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domingo, 20 de abril de 2014

Linchamientos en la literatura argentina ( Por José Pablo Feinmann)

 








Como la literatura, en sus orígenes, la escriben los cultos, las víctimas son ellos. Ningún culto, en el siglo XIX, escribirá el sacrificio de un pobre, de un bárbaro, ya que los cultos no son de linchar. Los cultos vienen a traer al país lo contrario de esa práctica deleznable. Los cultos tienen su espacio en la ciudad y la ciudad es el esprit de finesse, el lugar de los buenos modales, de la vida civilizada. El unitario de “El Matadero” se da de boca con su tragedia porque, precisamente, ha equivocado su camino. Tenía que ir a la ciudad, ese lugar al que él pertenece, en que es respetado, en que nada puede pasarle, y equivoca sus pasos. La historia de Echeverría es la historia de un extravío, pero no de los habituales sentidos con que esta palabra se usa. Se sabe que un extraviado puede ser un loco. Para no abundar en ejemplos, digamos: un hombre que ha perdido el camino de la razón. Así le sucede al unitario. Si bien, en una primera lectura, su extravío es territorial: equivoca su camino y termina en los parajes del matadero y no en los de la ciudad, en ese mismo extravío sale de la razón y entra en la barbarie.


Echeverría narra con mucho detalle el padecimiento del joven, la humillación a la que es sometido, su orgullo que nunca cede, la alegría de la “chusma”, la sangre que se derrama en ese matadero que no sólo es de bestias sino de seres humanos también, con algún propósito. Queda claro luego de leer el cuento que la “barbarie rosina” es ajena a la conciencia moral civilizada. Una de las preguntas que deja pendiente este cuento (que es muy bueno y cumple con todos sus objetivos sin escapar de la literatura) es qué se hará con esta gente el día que triunfen los que son lo Otro de ellos. Porque, en el planteo echeverriano, no hay alternativas, ni conciliación posibles. Ese antagonismo feroz no es dialéctico. Como no es dialéctica la contradicción civilización-barbarie, no hay una superación. No existe el aufheben (superar-conservando) hegeliano que permitiría llegar a una síntesis superior conciliadora que contuviera a los dos elementos antagónicos superándolos. Todo está pensado en términos de guerra. ¿Cómo contener, encauzar todo este odio? El bárbaro es el Otro absoluto del unitario. El unitario es el Otro absoluto del bárbaro. Así seguimos aún. Los que toman-un-café-en-Tolón son el Otro absoluto del que delinque o del sospechoso de hacerlo y siempre del que tiene “cara de chorro”. Hoy se mata por la cara. Se odia la cara morocha del llamado “negro de mierda”. Este personaje, que encarna la “negritud”, es el Otro de los ciudadanos de Tolón.
La semilla que plantó Echeverría sigue viva. No lo vamos a culpar, a enviar al infierno de los culpables de nuestra historia, nada de eso. El tenía sus motivos. Seguramente el episodio que narró es cierto. Pudo ocurrir en muchos ámbitos de la Confederación de Don Juan Manuel. No perdamos tiempo: matar, mataron todos. Tampoco vamos a entrar en estadísticas. Aunque nadie ignora quién ganó la guerra civil y (también se sabe) una guerra la gana el que más gente le mata al enemigo. Y el que menos consideraciones humanitarias tiene con él. De aquí que los revisionistas que siempre han exaltado la honorabilidad de Angel Vicente Peñaloza cuando, en el Tratado de las Banderitas, devuelve sus prisioneros con vida y pide los suyos a los porteños, quienes no los tienen porque los pasaron por las armas, deberán comprender por qué los porteños ganaron la guerra. Porque no tenían consideraciones de humanidad. El honorable Chacho era un hombre bueno. Pero los hombres buenos no sirven –en general y casi siempre– para la guerra.

Cuando Chacho les dice a los hombres de Mitre, ¿no éramos nosotros los bárbaros? ¿No eran ustedes los civilizados? ¿Dónde están entonces nuestros prisioneros? ¿Es posible imaginar que los han matado? Sí, los mataron a todos. Porque los hombres de Mitre representan un capitalismo neocolonial que hará un país terriblemente injusto y subalterno. Pero Angel Vicente Peñaloza representa un orden aún campesino, aún agrario y precapitalista. El filósofo agrario Martin Heidegger elegiría a Peñaloza, en caso de poder acercársele, olerlo. Diría que es el enemigo de esa modernidad que olvidó al ser y se entregó a la conquista de lo ente. Diría que el Chacho es la tierra, que no busca arrasarla, tecnificarla. Que no es hijo de la técnica, sino que, naturalmente, sólo por su condición de campesino, está más abierto al ser. Karl Marx diría que todas esas son pavadas reaccionarias. Que el progreso es el avance del capitalismo. Y ese progreso, con todas sus atrocidades, lo representa, en la Argentina, Mitre y Buenos Aires; así como en México Estados Unidos, potencia capitalista, representa el progreso ante los hombres de Santa Ana, pues EE.UU. penetrará en esas tierras con todo su vigor histórico, acabará con el feudalismo y surgirá de esa dialéctica espléndida el proletariado y su revolución liberacionista, la sociedad sin clases.

Los textos que siguen salen siempre de plumas cultas. La refalosa, de Hilario Ascasubi, poeta unitario, feroz enemigo de Rosas, es desagradable y exagerado. La exageración de estos textos es temible porque implica una advertencia: esto que Uds. hoy nos hacen a nosotros mañana se lo haremos a Uds. tres veces peor, lo menos. Importa señalar que, si bien hay sin duda un valor de verdad en lo narrado, el odio lo ha exasperado hasta el límite. El odio de las clases dirigentes argentinas suele ser inexplicable para muchos. Aun para ellas mismas. Por ejemplo, Adolfo Bioy Casares, comentando “La fiesta del Monstruo”, del que algo renegaba, decía: “El cuento está lleno de odio. Estábamos llenos de odio bajo el peronismo”. Tiene su explicación. Lo que no se tolera es que se le discuta algo que considera propio por historia y linaje. La clase media se suma a esto y quiere sentirse tan dueña del país como los dueños de la tierra. Habrá que entender que, aquí y en cualquier parte, para un burgués tener los odios de la oligarquía es sacar patente de distinción, de clase. “Yo odio lo que ellos odian, yo pertenezco a lo que ellos pertenecen. Somos iguales.” Para los días de hoy el siguiente ejemplo es perfecto. El burgués mediocre, de vida gris, de pronto descubre al inmigrante. Lo insulta y dice a todos: “Nos vienen a robar Argentina”. De ser nada súbitamente él es Argentina. Cualquier argentino que dice que un peruano le viene a robar el país se siente, de golpe, dueño de la Argentina. La gente necesita odiar. La oligarquía –por naturaleza– desprecia y por hábito (ante cualquiera que la contradiga con cierto grado de seriedad) odia. Bioy lo dice con abierta sinceridad: él y Borges estaban llenos de odio durante el peronismo. También –en los señorones de la oligarquía– está el asco que les produce que les solivianten a las masas. Sin embargo, aguantaron una década de grasada menemista sin chistar. Porque la juntaban con pala. El bolsillo manda.

Con los escritores de la burguesía que toman –desde su originaria libertad– partido por el proletariado empiezan a aparecer algunos textos en que los castigados son los poseedores. No sabría decir si “Casa tomada” de Cortázar es uno de ellos. El autor no había tomado partido por casi nada cuando lo escribió. Más claro –o demasiado claro– resulta “Cabecita negra” de Rozenmacher, que cita “Casa tomada” como antecedente de su texto, como si el mismo viniera a resignificar al de Cortázar. Aquí el agredido es un señor de clase media en ascenso y los que castigan un policía y una prostituta, si es que eso son. Se trata de un texto de 1961, se convirtió en un best seller y fue acremente reseñado por la revista Sur, que lo consideró peronista. Peronista o no, Rozenmacher nunca lo fue, aunque murió, desdichadamente, muy joven y muy absurdamente, el cuento toma partido por los morochos (o los cabecitas negras) y trata con desdén al protagonista, al que no deja de llamar “señor Lanari”, como hacen los malos polemistas con sus rivales. Importa su texto final porque refleja el odio de ese señor de clase media que ha sido injuriado por dos “negros de mierda”, según el eterno vocabulario clasemediero. “La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos (...) La fuerza pública (...) tenemos toda la fuerza pública y el ejército”. Sintió que odiaba... Y Rozenmacher, según los tiempos, termina con unas líneas amenazantes para los poseedores y esperanzadas para los negros: “Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada”. Más exactamente: las clases bajas y todos los que unieron su praxis política e ideológica a ese destino, lejos de estar tranquilos, sufrieron las salvajes persecuciones de las fuerzas que el señor Lanari invocaba para vivir tranquilo.


El texto que con mayor impiedad exhibe el padecimiento del proletario ante los niños de la oligarquía es “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini. Es posible, a causa de esa impiedad, que sea el más actual de todos. Lamborghini es un escritor difícil de leer. Puedo compartir las afirmaciones que Germán García ha hecho sobre el autor: “Burgués asustado”, etc. Pero, como él, no me quedo tranquilo. Siempre siento que he sido injusto. Que Lamborghini es más que un escritor que quiere horrorizar a sus lectores de clase media, ya que no hay otros. De todos modos, “El niño proletario”, si bien narra el padecimiento extremo de ese personaje, es precisamente, casi imposible de leer. Sobre todo por los propios proletarios. Hice la prueba, lo juro. Y siempre terminaron puteándome. Y que les leyera otra cosa, qué joder. Ignoro si “El Matadero” provocó en su tiempo lo que texto de Lamborghini provoca hoy. Llevamos cuarenta años de su aparición y aún es ilegible para los lectores masivos. Para los que, de todos modos, no lo escribió Lamborghini. ¿Es un gran cuento? Creo que no. Es valioso, sin duda. Pero es una explosión de los conflictos internos del autor. Que los haya unido a los del proletariado es un hallazgo excepcional. Paco Jaumandreu, en el film Eva Perón, le dice a ella, que se muere de cáncer en pocos días: “Señora, en este país de machos, ser pobre, ser puto y ser Eva Perón es la misma cosa” (Eva Perón, film dirigido por Juan Carlos Desanzo protagonizado por Esther Goris y con guión mío). El texto que he citado encabeza los panfletos o textos de la agrupación Putos Peronistas, que, dicen, se llaman así, porque “gay es de garcas”.

domingo, 28 de agosto de 2011

La revolución comunicacional (Por José Pablo Feinmann)


El tema elegido es un tema central en el mundo en que vivimos: los medios de comunicación. En el siglo XIX, Marx profetizó una revolución que puso en manos de una clase social: el proletariado. Esa clase social iba a funcionar como una clase redentora de la historia. El proletariado industrial que Marx creía que iba a ser el proletariado industrial británico, iba también, junto a la unión de otros proletariados de otros países, a llevar a la humanidad a una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, en la cual el cordero dormiría junto al león.
Esa revolución, el proletariado la iba a hacer contra la burguesía. Así como la burguesía había hundido al feudalismo, el proletariado habría de hundir a la burguesía. Sin embargo, no pasó así. Más bien, quien hundió al proletariado –aun no del todo pero en eso todavía está muy empeñada- fue la burguesía capitalista. La misma que a partir del 1989, cuando cae el Muro de Berlín y se establecen los 10 puntos del Consenso de Washington y se lanza la etapa neoliberal, hace finalmente la revolución. Pero la revolución no consiste tanto en haber derrotado al comunismo sino en alzar triunfalista el poder de los medios de comunicación.
Primera conclusión: no es que no haya habido una revolución en el siglo XX. Hubo una, y triunfante. La hubo y la hizo la burguesía. Hablamos de la revolución comunicacional, la de la técnica, la de glorificación de la tecnificación del mundo y de la comunicación entre los hombres, y que tiene por finalidad colonizar la subjetividad de los sujetos.
La idea de Foucault en su trabajo Sujeto y verdad, es la de jugar con las dos palabras: sujeto-sujetado. La palabra sujeto que hace referencia a la subjetividad y a la dignidad del sujeto libre, esbozado en la filosofía sartreana en El ser y la nada y en Críticas de la razón dialéctica, dos grandes obras filosóficas del siglo XX. Ese sujeto libre es hoy el objeto de la revolución comunicacional. Se trata entonces de sofocarlo, de poner en él las ideas del poder. El poder comunicacional tiene como finalidad la colonización de los sujetos: ¿Hay una verdad en este mundo? ¿Existe la verdad? ¿Hay una verdad única? ¿Hay una verdad para todos?
Durante la Edad Media eso estaba claro: el revelador de la verdad era Dios, y la encargada de diseminar la verdad del dios cristiano era la Iglesia católica. La verdad era la que revelaba Dios. Hoy, ante la persistente ausencia de ese dios medieval ¿dónde está la verdad? ¿quién la tiene?
Es complejo, pero no tanto. La verdad es una creación del poder, de quienes tienen más medios para imponer su verdad como una verdad absoluta. Si yo en un país cualquiera soy propietario o tengo intereses en diez diarios, veinte radios y cinco canales de televisión, con esas armas, tengo muchas bocas de salida para emitir y amplificar mi verdad a través de esos medios de comunicación.
A la mañana usted lee mi verdad porque yo soy el dueño de los diarios de la mañana. A la tarde, escucha también mi verdad en las radios de mi propiedad. Yo tengo un monopolio mediático, muchas bocas que emiten y repiten lo que a mí me interesa que sea emitido y repetido. Es decir: los medios son la mediación -valga el juego de palabras- por la cual el monopolio mediático impone la verdad. Y esa verdad favorece a sus intereses. Siempre. No hay verdad que no esté al servicio de los intereses de aquel que quiere imponerla.
La existencia es una lucha de verdades. Hay una frase de Nietzsche, del cual soy adherente, que dice: “No hay hechos, hay interpretaciones”. O sea: de cada hecho habrá tantas interpretaciones como grupos interesados en interpretarl que existan en la realidad. Si yo consigo dominar o tener la mayoría de los medios de comunicación, de cada hecho, de cada suceso, voy a imponer mi opinión por sobre todos los demás, hasta llegar al triunfo total del poder mediático: la creación del sentido común.
El sentido común es la gran conquista del poder. Es cuando todos repiten, muchas veces sin pensar lo que repiten, lo que al poder le interesa que digan.
Estamos muy acostumbrados a que existan muchísimas concepciones ya formadas, frases hechas, interpretaciones incorporadas, que son las del sentido común. La lucha por la verdad es la lucha por el dominio de imponer mi interpretación de la realidad por sobre la del otro. Entonces, cuanto más bocas de salida informativa, de entretenimiento, de todo lo que sea masivo yo tenga, más fácil me resultará imponerme sobre el otro. El poder es conquistar, es conseguir que mi verdad sea la verdad de la mayoría, y si es posible, de todos. Esta es una lucha que todos los medios de comunicación están empeñados en ganar, y es el gran triunfo de la burguesía mediática del fin del milenio y sobre todo de esta primera década del siglo XXI.
Cuando por ejemplo, Jean Baudrillard –filósofo francés- escribe “la Guerra del Golfo no ha tenido lugar” es porque nosotros de la Guerra del Golfo sólo hemos visto fuegos artificiales. ¿Por qué? Porque el poder mediático nos mostró eso. Nos diagramaron, nos dibujaron, nos penetraron, nos conquistar la conciencia. La estrategia consiste en que el otro no piense sino que todo lo que reciba de información sea pensada e interpretada por el poder. Este poder mediático reside en el Imperio. Y ahí están Murdoch, la Disney, la News Corporation,Silvio Berlusconi...
Ahora entramos en un tema complicado, que se resolvería con un poco de sentido común. ¿Existe el periodismo independiente? Partamos de la base obvia de que no hay empresa periodística que no sea una empresa. En consecuencia, el periodista que entra a trabajar en ella, entra sabiendo de antemano para qué intereses va a trabajar. Cada empresa se constituye con determinados capitales y con determinada ideología. Porque el dinero tiene ideología. El dinero no es a-ideológico. Todos los que ponen dinero tienen una manera de pensar. Ahora, salvo que alguien entre a trabajar en un medio lateral, clandestino, hecho en el sótano de alguna abuela, cuando un periodista trabaja en una empresa de medios que tengan influencia decisiva sobre la opinión pública, para poder formarla, deformarla, transformarla o aniquilarla, está destinado a “obedecer” a los intereses que conforman esos medios. Ejemplo: cualquier periodista que entre en un medio, habla primero con el director periodístico, que no es el dueño de la empresa sino simplemente un tipo que hace una tarea burocrática muy bien hecha, que tiene autoridad, gran experiencia profesional y demás virtudes. Pero habitualmente el periodista empleado desconoce quiénes son los dueños de los medios y no tiene relación con ellos. Este periodista entra, y el director le dice: “Acá se labura mucho, vas a estar bien, vos trabajá”. Entra en la sección Espectáculos, para seguir con el ejemplo. El jefe de Espectáculos le dice a su vez: “Andá a ver Acariciame el traserito, Raúl, una obra culta que acaba de estrenarse en teatro”. El periodista pregunta: “¿Puedo ir a ver también Hamlet?”. El Jefe insiste: “No, andá a ver esta y danos tu valiosa opinión”. El periodista va a verla, y observa que es una basura. No hubiera querido ver lo que vio. Vuelve a la redacción, se sienta frente a su computadora y escribe lo que le pareció la obra. “Una vez más la banalidad y la grosería se han adueñado de una de las salas porteñas, y cunde el mal gusto, sin talento, el autor no sabe escribir…” Cuando el jefe de Redacción la lee, va empalideciendo y le dice: “¿Estás loco? Vos no sabés que Acariciame el traserito, Raúl, lo produce este diario? Si lo produce el diario, no podés describirla así, por lo tanto si querés seguir laburando en este diario hacés otra crítica o rajate, no podés decir esto de una obra que produce este diario, porque este diario quiere que a la obra le vaya bien, asi los dueños ganan más guita, y a lo mejor nos suben los sueldos a todos. Me pones nervioso con tu pretendida libertad individual. Venís a tirar abajo una obra, sí, será una basura, pero la produce esta empresa”.
“Ok. Escribo otra cosa”, dice el muchacho. Escribe algo. Los lectores avispados, se dan cuenta del negocio encubierto que esconde el diario y que trasciende sus páginas, pero la mayoría, los que están “boludizados” por los medios, el 90 % más o menos de la sociedad, se lo cree. Entonces un marido cualquiero le dice a su mujer: “Querida, mirá, acá hay una crítica bárbara en este diario sobre la obra Acariciame el traserito, Raúl. ¿Vamos a verla?”
En El ciudadano, la película de Orson Welles, hay una escena extraordinaria: el personaje Charles Foster Kane, que hace Welles, basado en el magnate de la prensa Williams Randolph Hearst, que dirige el diario Inquirer, un medio con gran poder sobre la sociedad neoyorquina sobre todo, quiere imponer a toda costa a su mujer como cantante de ópera. La mujer se llama Susan Alexander. El tipo le pone grandes maestros de ópera a su disposición, y todos se rinden ante la falta de aptitudes de ella. Cuando están por rendirse, entra Foster y les dice que sigan, que insistan, que le enseñen. Como les paga muy bien, los tipos siguen. Se estrena la ópera. Susan Alexander canta, y el periodista crítico de música del diario de Kane, mientras la escucha, se da cuenta que es pésima, que es una imposición, una arrogancia del poder megalómano de Kane, del tipo que dice, “hago lo quiero, les haré comer que mi mujer es una gran cantante de ópera, porque yo dirijo este diario y porque hago lo que quiero con la realidad: mi mujer será una gran cantante de ópera”. El periodista, vuelve a la redacción del Inquirer, borracho, angustiado, porque tiene que hacer su trabajo sucio. Susan Alexander le pareció una calamidad: no puede cantar ni el arroz con leche, y él sabe que su jefe quiere que salga publicado que es eximia de la lírica. Pero no lo puede decir, su honestidad no se lo permite, y sabe que entonces perderá su puesto de trabajo del que vive. Se sienta a su máquina y empieza a escribir: “Hemos visto un espectáculo deprimente en el Teatro de la Ópera, donde una cantante mínimamente dotada intenta arias destinadas a grandes cantantes que ella no puede abordar de ningún modo…”. Vencido por el alcohol, se cae sobre el teclado de su computadora. Entonces entra a la redacción Charles Foster Kane, y lo ve a su amigo borracho sobre la máquina, lo aparta afectuosamente porque son amigos –con él fundaron el diario- y comienza a leer lo escrito. Se sienta, y sigue escribiendo la nota él. Llega el jefe de redacción del diario, y le dice: “Charles: ¿qué estás escribiendo? Estás escribiendo lo que él no habría escrito, que Susan Alexander es una gran cantante, y vas a poner la firma de él y lo vas a traicionar porque jamás habría escrito esto. Kane no le dice nada, sólo sigue escribiendo. El otro se asoma y lee. Kane escribió exactamente la nota que habría escrito su amigo. Escribió: “Susan Alexander es una cantante escasa, mínimamente dotada, ha destrozado la obra, y no tiene futuro porque carece por completo de talento”.
Este gesto de grandeza no es habitual en los medios de comunicación poderosos e influyentes. No lo esperen. Pasa sólo en las películas. En general, a este periodista que escribía esto, lo echan del diario como a un perro y llaman a otro que escribe algo exasperadamente meritorio.
Entonces: ¿existe el periodismo independiente? No. Las que son independientes en este mundo, son las empresas, pero no crean que cada empresa a su vez es independiente en sí misma. Las empresas ya no existen. Existen los monopolios. El capitalismo del siglo XXI es un capitalismo monopólico. El mercado libre tampoco existe porque es devorado por las grandes empresas. No existe la libre competencia, porque ésta es eliminada en beneficio de la concentración empresarial y la creación de oligopolios, hasta que el mercado queda reducido a un grupo de cuatro o cinco grandes grupos que lo dominan por completo, que fijan precios, que se ponen de acuerdo con la política que hay que adoptar, comparten hasta los títulos, y hasta pueden llegar a aburrir a sus lectores sin que les importe demasiado.
Es horrible leer dos o tres diarios y ver en todos lo mismo. Cuando esto ocurre, puede ser contraproducente, porque se genera un efecto paradojal: empieza a erosionarse la credibilidad de esos grandes medios monopólicos de comunicación.
Entonces: no existe el periodismo independiente ni tampoco las empresas independientes. Lo que existen son los grandes grupos mediáticos. El señor Murdoch tiene el Canal Fox, el Times, el New York Times y montones de negocios que todos desconocemos: no sabemos cuántas acciones tiene en grupos mediáticos de la Argentina, pero no sería raro que tuviera el 51 %, con lo cual conseguiría dominar también a esa empresa. Se dice además que Murdoch es quien dirige a la Sociedad Interamericana de Prensa, lo que indicaría que habría que hacer algo con la SIP, porque si realmente la dirige Murdoch, nadie debería creer que la SIP favorezca a los países de América del Sur.
Volviendo al periodismo independiente puede existir sólo cuando se producen algunas filtraciones, algunos descuidos, o cuando es bien aceptado por la sociedad. Por ejemplo: puede ocurrir que haya momentos de mayor tranquilidad política que los actuales, quizá porque se están tocando algunos intereses, pero en determinados momentos puede ser que un diario muy importante de derecha diga: “necesitamos incrementar nuestras ganancias”, y entonces algún brillante ejecutivo, -como Michael Douglas en el filme Wall Street- le conteste: “ Mire, hay un mercado para ganar, casi 600 mil personas, todas de izquierda. Es una lástima despreciarlos como lectores”. El director del diario, atado a viejas concepciones, le dice: “ ¡Pero son zurdos!”. “Sí, zurdos, pero no pasa nada, podemos ganar guita con éstos. Le hacemos un diario, les financiamos un diario y que digan lo que quieran. No va a pasar nada, porque no serán nunca influyentes, y nosotros vamos a captar un mercado sin dejarlo librado a nadie. Hay algunas cositas estudiantiles, pequeñas cooperativas, hagámosle un buen diario, que digan lo que se les cante, que debatan los intelectuales con buenas plumas sobre Marx”.
Así, un diario de derecha financia a un diario de izquierda porque capta un mercado que no lo tenía cautivo. Sale el diario, obviamente no se dice qué intereses lo financian y cuáles son sus objetivos reales.
Si yo fuera el director de un diario de izquierda y viene un empresario o un sector política de la derecha a decirme le pongo dos palos verdes para que usted haga un diario de izquierda, porque yo necesito las ganancias de ese mercado, yo acepto porque sino no podría sacar el diario. Y apelaría a que me financie mucho tiempo, y mientras tanto podré seguramente encontrar alguna hendija a través de la cual decir algunas verdades. Y uno nunca sabe cuándo una verdad prende o no prende, cuándo escapa a los controles del radio intelectual del poder, de modo que acepto y saco el diario. Pero ese diario no es periodismo independiente.
Te dejan, por momentos, ser independiente. Cuando se dan cuenta que los empezás a joder, se acabó la independencia. Ahí encontrarán algo para ensuciarte, porque una de las grandes maniobras que ejerce el poder mediático y la concentración de ese poder en pocas manos, es la de aniquilar a otro medio o a una persona determinada. Y para ejemplo tenemos el caso del doctor Raúl Zaffaroni, juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, contra el cual se han lanzado los medios hegemónicos a aniquilar esa figura eminentemente moral, nombrada es cierto por un determinado gobierno, pero una figura autónoma, digna, coherente, defensor de los Derechos Humanos.Pero el objetivo de los monopolios nacionales fue aniquilar a un tipo que está siempre tocando intereses. Porque mientras uno no toque intereses lo van a dejar hablar y hasta le pueden financiar un diario, pero cuando lo que uno hace fructifica, aviva a demasiadas personas, ahí la cosa se va poniendo más compleja. No digo violenta, pero la financiación ya no va a venir: la empresa líder que financiaba va a echar al sujeto que dice inconveniencias a través de su pluma ágil o su micrófono y lo mandará a su casa. Aquí su libertad se terminó.
El periodismo libre que tenga alguna influencia importante en la sociedad, es parte siempre de grandes empresas, donde no hay libertad del individuo. Lo que existe es la libertad de los intereses de esas empresas. En consecuencia, los periodistas que no estén dispuestos a expresar o al menos no atacar los intereses de quienes los contrata, van a permanecer. Aquellos que se salgan de una línea divisoria claramente establecida desde el principio, se van a tener que ir.
En cuanto a las empresas, tampoco siquiera sabemos cuáles son las independientes. Si bien en algunos casos podemos saber quiénes son los dueños, desconocemos quiénes son los dueños de los dueños de los dueños. Y esa es una cadena, en un mundo globalizado como este. No sabemos dónde está el dueño de un diario, quizá en Japón, en Islandia, en China. Charlaba hace poco con un alto funcionario de la empresa XEROX y me dijo algo que me quedó grabado y que dejo como conclusión a este análisis: “Cualquier cosa que yo decida esta noche, tendré que consultarla con un hombre que está en un país remoto, y que probablemente ni siquiera sepa dónde queda la Argentina”. <

martes, 3 de agosto de 2010

Duhalde en la Rural (Por José Pablo Feinmann)


La vida (ha escrito Héctor Tizón) no se mide en años, sino en asombros. Dios nos conserve entonces a la Sociedad Rural y al señor Biolcati. Ayer nos han entregado asombros casi como para aspirar a la inmortalidad. El señor Biolcati le ha robado el discurso a la izquierda. Esa pregunta que tanto se ha formulado en relación con el kirchnerismo (¿hay algo a su izquierda?) ha perdido vigencia. Ha sido ampliamente respondida. Su formulación ha perdido sentido. A la izquierda del kirchnerismo está la Sociedad Rural. Ni el Proyecto Sur ni el PO. Sería difícil ver a sus representantes tan preocupados, casi en estado de lamento continuo, conteniendo lágrimas de dolor e indignación, como se lo vio al veterano trosco Hugo Biolcati en el atril de la Rural. Ahí pronunció un discurso bien escrito (vaya a saber qué pluma al servicio de la patria se encargó de esa tarea, pero si la patria, que es el campo, llama, hay que acudir) pero plagado de mentiras asombrosas.

Son tan intensos los asombros que esas mentiras han despertado en nosotros que –como dijimos– si la vida se mide por ellos tenemos años por delante. Sé que todos vamos a andar escribiendo de esto. Pero hay que comprender: pocas veces se ofreció a la ciudadanía un dislate tan profundo.

Primero) Mayo se hizo por y para el campo. No en vano Moreno escribió la Representación de los hacendados, esa apología del librecambio para posibilitar los negocios con Inglaterra. El “otro” Moreno –el que tanto entusiasma a los nacional populares– no existe para Biolcati. Además, cada día se prueba con más certidumbre que el Plan de Operaciones es apócrifo. ¿Qué queda, entonces, de la gesta de Mayo? El librecambio con Inglaterra.

Segundo) El campo fue creciendo y muy pronto se vio que era la fuente principal de recursos que tenía el país. José Hernández (no citado por Biolcati) habrá de decirlo: “Vale tanto un vellón de oveja como una máquina fabricada en Liverpool” (cito de memoria). Se llega así al glorioso Primer Centenario. ¡Que se sigue honrando en la Sociedad Rural! Eramos el “granero del mundo”. El primer país exportador de América latina. Lugones escribía su Oda a los ganados y las mieses: “Allá la vaca fértil como el campo/ su sustancia elabora/ en el músculo, en la ubre y en la pella,/ con una grave plenitud geórgica/ Si anda, parece que en su marcha pende/ el talego del rico, si reposa/ su aspecto familiar de cofre tosco/ es la seguridad del pobre./ La honda paz de los campos en su ser vegeta” (Ver: Odas seculares).

Así, Biolcati fija el momento esencial de la grandeza argentina en el primer centenario. Ese centenario que fue la fiesta de ellos. La fiesta ajena. La fiesta de la oligarquía y la celebración de la inextinguible riqueza del campo, del granero del mundo. Pero luego el país empieza a extraviarse. Uno cree que Biolcati va a empezar a ladrar contra el peronismo, según es habitual. ¡Pero no! ¿Cómo va a hacerlo si ahí, a pocos metros está sentado don Eduardo Duhalde? Don Eduardo y su Chiche: ahí están. En la fiesta de la Sociedad Rural, entidad que tan bien se llevó siempre con el peronismo. (Y todavía mejor con el gaucho Menem, que les dio todo lo que le pidieron y más.)
Que esté Duhalde es serio. Que esté Macri no importa. Que esté la trajinada Mesa de Enlace tampoco. Al señor Buzzi –uno conjetura– en cualquier momento sus bases se lo comen, cansadas de ir detrás de los proyectos de los poderosos, cansadas –como dice un amigo que suele utilizar un lenguaje algo directo, que desapruebo– de ser usadas “de forros” por los grandes terratenientes. Pero está Duhalde.

Sigamos –por ahora– con Biolcati. Lo que dice a continuación es tan asombroso que tal vez nos conceda la eternidad de tanto que lo es. Porque si la vida se mide en asombros, el que Biolcati nos dio cuando dijo que la culpa de la desgracia argentina la tenían los golpes de Estado que habían derrocado a gobiernos constitucionales fue la joya de la jornada. ¿En serio, señor Biolcati? ¿Fueron los golpes militares los que arruinaron la prosperidad y el crecimiento argentinos? Pero si todos esos golpes contaron no sólo con el apoyo de la Sociedad Rural, sino que algunos se planearon bajo el calor de sus lujosas residencias. Caramba, ¿hasta dónde es posible mentir? Este es un tema teórico: ¿cómo es posible mentir hasta un límite ya lindante con el delirio? ¿Cómo alguien puede decir tan abiertamente algo totalmente contrario a la facticidad de la historia, fácilmente refutable con cualquier diario de cualquier época cercana a un golpe de Estado? ¿Con qué se cuenta para algo así? ¿Con la mala memoria de la gente? ¿Con su estupidez? ¿Con sus intereses? ¿Con su mezquindad? ¿Con la certeza de que la mentira no importa en la política si sirve para acumular poder? “Mil repeticiones hacen una verdad.” “Mientan, siempre algo queda.” Es posible. ¿Pero tanto? ¿A quién le habla Biolcati? ¿A qué idiotaje insalvable cree que se dirige? Ni Morales Solá le va a creer algo así. Pero eso no importa. No tiene que creerlo. Tiene que confirmarlo. Lo que crea es secundario. Lo que importa es que hoy diga que es verdad. Dentro de todo, en algún punto hasta es tranquilizante que Biolcati afirme eso. Reniega de los golpes de Estado. Los está descartando para el presente. No olvidemos que con Grondona –en televisión– planeaban un golpe a cara descubierta y entre risitas cómplices. Estos muchachos.


Pero la cumbre de la impostura, de la impúdica patraña, llegó con la preocupación –acaso conmovedora por lo que conlleva de autocrítica, ¿o no?– por los pobres. La Sociedad Rural ha incurrido en la “opción por los pobres” tal como algunos maltratados representantes del sacerdocio católico. Biolcati habló del hambre, de la pobreza, de la exclusión. Notable: ellos fueron los que crearon el hambre durante la fiesta de los noventa. Ellos y los altos financistas y ese imperdonable Partido Justicialista y ese sindicalismo de traidores a sus bases que se hincaron ante Menem, que se vendieron, que dijeron sí a todo. Biolcati, con la convicción de un sindicalista combativo, denunció el hambre que arrasa el país. Se puso a la izquierda de todo y de todos. Quienes quieren ocupar esa franja deberán denunciar esta impostura. Hay que decirlo claro: quienes crearon a los hambrientos por su sed infinita de ganancias no tienen derecho a hablar del hambre.
Pero ahí estaba Duhalde. También Macri, pero no importa. Es un perdedor. También De Narváez, pero no importa: es un ET. Pero Duhalde sí, él importa. Es en el peronismo donde las batallas se van a librar. Nadie puede gobernar (hoy, todavía al menos) este país sin el apoyo del aparato peronista. Duhalde controla una buena parte. ¿Quién es Duhalde? Es un político que fue al acto de la Sociedad Rural. Alguien que sorprendió a todos hablando amablemente de los militares desaparecedores y pidiendo se les conceda la libertad. O que cesen los juicios. Alguien que presentó el libro de Alberto “Tata” Yofre (el último: el que festeja la represión clandestina que Perón ejerció sobre la Tendencia durante su oscuro y, en efecto, clandestino tercer gobierno). Yofre es, también, ese autor que lee Alfredo Astiz, que se presenta con su libro en las audiencias y lo pone a la vista de todos: “Señores, yo leo esto”. Acaso Duhalde lo ponga de ministro del Interior o le restituya el puesto de jefe de la SIDE que tuvo con Menem. Esto es más posible. En suma, toda la llamada “oposición” tiene su verdadera fuerza, no en los medios, no en la Sociedad Rural, no en esos patéticos políticos que ponen la cara por ella, sino en el aparatismo duhaldista, parte importante del aparatismo peronista. La otra parte del aparato la tiene Néstor Kirchner, que es un tigre para dar esas batallas. En suma, las elecciones de 2011 (al margen de las caras visibles que se presenten como “candidatos”) deberán elegir entre Kirchner o Duhalde. Biolcati y la Sociedad Rural –ayer– eligieron a Duhalde. Un peronista. El ex vicepresidente de Carlos Saúl Menem. ¿Esperarán otra fructífera década neoliberal como la que disfrutaron con el riojano en los noventa?

lunes, 20 de octubre de 2008

La educación argentina (Por José Pablo Feinmann)


Hay frases que deben agradecerse. Hay personajes que no pueden dejar de ser lo que son y, por consiguiente, en algún momento se les escapa la verdad. Tan hondamente la llevan en sus corazones. Hacemos referencia al señor vicepresidente de la CRA (Confederaciones Agrarias Argentinas). No sólo dijo algo que pensaba, algo de su historia personal, de su infancia tal vez, hizo una síntesis admirable de la educación argentina desde 1880 hasta el presente. Acaso algo haya cambiado. Pero es difícil cambiar las cosas en ese ámbito. Tan cerrado está, tan estructurado, que todo cambio es “subversivo”.

El personaje se llama Néstor Roulet. Un argentino como cualquier otro, que se educó en la escuela argentina, bajo sus valores, bajo su visión de los hechos. Se trata de un militante agrario. Un hombre con fe en la tierra y en Dios. Su fe en Dios la manifestó por medio de su fe en la Virgen, que, Santa Trinidad mediante, es lo mismo. Dijo: “Después de 120 días en la ruta, luchando, parando y gritando, evidentemente hubo una mano de arriba que nos iluminó. Detrás de esa mano estuvo la Virgen María, pidiendo por todos los productores argentinos”. Tal vez sea más razonable decir que la mano que los iluminó no vino “de arriba”. Aunque si tenemos en cuenta que esa mano fue la del vicepresidente del partido al que enfrentaban, hombre que cumplía, en tanto tal, su función de presidir el Senado, hombre que había llegado ahí por elección del partido gobernante, y que, súbitamente, da una voltereta y les vota a favor a los agraristas, no puede caber duda alguna: alguna iluminación celestial tuvo lugar ahí. Sí, detrás de la mano de Cleto estuvo la de la Virgen. Es asombrosa la intervención de los dioses en los momentos decisivos de la vida argentina. La “mano de Dios” fue la que hizo el gol de Maradona ante los ingleses, que vengó la deshonrosa derrota del Ejército del majestuoso general Galtieri en Malvinas. Un Ejército formado por jovencitos vejados por sus superiores más que por el enemigo y del que hasta la fecha se han suicidado 290 ex combatientes. Pero “la mano de Dios”, que empujó la de Maradona, lavó el honor argentino. Ahora es “la mano de la Virgen”. Que, sin duda, empujó al Cleto a su célebre voto “no positivo”, ejemplo de la palabra dada a los compañeros de fórmula, aquellos a quienes decidió unirse, pero también ejemplo de que la libertad es la esencia de la política, de modo que si uno tiene ganas de no actuar según había prometido hacerlo y decide hacer lo contrario es porque es libre, sépase esto bien, pues se trata de un nuevo principio: la traición es la expresión suprema de la libertad. Porque todo aquel que traiciona se libera, ante todo, de la palabra dada. ¿Qué es eso de someterse a lo que uno ha dicho? Uno es libre. Y un hombre libre dice algo hoy y mañana otra cosa. De modo que nadie espere nada de la “palabra de honor” de otro. Bah, ¡esas antigüedades! La “palabra de honor” ata al ser humano a algo que dijo en el pasado. La “traición”, en cambio, lo mantiene en estado constante de libertad. De decisión, de elección permanente. Si quieres tener a tu lado a un hombre libre, no exijas mi “palabra de honor”, déjame ser libre. O sea, clavar mi puñal en tu espalda siempre que se me antoje. Morirás, pero a manos de un hombre libre. Esta es la ética-Cleto.
Me he tomado la libertad de apenas esbozarla, pero prometo darle más desarrollo porque es, en verdad, revolucionaria. Bien, según Néstor Roulet, que es el vicepresidente de CRA (Confederaciones Rurales Argentinas), la Virgen María ha pedido por todos los productores argentinos.
Esto es secundario. Roulet dijo algo mucho más importante. Habló de su maestra de historia. Y –suponemos que con cierta nostalgia por esos años escolares de plenitud– dijo que ella le enseñó que la grandeza de esta patria que habitamos había sido hecha, era debida a tres instituciones: la Iglesia, el Ejército y el campo. Instó a la población en general a “activar eso” porque con esas tres instituciones y el resto de lo que hay en el país la Argentina debiera ser “realmente un país grande”. La Argentina es un “país grande”. Difícil saber qué clase de grandeza tiene. Pero que es grande, lo es.
Y lo que Roulet cuenta de su buena maestra es cierto. Esa es la educación que todos, no sólo él, hemos recibido: la Argentina se inicia en 1810 y ya se había insinuado en las gloriosas jornadas de 1806 y 1807 donde pueblo y Ejército, juntos, echaron al invasor colonialista británico, al que luego el señor Roulet y sus amigos le vendieron la carne durante larguísimos años. En 1810, un abogado con marcas de viruela y un militar, Saavedra, hacen la llamada Revolución de Mayo. En 1820, anarquía. Porque los caudillos bárbaros del interior atan sus cabalgaduras en la Plaza de la República. En 1826, el constitucionalismo de Rivadavia, el “más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, según dirá el general Mitre, y nuestro primer empréstito: la Baring Brothers se pone al servicio del desarrollo argentino. En 1828, Lavalle, mal aconsejado, fusila a Dorrego. Pero sólo porque fue mal aconsejado. En 1830, la primera tiranía. Rosas y la Mazorca. Los Libres del Sur, que eran buena gente de campo, se rebelan contra el tirano. La gente de honor huye a Montevideo. En 1852, otra vez la libertad, gracias a los ejércitos del general Urquiza. En Pavón, el general Mitre vence a Urquiza y se afianza la organización nacional, que se consolida en 1880, con el militar Roca, que conquista el desierto y reparte la tierra a poca gente pero buena, de su familia y de algunas otras, todas de gran alcurnia. En 1910, el primer centenario. Somos el granero del mundo. El país de los ganados y las mieses que canta Lugones. Este es el gran momento. La “patria de nuestros padres y abuelos”. Aquí la maestra del señor Roulet se habrá detenido largamente a explicar el momento cumbre de la Argentina. Luego, la inmigración. Alguna, laboriosa. Otra, no. Para los no-laboriosos: Ejército. Para los laboriosos: jornales, mendrugos, pero el honor de vivir en el gran país del Sur. La tierra sigue dando sus frutos. Es la patria. En sus entrañas reposa el ser nacional.
Luego, la crisis del ’29. El proyecto agrario se derrumba. Era una caricatura de país. Pero no: Julito Roca negocia las carnes con Inglaterra y a seguir. Sustitución de importaciones. Y en seguida un grave inconveniente: ese general Perón, un enemigo del campo. La segunda tiranía. El campeón de las retenciones a través de un organismo totalitario: el IAPI. Pero ahora sí, más unidos que nunca, el campo, la Iglesia y el Ejército salvan al país. El tirano huye. La libertad vuelve a reinar. Hasta que regresa traído por un movimiento juvenil subversivo–marxista. Pero se muere. Y otra vez: la Iglesia, el Ejército y el campo y un señor de Acindar, Martínez de Hoz, hacen tronar el escarmiento. El campo aplaude, disfruta, se siente seguro y hace grandes negocios. La Iglesia consuela el corazón atormentado de los patriotas que tienen que hacer esos vuelos necesarios pero que solían incomodar a ciertas almas no tan seguras de la misión de la patria en ese momento. Ahí, la Iglesia: “Hijo mío, has hecho lo que Dios te ordenó hacer. No sufras. Si la patria te exige que arrojes jóvenes vivos al río color de león, tú lo haces. Te absuelvo por toda la eternidad”. Y el Ejército, que estaba muy bien preparado (por la OAS y la Escuela de las Américas) para limpiar al país de la escoria antioccidental y anticristiana, lo hizo. Y luego esa heroica gesta de Malvinas, que nuestro pueblo apoyó (y si no vean esa Plaza de Mayo vivando al Ejército en la persona del general Leopoldo Fortunato Galtieri, vean ahí a nuestro pueblo de Mayo sosteniendo otra gesta contra el imperio que buscó someternos en 1806 y 1807) y perdimos pero volveremos. Y luego la democracia (en la que nunca nos vimos muy cómodos pero que se amoldó a nosotros maravillosamente). Alfonsín se hizo el difícil durante dos años e injurió a los héroes de la guerra contra el marxismo, pero vino ese peronista magnífico, Carlos Menem, y nos dio todo lo que queríamos y se llevó todo lo que él pidió, para él y para sus fieles compinches, que eran muchos. Total, esto da para todo. Lo único necesario para que sea así es que los que no son nosotros se mueran de hambre. Grandes días los del señor Menem, hombre de campo al fin y al cabo. Hombre del interior. Y ahora estamos otra vez atacados por la escoria nacionalista, estatista, montonera, marxista y enemiga de la patria y de la tierra. Pero el pueblo, como en las grandes jornadas de la patria, sigue a nuestro lado y lo demostró. En esas cacerolas de este otoño cuya grandeza nadie podrá narrar volvió a escucharse el repiqueteo glorioso del tambor de Tacuarí.
Esta es la historia que le enseñaron a Roulet en la escuela. La historia que él creyó porque era la de los suyos. La que siempre se enseñó. La que todos tuvimos que aprender. La que nadie se atreve a modificar. La naturalmente argentina. Debo confesarlo: le tengo una enorme envidia a Roulet. El es un argentino, no yo. Ni yo ni todos esos que andan por ahí, con apellidos raros o con colores de piel tirando a negro, a carbón, a tierra, no de campo fértil, sino de basurero, de baldío. Yo ando estos días medio vanidoso porque publiqué un libro de filosofía de casi mil páginas. Pero qué idiota: ¿qué le importa eso a Roulet? El tiene mucho más. No necesita hacer nada. El país es suyo. Uno escribe mil páginas porque tiene un apellido de judío de mierda y tiene que justificarse de algún modo. Hacerse un lugar. ¡Hola, aquí estoy! Me eduqué en Viamonte 430, de donde salían marxistas a montones. No me gusta la tierra. Y creo que la oligarquía, la Iglesia y el Ejército hicieron un país para ellos, un país, diría si me permiten, de mierda y que mataron con inenarrable crueldad siempre que se vieron en peligro. Pero no. No debo creer eso. ¡Qué lindo sería creer lo que creen ellos! El país lo hicieron la Iglesia, el Ejército y el campo. Creer lo que cree Roulet. Sentirse así: con los pies sobre la tierra de uno. Con una identidad poderosa. ¡Con mucha guita, caramba! ¿Cuánto creen que voy a ganar con ese podrido libro de mil páginas? Nada. Lo que Roulet gana con media res. Lo que le paga a un peón, al que encima después lleva a sus manifestaciones patrióticas, con bandera y todo. Para colmo, las librerías hacen enormes pilas con un libro de Savater, que pretende ser de filosofía. O se vende a patadas una huevada infernal de un agroperiodista que dice cómo vivir mejor y más seguro y más pleno. Y si esos libros se venden más es porque los compra Roulet, él y los suyos. Que saben muy bien qué leer.
Ahora, lo justo es justo. Soy un resentido. Reviento de la envidia. Pero puedo jurar algo. Nunca se me daría por creer que la Virgen o el Mesías o Buda o Mahoma... Pero no: no derivemos. Roulet dijo: la “Virgen María”. Nunca se me daría por creer que una mano me ilumina desde arriba, y que detrás de esa mano está la Virgen María pidiendo por todos los pobres filósofos argentinos. Mi relación con lo sagrado es compleja. Transita entre la ira, la duda y la exigua esperanza. Por la pelotudez, nunca.
(Página12)