JACKAROEEn los primeros meses del año 1968 fue publicada en la revista Álbum El Tony nº 172 una historieta autoconclusiva escrita por Robin Wood y dibujada por Gustavo Trigo que estaba protagonizada por un cowboy bastante desaliñado y nostálgico llamado Jackaroe. Al poco tiempo, la dupla utilizaría al mismo personaje para protagonizar una aventura más. Pero no sería sino hasta mediados de ese año, cuando a Robin se le uniera el sorprendente dibujante Gianni Dalfiume, que Jackaroe comenzaría a adquirir su particular personalidad, forjar su riquísimo universo ficticio, y pasar a ser, junto a Nippur de Lagash y Dennis Martin, parte de la sagrada trinidad de personajes con la que Robin Wood cimentó su propia fama a lo largo de toda la década del ’70. A partir de ese momento y hasta que Robin abandonó la serie -tras escribir alrededor de 176 episodios-, el grueso de sus aventuras se publicó en la revista D’artagnan.
LOS VIAJES DEL RENEGADO (1970-1979) Los numerosos episodios que cuentan las aventuras que protagonizó como errante, fueron publicados como siempre en la revista D’artagnan, pero a partir de 1972 y hasta 1974, también, llevó sus andanzas –a todo color y con mayor cantidad de páginas - a los cómic books de “Cabo Savino”, “Alamo Jim” y “Dennis Martin”. En su mayoría, se trata de capítulos que narran su pasado en el Ejército, pero también se aprovechó la ocasión para permitir redibujar a Dalfiume aquellos dos iniciales guiones originales que dibujara Gustavo Trigo. Es difícil seguirle el rastro a Jackaroe: hoy está en México protagonizando pequeñas aventuras con el carismático y comiquísimo salteador y oportunista Caramelo, mañana haciendo buenas migas con otras leyendas del Lejano Oeste como Billy the Kid, Wild Bill Hickock, Wyatt Earp o John "Doc" Holliday, personajes que nos son presentados como atormentados seres trágicos que, presos de sus reputaciones –malas o buenas -, no son ya dueños de sus destinos y, con resignación, están a la espera de la inevitable bala que pondrá fin a sus días. Y así, sin darle un final concreto a la historia, Robin Wood (o Robert O’Neill, seudónimo que utilizaba para firmar esta historieta) culmina la “historia oficial” de Jackaroe, el temible cowboy de la mirada de hielo, la economía de gestos y palabras y la puntería endemoniada. Otros autores (los guionistas Ray Collins y Ricardo Ferrari y el dibujante Marcelo Basile) continuaron sus andanzas en la revista Nippur Magnum, pero dejaremos la relación de sus valiosos aportes para más adelante. Puede que a Jackaroe le disguste tanta verborragia en torno a su persona. REEDICIONES Reseña de Ariel Avilez / avilezavilez@yahoo.com.ar | |
viernes, 1 de enero de 2010
Jackaroe (de Robin Wood)
jueves, 31 de diciembre de 2009
Sam Peckinpah, el poeta de la violencia (Por Carlos Boyero)

Ocurre en el arte y en la vida que determinados creadores y seres anónimos que están lejos de la perfección, en los que transiges con sus defectos casi tanto como admiras sus virtudes, poseen el don de enamorarte siempre, conectan con tus fibras más íntimas, te hacen sentir, se te pone un nudo en la garganta cuando desaparecen de este mundo, mantienen un lugar imborrable en tu memoria, los vas a echar de menos hasta tu último día.
Ocurre en el arte y en la vida que determinados creadores y seres anónimos que están lejos de la perfección, en los que transiges con sus defectos casi tanto como admiras sus virtudes, poseen el don de enamorarte siempre, conectan con tus fibras más íntimas, te hacen sentir, se te pone un nudo en la garganta cuando desaparecen de este mundo, mantienen un lugar imborrable en tu memoria, los vas a echar de menos hasta tu último día.
Con los seres cercanos sólo te sirve el recuerdo para evocarlos. Con los libros, la música y las películas no existe esa limitación, ya que la desaparición de sus autores no es impedimento para que puedas seguir gozando de todo lo que crearon.
Esta semana hace 25 años que murió Sam Peckinpah. No poseo ningún director vivo, incluidos los extraordinarios Clint Eastwood, Woody Allen y Martin Scorsese, con la dimensión mítica y tan cercano a mis emociones (aunque nunca haya disparado un tiro ni montado un caballo) como este juglar de los espacios abiertos, épico y lírico, bronco y tierno, retratista incomparable de la violencia interna y externa y de perdedores con aura o exclusivamente cochambrosos, de desesperados con causa o sin ella, de profesionales que no van a morir en la cama, de amistades traicionadas que parecían inquebrantables, de principios morales y códigos de conducta en matadores presuntamente amorales, de gente que vive o sobrevive en el límite, cercana al ocaso.
Mi bautizo en ese cine de aroma y personalidad inconfundible ocurrió en Duelo en Alta Sierra. La muerte de Joel McCrea despidiéndose de su socio y de las montañas podría llevar la firma del mejor John Ford. Las grandes películas de Peckinpah siempre acaban con la muerte. De los malos y de los buenos. Lo segundo es inexacto, ya que cualquiera de sus personajes buenos no dudaría en meterle un balazo en la sesera a cualquier impedimento con forma humana. El legendario Pike Bishop, el jefe del grupo salvaje, advertía a los rehenes de su asalto al banco: "Si se mueven, mátalos".
El mayor Amos Dundee lograba finalmente acabar con el apache Charriba y cruzar la frontera de Río Grande a costa de perder en su obsesivo viaje a su sudista álter ego, el capitán Benjamin Tyreen, y a la única mujer que podría haber arreglado su torturada existencia. El suicidio que más me ha impresionado en la historia del cine es el de Bishop y su banda. Consecuentemente, mueren matando, gritando "¿Por qué no?" (expresión nihilista y habitual en el mundo de Peckinpah), con el pretexto de que intentan liberar a su socio mexicano.
Cable Hogue, el desamparado de Dios y de los hombres, el agonizante cuya fe encontró agua en el desierto, también acaba trágicamente sus días, pero éste tiene el consuelo de ser enterrado por la puta que ama y de que el predicador canalla que ha sido su problemático socio le dedique el más hermoso y complejo sermón fúnebre.
El reconvertido Pat Garrett rompe el espejo que le devuelve su indeseada imagen después de matar al forajido Billy The Kid, a su antiguo amigo, al tipo que se negó al pragmático cambio que le exigían los nuevos y arteros tiempos. El volcánico borracho que iba a triunfar por primera vez en su vida entregando la cabeza de Alfredo García decide montar el infierno y que éste se lo trague en nombre de una anhelada dignidad.
El maltrecho jinete de rodeo Junior Bonner no muere, pero sabe que lo tiene muy crudo para seguir tirando. Tampoco el acorralado matemático que acaba cargándose a los feroces perros de paja, pero ya nunca podrá identificar el camino de su casa.
Peckinpah también hizo películas olvidables, mediocres caricaturas de sí mismo. En las últimas, los estragos de la vida le pasaron factura a su arte. Da igual. Cuando estuvo en forma su cine fue duro, complejo, emocionante, poético e inmejorable. Creó escuela, pero sus esencias no admiten el plagio. Es uno de los grandes.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Cobardes y traidores (Por Noé Jitrik)
En El corazón de las tinieblas, una de su novelas más densas, Joseph Conrad no elige a un héroe impecable frente a su destino, como ocurre en la novela clásica, sino a un cobarde. En ese orden es un innovador –puesto que la novela más bondadosa, la más decente, la de moral triunfante, elige invariablemente héroes positivos– como lo fueron los escritores románticos que heroizizaron a plebeyos agrediendo los requisitos retóricos de la narración que pedían héroes nobles. Conrad, me parece evidente, trata de indagar en lo que es la cobardía, sentimiento que invocamos con frecuencia para denigrar a alguien que no ha sabido, según lo vemos y en relación con una causa éticamente importante, afrontar sus consecuencias, jugarse por esa causa. Es probable que las “tinieblas” sean precisamente una metáfora de lo insoportable que es comprobar, sea el cobarde quien lo comprueba, sea otro quien lo denuncia, ese paso atrás cuando debería haberse dado para adelante. Lo peor, lo más grave es que no hay vuelta, un acto de cobardía no se puede revertir.
Encontramos una variante de esa situación, acaso inspirada por Conrad, en un famoso cuento de Jorge Luis Borges, “La marca de la espada”; hay, por cierto, un cobarde que sabe que lo es o lo fue, en el tiempo del relato, pero padece de una confesada contaminación: no sólo es cobarde en su íntima manera de ser sino que es también un traidor. Los dos términos se conjugan y hasta parecen equivalentes, pero no es exactamente así: se diría que, tal como lo podemos entender, el personaje primero es traidor y luego cobarde y no al revés, lo cual indicaría que la cobardía podría ser una condición y la traición, un objetivo. Se mezclan los dos conceptos y de pronto no podemos discernir con claridad qué alcance tienen uno y el otro.
Es claro que con frecuencia el cobarde se justifica con el argumento del miedo, noción que se añade a las precedentes, pero esa justificación no es casi nunca convincente pues, según se sabe por experiencia, todos los seres humanos sentimos miedo y no por eso nos vemos llevados ineluctablemente a la cobardía y a la traición: el miedo es un sentimiento tan humano que, según lo consigna la sabiduría popular, sin sentirlo y admitirlo no podríamos llegar a ser valientes. Es más, del que se jacta de no haber tenido miedo hay que desconfiar, en su arrogancia se esconde, replegada, una cobardía que tarde o temprano se manifiesta y ahí sí que no se valen jactancias.
Pero estamos hablando de los cobardes por omisión, aquellos que no actúan cuando deberían hacerlo porque saben que deberían hacerlo, y hemos dejado de lado a los cobardes por acción, violadores, aprovechadores, asesinos seriales, ladrones callejeros de ancianas, bandas que se echan sobre indefensos; esta población es enorme y nutre de tal modo las páginas de los periódicos que podría creerse que es inherente a nuestra civilización, o a sus peores subproductos.
¿Pero no será también que nuestra civilización genera, por otro lado y en un sentido “respetable”, cobardía al quitar espíritu de aventura, al exacerbar el deseo de seguridad, a evitar lo diferente? (acá aparecen los cagones) Será tal vez que todas las selvas han sido recorridas y todas las montañas escaladas y todas las especies diezmadas y nada queda por descubrir y que todo acercamiento a lo que en la naturaleza era enigma es objeto de turismo o de documentalismo en el mejor de los casos. O bien que muchos discursos que eran descubridores de regiones ignotas se han ido acobardando mediante el refugio que brindan las burocracias repetidoras, científicas o intelectuales o los partidos políticos, puro electoralismo, o los sindicatos, pura conciliación de clases.
Pero, volviendo a ese hurgar en el concepto en sí mismo que precede esta reflexión un tanto psicosociológica, quiero decir que la interacción entre cobardía, traición y miedo produce figuras incesantes e incontables. Veamos una, muy frecuente en el campo de las acciones políticas radicales: ¿se puede decir que es un cobarde quien sometido a atroces torturas o sabiendo que va a ser sometido a ellas delata a sus compañeros? Cuando esto se produce la situación corroe, desde luego, la confianza que debe existir en un grupo de acción cuyos miembros se han jurado resistir hasta la muerte antes que delatar, porque siempre se puede sospechar que la tortura presumida no ha sido tan extrema y que el miedo ha predominado por sobre la solidaridad, la lealtad y el autorrespeto, hasta dar lugar muy rápidamente a la cobardía. Es cierto, también, que en escasas ocasiones la cobardía confiesa que lo es; por lo general intenta pasar inadvertida o se quiere inconfesable, pero cuando el olvido no ha venido en ayuda del cobarde –dejo de lado a los cobardes por acción porque la conciencia de sus actos no es algo que les importe– y la cobardía trepa hasta apoderarse de la escena de la conciencia lo que puede sobrevenir es la vergüenza y acaso el arrepentimiento y, en muchos casos, con el auxilio de la Iglesia, el perdón, una nueva calma para un espíritu conturbado. ¿Pero hay borrón y cuenta nueva para el que ha atravesado el embriagador instante de la cobardía y luego se ha arrepentido? El arrepentimiento, se sabe, no es por fuerza una vacuna que inmuniza contra la tentación de nuevos actos cobardes.
Se diría que hay algo de fatalismo en tal aseveración, hacia atrás en el sentido de que es muy difícil borrar “la marca de la espada” de la mejilla del traidor, y hacia adelante, por cuanto no se puede afirmar que el que fue cobarde una vez no volverá a serlo pese a su arrepentimiento, su justificación o su autocomplacencia.
Detectar en la vida y en sus múltiples aconteceres la cobardía o las cobardías nos perturba mucho porque nos obliga a entender o nos lleva a condenar o, de última, a proyectar nuestra propia cobardía al percibir la cobardía de otros. Para la psicología es un objeto de máximo interés por aquello de las complejidades del alma humana, pero lo es más todavía para la literatura. Di dos ejemplos al comenzar esta nota, pero hay muchos más; en realidad, la literatura está poblada de cobardes, tanto como de valientes: si éstos, como Quijote, arremeten casi sin pensar, los otros calculan, acechan, esperan el momento propicio para ejecutar el acto cobarde o bien ese momento se les presenta como una opción dramática.
Como se ve, el asunto pasa por personajes literarios; esa entidad, personaje, trata de ser un calco de la realidad, para muchos el mayor acierto de la literatura es haberlo presentado de modo tal que quienes lo leen sienten que merecen un “es así”, a propósito de su manera de ser, rotundo y consagratorio, porque hallan en ellos la ocasión de sacar ejemplo o bien de identificarse o desidentificarse con ellos. Pero ésta es una manera de ver algo epidérmica porque tal vez el escritor mismo es un cobarde, no por méritos o historia personal, no por albergar en su mente deleznables figuras de cobardes, sino porque para poder escribir se sale del orden de las decisiones vitales: si no retrocediera frente a un riesgo, tentador, límite, desafiante, no podría seguir escribiendo; su mirada, que es lo que lo conecta con su posibilidad de narrar, no quiere ser interferida porque si lo admitiera su narración, que es lo que le da sentido como ser humano, no podría proseguir.
Se trata, pues, de un orden diferente de cobardía, esencial e irrenunciable, la del que busca en las palabras porque no puede hacer otra cosa y se arredra ante lo que puede ser un enfrentamiento, incluso una pasión.
* Crítico y escritor. Autor de numerosos libros de ensayo y ficción.
martes, 1 de diciembre de 2009
SEFEPA un final anunciado
Uno de los hechos más elocuentes, que se suma a la falta de mantenimiento e inversión en el material rodante y en la infraestructura de vías, es que el presidente de la firma Yamil Direne, a pesar de haber sido elegido intendente de Valcheta por la gente de su pueblo y haber asumido en la comuna en diciembre, fue ratificado por el gobernador en la titularidad de la firma provincial.
Un ejemplo de que, por un lado, no se valora a la comunidad de Valcheta, otorgándole a su máxima autoridad, responsabilidades amplias que le restarán dedicación a su tarea específica. Mientras Tren Patagónico ni siquiera cuenta con un presidente full time que se ocupe de todas y cada una de las problemáticas -cada vez más graves- que la firma atraviesa.Esto se suma al intento por parte de las autoridades de minimizar las fallas técnicas y operativas que desde hace años denuncian antiguos trabajadores del ferrocarril que notan la degradación de un servicio que ha llegado a poner en riesgo vidas de pasajeros y del mismo personal.
Tiempo atrás el propio Fattori reconoció el incumplimiento de varios aspectos del RITO -Reglamento Interno Técnico Operativo, recordado libro verde que era considerado una norma taxativa para los empleados y autoridades ferroviarias hasta el cierre de los ramales en épocas del menemismo-.Horacio Massaccesi usó a Sefepa como parte de su campaña a la presidencia.
Pero no hubo recursos, ideas ni intenciones de darle al ferrocarril rionegrino un sustento que lo consolide como medio de comunicación y transporte clave para el desarrollo regional. No se avanzó en proyectos como la conexión con el Puerto SAE ni se mejoraron rieles.
Sólo se crearon pequeños o grandes negocios paralelos, como el cine, el convenio con Alpat y otras concesiones menores. Pero hasta ahora nunca hubo una política seria para mantener y hacer crecer el Tren Patagónico.
Ahora se aduce desfinanciamiento por falta de aportes del gobierno nacional. Pero mientras hubo superávit en Río Negro, el dinero no se usó para mejorar los servicios. Es así que ahora Tren Patagónico ingresa en el tramo final de su itinerario.
El Tren Patagónico empieza a experimentar su anunciado final, al menos en cuanto a su función como atractivo turístico. Tras reiterados papelones, incumplimientos y desaciertos sus máximas autoridades decidieron convocar a un comité de crisis para que analice seriamente ponerle fin al servicio con características turísticas y priorizar la comunicación de los habitantes de la Línea Sur con los centros más poblados.
El punto de inflexión fue el nuevo atraso que sufrió la formación de pasajeros que se dirigía desde Viedma a Bariloche, que en su recorrido de ayer permaneció en San Antonio Oeste hasta pasadas las 14, cuando debería haber partido de esa ciudad poco después de la medianoche."Fueron una sucesión de inconvenientes que se iniciaron el día anterior y que determinaron un nuevo atraso", explicó Néstor Fattori, el gerente de la firma.
El funcionario debió reconocer que la situación es grave y que la semana próxima se llamará a una comisión que estudie la emergencia y busque alternativas para terminar con este proceso.
"Vamos a garantizar la comunicación de los habitantes de la Línea Sur, priorizando la función social del tren. También se continuará la provisión de piedra caliza a Alpat, pero dudamos en que se pueda continuar con el rol turístico que se le había pretendido dar", indicó Fattori, claramente molesto por la reiteración de estos hechos que demuestran la precariedad del servicio.
Esta vez, los inconvenientes comenzaron el jueves por la noche cuando el tren llegó a esta ciudad desde Viedma y se produjo un considerable atraso que se extendió hasta las 4 provocando la bronca de los pasajeros.
"La máquina que tenía que sumarse en San Antonio se demoró por un inconveniente eléctrico", explicó entonces. Pero al día siguiente, cuando "el Arrayán" -servicio supuestamente expreso y de alta categoría del Tren Patagónico- llegó a esa ciudad lo hizo con unas diez horas de atraso.
"La bronca de los pasajeros es entendible. Ahora hubo una sucesión de problemas, que se desencadenaron el día anterior, se atrasó la reparación de un locomotora y se demoró la partida", intentó explicar Fattori. Y luego, como extraño justificativo agregó: "Bueno, en Ezeiza Aerolíneas dejó varados a cientos de pasajeros, a todos no pasa".
Pero al tren le ocurre con inusitada frecuencia. Es más, en los últimos meses se han dado casi semanalmente los problemas que incluyeron desperfectos, un incendio, permanentes demoras y hasta descarrilamientos que generaron las lógicas críticas de los usuarios.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Ese ajeno Sur (Reportaje a Ramón Minieri)

En los años ’70 Minieri trabajaba en la Universidad Nacional del Sur, ocupaba cargos como docente y no docente, pero la llegada a Bahía Blanca del fascista Remus Tetus al rectorado en 1975 lo obligó a alejarse de su ciudad natal. Partió hacia Río Colorado y en esa localidad rionegrina, que lo acogió en su huída de la Triple A, aún vive. Allí escribió este libro que llega justo en momentos que la comunidad mapuche Santa Rosa - Leleke demanda penalmente a la Compañía por usurpación.En esta extensa entrevista el historiador aporta datos sobre la conformación del latifundio británico – ahora italiano –, los impactos socioambientales que generó ese uso y tenencia de la tierra por más de un siglo, los vínculos de la firma con el poder central y a la firma como poder regional. También deja en evidencia que la extranjerización de la tierra no es un fenómeno reciente sino de larga data.
Ese Ajeno Sur: Radiografía de un imperio llamado Compañía de Tierras Sud ArgentinoPor Hernán Scandizzo ((i)) - Wednesday, May. 23, 2007 at 10:22 PM
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martes, 17 de noviembre de 2009
viernes, 13 de noviembre de 2009
Locura, pobreza y poesía (Por Vicente Zito Lema)

Hubo un tiempo en que el tiempo se hizo espacio y se hizo materia, y estalló en mil estrellas, y los cielos se separaron de la tierra, y el día de la noche, y se quebró esa unidad de músicas que hasta entonces eran el murmullo y el perfume del universo, el aliento absoluto que sostiene el vacío… Hubo un tiempo en que los hombres se separaron de los hombres, los vivos de los muertos y el mañana de su ayer; fue en el mismo tiempo y en el mismo sentido y con igual espíritu, que la necesidad y el deseo se volvieron enemigos, y la pobreza y la riqueza tomaron conciencia de su contienda eterna: que ya no eran una misma materialidad armónica, sino la adversidad, la antinomia feroz, la tensión que usurpa la fraternidad y abre tajos que nunca cicatrizan, la hiedra que trepa sobre la vida; y el horror entonces clausuró las cabezas y llenó de agonía los corazones, que nunca recobrarían la inocencia.
La poesía allí mismo inició su diálogo de nunca acabar con la muerte, porque la poesía es el principio que no tuvo un principio anterior, y la muerte es el fin sin más fin, que no puede pensarse en la razón, ni refutarse por fuera de su origen en el delirio. ¡Todo es agonía!
Hubo un tiempo, pasado el tiempo, en que la locura se presentó en el mundo para señalar con su dedo de fuego que era el único sentido del mundo, y apostrofó al susodicho mundo que mezclaba en su rostro el terror y la lujuria, y se plantó en el centro de la realidad con el ímpetu de una rosa y el sin pudor de un relámpago.
Hubo un tiempo, ¡vaya que tiempo!, en que la locura, después de abandonar la lengua de los dioses y poner todos sus pies, y también sus manos que lucían igual que cristales, sobre la tierra, decidió abrir la boca de cada criatura humana, para que las almas salieran de su prisión –un cuerpo tan ajeno de sí, tan humillado de sí–, y pudieran revelar a viva voz el mayor de sus secretos…
No bien se escuchó entre truenos y lluvias de cenizas que la riqueza convertía las lágrimas del amor en una piedra, sin fondo ni forma, pura atrocidad, y que la fe estaba obturada por el poder esclesial, y la razón apenas era una excusa de la perversidad económica, la locura fue perseguida como un animal que depreda por depredar; acorralada y cazada la arrojaron sobre las llamas y al final, entre himnos y eructos, fue digerida por el estomago de hierro de una sociedad ya preparada con gigantesca paciencia, con prueba y error hasta el hartazgo, para vivir y reproducirse en la antropofagia, su real espacio, su última morada, tapando con la mano el estertor de las víctimas, como si la razón no fuera más que un sol de humo y de ácido que todo lo corrompe, que para siempre marchita… hasta hacer de la vida un tuétano atroz, el más estéril desierto de hielo.
Con el ímpetu y el desaforo de una estrella tan negra que todo lo enceguece, la locura conocerá en el hoy de hoy, a caballo de una muchedumbre que galopa en la ceguera, el peor de los destinos: ser un río sin orillas, viajar y viajar sin más puerto que la peste, sin otra misericordia que la visión temblorosa de un ángel que sonríe, muy fugaz, desde el corazón de un espejo, mientras la carne del viajero se convierte en agua y el alma en una luz sin consuelo, en una ansiedad inagotable de delirio, para seguir por ese río hasta la oscuridad que jamás decae, a la que nunca se llega, porque no hay imagen ni palabra que la represente…
Han quedado atrás y con nada de nostalgias los días que la locura hablaba del futuro en la cueva de la pitonisa, y tras un salto que unía el cielo con las bajuras increpaba a la Parca, que parecía una niña perdida en los pliegues sagrados de la luna…
Hoy la locura se arrastra por las calles de la pobreza, los zanjones de las villas miserias, las comisarías del conurbano y los patios de los hospicios en ruinas, donde la resignación puede ser la última puerta que se golpea y se abre cuando la pasión huye, antes que el cuerpo se venda por pedazos y el alma se entregue como cuota de desesperación a los perros, en los umbrales de la morgue, mientras la soledad de la muerte cruje…
La locura con miedos de pobre, con ojos de pobre abiertos a la tormenta traicionera de la pobreza, es una locura de detritus, es una locura que rumia el infinito, ha perdido a sus ángeles y a sus héroes, y cuando el delirio se opaca, gasta sus brillos, enmudece en las escaleras del rosario que llevan al paraíso, sólo queda el hambre, la mierda del hambre que no llega a la blasfemia del hambre, porque el temblor de la boca débil tampoco se alza en el grito; es una locura que languidece sin furor, se escurre sin gloria por las alcantarillas…
Apenas se asoman, como coletazos de una bestia en su ahogo, la angustia y la sed de luz, que tampoco cotizan alto en el infierno…y menos aún en la misa vespertina de los cantos gregorianos, cuando otra vez la soledad es un fantasma sin dientes ni piernas, que ronda y vigila.
(La soledad de la locura es agria y es sucia, ya no tiene lágrimas; la pobreza le ha robado la dignidad; tampoco la belleza de las nubes la besa en su lecho; la locura ya no es la madre de dios sino una vieja mendiga que se envuelve en las sombras sin mañana; la locura ya no tiene un astro que duerme sobre sus ojos cerrados… la noche es apenas una circunstancia del crimen, la tapa que se atornilla en el féretro…)
En los días del olvido, cuando la poseía huye de nuestras bocas, porque las bocas no son más que la guarida de la monstruosidad, el chiquero donde los cerdos relamen sus tesoros, no sólo la locura arrastra los ecos de los gruñidos hacia la plaza mayor, y pule la máscara social que protege la identidad del real poder, su vocación de placer escarbando en las hendijas de la sumisión; también la pobreza, como espacio saturado de dolor, que teje y entreteje los vacíos de la historia, cubre por igual de apariencias –con estadísticas, nomenclaturas, porcentajes, diagnósticos, protocolos y leyes– las esencias aterradoras, desnudas de tan aterradoras, y aterradoras de tan esenciales, de la verdad de la muerte ungida como solución final ante las encrucijadas sin solución de la vida de todos los días, en tanto vida condenada a no ser ya la vida, en la desmesura de su numerosidad, sino apenas lenguaje de padecimiento, sacrificio y tortura, donde no tienen espacio los vínculos sagrados ni los objetos del amor.
Dicho de otra forma: locura y pobreza son flores en el altar de la razón como poder, de la mercancía como estructura deseante; son la misma verdad de una única muerte, en la necesidad con que el poder falsea la vida; locura y pobreza son caballo y jinete al galope raudo y sin frontera sobre las praderas de la agonía, en un tiempo en que las sociedades se atragantan de sí mismas, porque todo se devora y se vomita en las grandes hambrunas, cuando ya no hay oído para las músicas celestes y la poesía es colgada para escarnio de la belleza, en un farol de una plaza de extramuros…
Ah, poesía, dulzura agotada antes de nacer para el recuerdo y las ansias de lo que pudo ser y no fue, trofeo inútil de una muerte que sigue siendo, aún sin deseo, harta de sí, la única realidad de nuestro tiempo, la ley de la eficacia y lo posible…
Sobre las ruinas del pensamiento, tras las visiones pisoteadas y orladas de sangre hasta convertirse en tufo, en aliento de los demonios; rompiendo a martillazos el cuerpo para extraerles las piedras de la locura, las rocas de la locura, las montañas con sus lavas de la locura, el cuerpo y todo el universo del cuerpo se alzan como catedrales nocturnas para recibir las ofrendas del dolor humano.
El dolor humano es un viento y el cuerpo es la casa que hospeda el viento, y la locura será así la sustancia del viento… (¡Sopla! ¡Sopla! ¡Que lo que no es soplo es reliquia maldita…!). Se hablará entonces, mientras se amontonan los últimos residuos de los quejidos, de los trastornos narcisistas de la personalidad, y el cuerpo de la locura será exhibido en la galería de la criminalidad, con su prontuario milagroso y su delirio sobre una mesa de oro, con la cabeza apoyada en un almohada de diamantes negros, que en realidad son el hígado de un dios venenoso.
Se hablará a boca de jarro de la agresión, como exabrupto dirigido de la violencia; se traerán al ruedo la anomia moral, la vagancia crónica, la ebriedad consuetudinaria, el deambular sin ton ni son…; la palabra que enuncia las categorías de las ciencias sociales como si fueran las Tablas del Pecado es ahora la llave que abre el portón de la disciplina y el castigo (sea la cárcel o el manicomio), y allí, en la oscuridad fúnebre de la dormidera sin nubes ni sueños, aparece la imagen ayer fulgurante y hoy apagada del loco, que es igual a pobre y es igual a criminal y es igual a lengua devoradora en el instante eterno…
Se dirá: hay una conducta insana, notorias inferioridades psicopáticas; hay perversidad crónica y natural, incapacidad para la culpa y el amor; hay un demiurgo que arrastra por los cielos y por las tierras el peligro social…
Lo que no baja del firmamento ni sube desde el averno es la palabra justa para el dolor de la verdad, el dolor como espacio absoluto de ese cuerpo humano que el Poder humano rechaza como espejo de sí, castra como parte de sí, porque nadie soporta ser la sombra material de su alma…
El cuerpo humano es un agujero que no termina de cerrarse a causa del dolor… El cuerpo humano navega en los torbellinos de su sangre hasta volverse ausencia, pérdida, estertor, vacío sin mácula para el ataúd o el lecho de quien nunca nació…
Ese cuerpo humano muestra los hilos rotos de su pasado y ahoga su destino y representa su historia como si fuera un enigma que traduce los ruidos de la furia con que la muerte despide el nacimiento de la muerte en el camino que va del susurro hacia el silencio… (¡Oh, terror de la quietud…! ¡Espasmo! ¡Espasmo!)
Mientras los llantos y los odios de la pobreza resuenan como relámpagos de piedras sobre los dientes de Dios, y la sangre del crimen de cada día en su mansedumbre nocturna, se escurre entre las arenas temblorosas de los cielos, tan azules, tan limpios, tan serenos, como nunca bellos, como nunca en las glorias de la belleza…
Mientras la pobreza construye ladrillo a ladrillo, ladrido a ladrido, espanto sobre espanto, agonía en la agonía, cicatriz contra cicatriz, hambre en el vientre del hambre, violación tras el gemido ahogado de la violación, la locura de nuestro tiempo, la locura sin principio y sin final vivida como pesadilla de la muerte, deja sobre nuestras frentes hasta su última gota de mortífero rocío…
Mientras la locura en la cabeza en ruinas; en el pensamiento, la lengua y la conciencia de la pobreza en ruinas, levanta los castillos de la riqueza, las iglesias de la riqueza y hasta reverencia la divinidad, y por las buenas o por las malas la quiere para sí, para estar allí, para sentirse como en la gloria de la tierra y de los cielos allí…
Y mientras los sufrientes del sacrificio, con sus cruces a cuestas, se estremecen más que de frío; y mientras sus niños, en la primera línea de espanto y de fuego, maldicen con la ferocidad propia de los ángeles de la muerte, que son los ángeles de un tiempo donde toda la vida se convirtió en un infierno en nombre de la propiedad y de la acumulación del capital; mientras ocurre todo ello y el corazón explota, cómo no interrogarnos sobre la razón y sinrazón, sobre el sentido y sinsentido de estos días que penamos como si no hubiéramos nacido para otra cosa que las pasiones tristes…
Mientras la vida soñada como vida se aleja de nuestras almas, y sabemos que se aleja y no volverá, ¿podemos, aún así, dejar de interrogarnos…? …¿o acaso no sentimos como verdad que al interrogarnos sobre la existencia y producción del horror humano, no comienza a tambalearse, al menos por un instante, y apenas en nuestra propia alma, más allá de los cansancios y la nueva fragilidad, el imperio del Poder en la historia como naturaleza incuestionable y absoluta, que cerró nuestros ojos y ató nuestras manos al destino del horror…?
Frente a la desmesura de la crueldad y del espanto, ante esta realidad social de la que somos hacedores y parte con los labios cerrados, y que nos hunde en los pantanos de la pesadilla, igual que pájaros de alas quebradas; en éste sálvese quien pueda, donde también cae la bestia más fuerte, y cuyo símbolo más atroz es el niño que mata para que lo veamos vivo, aunque más no sea en la criminalidad del niño que no fue, por más que suene ante la perfección de los actos como un puro acto del mal sin redención, y después de estrellarnos la cabeza una y mil veces contra la pared que nos encierra, ¿no es justo y necesario arrimar quietud, demora y silencio, y escuchar por un instante las proclamas de la vida como postrer respuesta de amor, como anhelo de gloria para recibir la mirada del otro, ese otro que en su oscuridad y en su gracia nos ilumina…?; ¿seremos capaces todavía de sentir, boca a boca, que en los espejos del alma aún anida la belleza, y que de la mano que se abre con fraternidad al mundo surge el consuelo, también ante el desconsuelo sin límites de la finitud…?; ¿y si de allí en más le ganamos al mar del estruendo y del vacío un espacio –humilde, fugaz… – para escuchar con inédita pasión de alegría las antiguas músicas de la inocencia, cuando el cuerpo del otro era nuestro cuerpo, las llamas del universo nuestro fuego…?; ¿no son humanas esas nubes que pasan sin miedo del ocaso?; ¿y esos ojos que nos alientan, interrogan y desafían, no están todavía llenos de la divina agua de la poesía…?