijo a los embajadores de Moctezuma que quería tener el honor de conocerlo. Ahí, en el palacio de Tenochtitlán, donde residía. A su lado, ya marchaba la concubina que le habían ofrecido, la Malinche. Ella hablaba maya y náhuatl, que era el lenguaje de los aztecas. En seguida aprendió el español de Cortés. Así aparece la mujer en los orígenes del México español, como la traidora, la que vende a los suyos, la concubina del conquistador. (Acaso algo de los femicidios que sacuden hoy a los mexicanos se encuentre en ese despegue sombrío de lo femenino en su agitada historia.) Cortés se interna con sólo unos centenares de hombres y con la mujer que le hace de intérprete y sofoca sus ansias sexuales, en un territorio que desborda habitantes desde tiempos venerables. Una nación con más de siete millones de habitantes (Ver: Alan Riding, Vecinos distantes, Un retrato de los mexicanos, Joaquín Moritz-Planeta, México, 1986. El título del libro de Riding se basa en la célebre frase que describe la relación entre México y Estados Unidos: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerquita de los Estados Unidos”.)
Volvemos a Schmidl. Las riñas entre españoles y querandíes fueron duras. El cronista alemán es minucioso y acaso haya buscado exhibir los padecimientos de los hombres de Don Pedro. Sin embargo, por las cifras, es sencillo advertir que los querandíes llevaron la peor parte: “Y cuando nosotros quisimos atacarlos se defendieron ellos de tal manera que ese día tuvimos que hacer bastante con ellos; mataron a nuestro capitán Don Diego de Mendoza (hermano de Don Pedro, JPF) y junto con él a diez hidalgos de a caballo, también mataron alrededor de veinte infantes nuestros y por el lado de los indios sucumbieron alrededor de mil hombres; más bien más que menos; y se han defendido muy valientemente contra nosotros, como bien lo hemos experimentado” (Ibíd., p. 36). Las cifras de Schmidl hablan claramente. Los españoles habrían perdido veintisiete hombres. Los querandíes, pese a su valentía, más de mil. La conquista de Suramérica se basa en la técnica. Si el despliegue del hombre de la técnica tiene su nacimiento subjetivo con Descartes (seguimos al Heidegger de La época de la imagen del mundo), el fáctico es la conquista de Suramérica. Colón, Cortés, Pizarro triunfaron porque eran expresión de una etapa superior del desarrollo de la técnica. Más la sed de expansionismo, la codicia y la voluntad de poder que alimentaron al capitalismo desde sus inicios, desde el saqueo de las Indias que culminó en la Revolución Industrial luego de haber perpetrado “el mayor genocidio de la historia humana” (Tzvetan Todorov, La conquista de América, El problema del otro, Siglo XXI, Buenos Aires, 2003, p. 15).
Sin embargo, Don Pedro y los suyos no atraparon la dicha que el nuevo territorio parecía ofrecer fácilmente. Nada de eso. Padecían ahora el cerco de los querandíes, escuchaban sus jadeos, olían su inminencia en esa fortaleza donde estaban refugiados, temerosos y hambrientos, cada día era una pesadilla que se sumaba a la del anterior. Cierto día, Don Pedro ordena colgar a tres ladrones. Ahí están ahora, penden como sacos de estiércol, sombríos contra la luna. Dos hermanos, uno de ellos de nombre Baitos y el otro que lleva un hermoso anillo que su madre le regalara y es el único orgullo que le queda, deciden comerse a los ahorcados. Los buscan, intentan descolgarlos y se arma una pelea feroz con otros hambrientos, una horrible trifulca entre las sombras, donde nada se distingue, nada es claro, sólo el hambre. Baitos corta un brazo. Huye y se lo come en su tienda. Muerde el anillo, el de su hermano, el que la madre de ambos le diera. Así lo narra Mujica Lainez: “Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano (...) El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más” (Manuel Mujica Lainez, Misteriosa Buenos Aires, Ediciones Folio, Buenos Aires, 2004, p. 15). (Pagina12)

miércoles, 26 de agosto de 2015

El 82% móvil: ¿por qué docentes sí y Salud no?


 


¿Quién se estresa más en el trabajo? ¿Un médico, un enfermero o un docente?
En 1997 el investigador británico Cary Cooper y otros profesionales crearon la clasificación de estrés laboral, apoyándose en cuestionarios, entrevistas y datos estadísticos, concluyendo que los dos primeros –en términos genéricos– se encuentran por encima que los terceros.
Sin embargo, en Argentina los educadores tienen un régimen especial de jubilación, anticipada y con el 82% móvil, pero la gran mayoría de los profesionales de la salud están fuera de ese beneficio.
El trabajo de Cooper y otros estudios relacionados con el desgaste laboral forman la base de un insistente reclamo de trabajadores del sistema público de Salud en Río Negro, que comenzó hace una década y ahora encontró eco en la diputada María Emilia Soria.
Todo se concentra en un proyecto de ley que la representante del FpV presentó ayer para equiparar el régimen previsional de estos profesionales con el de aquellos que pueden dejar de ejercer a los 57 y 60 años (mujeres y hombres, respectivamente).
La iniciativa alcanza al personal profesional que preste servicios en efectores públicos y/o privados, que hayan transferido sus institutos previsionales a la Nación, o se encuentren adheridos al Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA).
Médicos, enfermeros, camilleros, entre otros, participaron el lunes de una reunión en Roca con la diputada, para conocer el proyecto, hacer aportes y despejar dudas respecto de su posible aplicación.
Soria explicó que –en caso de aprobarse la ley– el régimen especial será para aquellos que acrediten 30 años de servicios (de los cuales 15 como mínimo, continuos o discontinuos, deben ser en efectores públicos o privados de la salud), quedando excluido el personal que desarrolle tareas administrativas y/o que no tengan contacto directo con la atención de pacientes.
El haber mensual será equivalente al 82% móvil de la mejor remuneración mensual del puesto o función que tuviera asignado el personal durante 1 año anterior al momento del cese.
Para solventar la viabilidad del proyecto, se establece que el personal comprendido deberá aportar una alícuota diferencial del 2% por sobre el porcentaje vigente de acuerdo al Sistema Previsional Argentino.
Ayer profesionales del hospital "Francisco López Lima" de Roca que dialogaron con "Río Negro" destacaron la importancia del proyecto por el que reclaman desde el 2004 y consideraron relevante que –en principio– todos los diputados y senadores rionegrinos hagan propia la iniciativa, para lograr después los avales necesarios en el Congreso para llegar a la sanción de la ley.

Jamaica y la velocidad Por Ezequiel Fernandez Moores




"Don't come back" (No vuelvan), dicen aún hoy carteles en Cockpit Country, un remoto bosque húmedo en las tierras altas montañosas del noroeste de Jamaica. La frase nació en el 1700. Estaba dirigida a los derrotados soldados del Imperio Británico. La escribieron los Maroon (Cimarrones), apodo del invasor español a los esclavos más fuertes. A los que habían sobrevivido al infierno del viaje desde África. Y a toda la crueldad posterior. Los Maroon masacraron a los nuevos invasores británicos en una batalla clave de 1738. Permitieron volver a un soldado, con la oreja en la mano, para que contara lo sucedido. El gobernador británico de Jamaica firmó entonces el tratado que reconoció tierra y libertad a los Maroon. Queen Nanny y Cudjoe, esclavos traídos desde Ghana, fueron sus líderes históricos. A la mujer la homenajea en un documental que será estrenado este año la atleta Shelly-Ann Fraser-Pryce, heredera de su bravura, flamante tricampeona en los 100 metros que se corrieron este lunes en el Mundial de atletismo de Pekín. El capitán Cudjoe fue designado comandante en jefe de Trelawny. En esa parroquia está Cockpit Country. Es, también, la parroquia en la que nació Usaín Bolt, el hombre que mañana, en la final de los 200 metros, buscará dar un nuevo paso para gritar que es el mejor atleta de la historia.
El relato de los fantásticos guerreros Maroon como posible origen de los velocistas jamaicanos fue uno de los primeros que escuchó Yannis Pitsiladis. El biólogo de la Universidad de Glasgow viaja desde hace más de diez años a Jamaica, un país de apenas tres millones de habitantes, pero del cual proceden varios de los mejores velocistas del mundo. Pitsiladis viaja también a Etiopía y Ghana. Investiga si, tal vez, hay una etnia que domina el ADN del atleta ideal. Primero hizo de antropólogo. Escuchó que Jamaica es tierra de velocistas por esclavos como los Maroon. Que la isla tiene supuestos tubérculos especiales. Y otras historias más. Pasó entonces a tomar muestras de saliva de cientos y cientos de habitantes. Pagó de su bolsillo a un curandero para obtener más muestras. Hipotecó dos veces su casa. Fue estafado por un asistente que, en lugar de colectar él las muestras acordadas, salivó doscientas veces creyendo que la trampa no sería descubierta. Pitsiladis se pasó un año detrás de la muestra de un campeón. En plena reunión social, llegó a esterilizar una copa de vino de la que había bebido un atleta estrella. Tiene el ADN de 125 de los mejores velocistas jamaicanos del último medio siglo. La investigación, todavía en fase preliminar, no apoya sin embargo la tesis que vincule a los Bolt con los guerreros Maroon. Descubrió que el muy rico ADN jamaicano responde al lema del país al que llegaron esclavos de todas partes: "De muchos, un pueblo" (Out of many, one people).
Errol Morrison es el investigador médico más respetado de Jamaica. Trabajó largos años con Patrick Cooper, un periodista que siguió buscando explicaciones biológicas a la superioridad de velocistas negros aun en su exilio forzado de Houston (escribía discursos del líder independentista Norman Manley) y dictando conclusiones en su lecho de enfermo hasta su muerte, en 2009. Cooper comprobó el origen de casi todos los grandes velocistas de las últimas décadas. Devoró publicaciones científicas sobre biología, medicina, antropología e historia. Analizó un célebre estudio de los tipos corporales de todos los deportistas olímpicos de 1968. Otros sobre niveles bajos de hemoglobina en la población afroamericana de Estados Unidos. Y que una vieja malaria endémica en el África Occidental subsahariana, cuna original de casi todos los grandes velocistas, provocó alteraciones genéticas y metabólicas que favorecían la creación de fibras de contracción rápida, esenciales para un velocista. El detalle de los estudios genéticos de Pitsiladis y Morrison, investigadores insospechados de racismo, forma parte de El Gen Deportivo (The Sports Gene, 2014), "el libro más fascinante, educativo y provocador", según lo describió New Yorker. David Epstein, su autor, periodista de Sports Illustrated, elabora un gran debate científico entre talento y esfuerzo, discute la difundida tesis de que se puede llegar a la excelencia después de diez mil horas de práctica y acepta que, en casos como el de Bolt, a veces "entrenar menos es la mejor medicina". Epstein comenzó a interesarse en el tema cuando advirtió que los keniatas y jamaicanos miembros del equipo atlético de su misma Universidad resolvían con talento lo que otros debían trabajar con más esfuerzo. Entrevistó a deportistas e investigadores. Viajó a la Jamaica de Bolt. Y también viajó a África, donde comenzó todo.
Sólo diecisiete atletas en la historia de Estados Unidos corrieron la maratón debajo de las 2 horas y 10 minutos. En apenas un mes, octubre de 2011, treinta y dos corredores keniatas kalenjin alcanzaron esa misma marca. El origen, hace cinco mil millones de años, es África. Por eso, la diversidad genética en África es infinitamente mayor que fuera de África. "África domina la cuarta jornada del Mundial de Atletismo", decían ayer los principales titulares desde Pekín. Pero el fenómeno atlético, advierte Epstein, no es en toda África. Están los orono en Etiopía y los sabei en Uganda. Y, ante todo, están los guerreros kalenjin en el Valle del Rift occidental de Kenia. Irrumpieron con siete oros en los Juegos Olímpicos de México 68 y, desde entonces, dominan en las pruebas de media y larga distancia. Los kalenjin son el doce por ciento de la población keniata, pero entre ellos están más de tres cuartas partes de los mejores corredores del país. Un talento natural masivo que enriquece a la élite. La ligereza y economía de movimientos que dan sus piernas flexibles, muy largas, con pantorrillas, tobillos y extremidades muy flacas, caderas estrechas, el clima caliente y seco, la altitud que favorece la potencia aeróbica y la genética, dice Epstein, son una combinación ideal. El autor (es formidable su relato en la pista precaria de Iten) relativiza la tesis inicial del abigeato como entrenamiento clave de los kalenjin. Supuestas carreras de hasta 160 kilómetros para ganar prestigio y mujeres al retornar al pueblo con ganado ajeno. Epstein vuelve a Pitsiladis, el biólogo que, además de Jamaica, también recorrió Kenia. El legendario Wilson Kipketer, es cierto, tenía la escuela frente a su casa. Pero los niños kalenjines que sí corren kilómetros para ir a la escuela, dicen los estudios de Pitsiladis, tienen un treinta por ciento de capacidad aeróbica mayor. "Ayuda a los norteamericanos a competir en carreras de fondo -decía una publicidad irónica en Estados Unidos-, donando autobuses escolares a los niños keniatas."
Jamaica y Kenia no se han salvado estos últimos años del doping. Jamaica vivió un escándalo en 2013, con ocho positivos (entre ellos Asafa Powell y Veronica Campbell-Brown), renuncias masivas en la Agencia nacional antidoping (Jadco) y la revelación de que Bolt y sus compañeros no habían sido sometidos a un solo control sorpresivo en los tres meses previos a los Juegos de Londres 2012. El nombre de Bolt, aclaró la cadena alemana ARD, no está dentro de los cientos de campeones olímpicos y mundiales cuyos controles internos dieron resultados sospechosos que fueron ocultados en la última década. El atletismo precisa que Bolt, como sucedió el domingo en los 100 metros, vuelva a ganarle mañana en los 200 a Justin Gatlin. Los músculos del estadounidense, dijo esta semana Epstein, citando estudios recientes, podrían seguir viéndose beneficiados por los efectos de los anabólicos que le fueron detectados en 2006. Bolt es un ícono global del deporte. En Jamaica, gracias a él, los "Champs" pasaron a convertirse en el mayor espectáculo anual del país. Son los campeonatos nacionales del atletismo universitario. Cuatro días de competencia, cien institutos, treinta y cinco mil personas que colman el Estadio Nacional de Kingston. Los escolares corren desde los cinco años de edad soñando con ser Bolt, pero los universitarios más jóvenes tienen prohibido entrenarse todos los días y tampoco pueden levantar pesas hasta los 16 años. Nuevos centros buscan evitar éxodos tempranos al dinero del atletismo de Estados Unidos. Los genes, dice Espstein, influyen, pero no explican todo. También hay sociedades que engordan comiendo basura. Y hay otras que, en cambio, corren para sobrevivir..