sábado, 30 de julio de 2011

Gobierno de Rio Negro y abuso infantil (Ramón Minieri)

Gobierno de Río Negro y abuso infantil



Estimados amigos,


Disculpen que los moleste nuevamente con una carta abierta, destinada esta vez a denunciar una violación de derechos humanos por parte del gobierno provincial de Río Negro.


Quienes ya me conocen recordarán que algo similar tuve que hacer cuando hace meses se produjeron los crímenes alentados por el gobierno provincial en Bariloche. Por esos hechos aún no se ha escuchado pedido alguno de disculpa por parte de las autoridades o los partidos gobernante).


También he tenido que salir a denunciar la manipulación de fondos oficiales por parte de un funcionario de cultura provincial. El mismo gobierno tampoco ha mostrado voluntad de rectificar esto, como tampoco he sabido que lamente la participación de funcionarios policiales en la trata de mujeres.


El motivo de esta carta de hoy tiene que ver con la propaganda electoralista del gobierno provincial y su carácter delictivo en relación con la infancia.


He estado observando hoy el noticiero del canal 10 de General Roca. Para enmarcar el siguiente comentario, debo hacer notar que he sido y sigo siendo defensor de la existencia de una emisora pública de televisión, al servicio del estado, entendido como cosa de todos los rionegrinos. Lamentablemente, esta emisora se ha convertido rápidamente en un canal oficialista.


En la emisión a que me refiero, apareció en varias oportunidades el candidato oficialista Sr. Barbeito inaugurando instalaciones escolares, son una amplia sonrisa cuyo motivo se desconoce. Luego, el mismo candidato aparecía en el noticiero, visitando entidades de General Roca y haciendo comentarios sobre lo importante que es la cultura, y mostrando la misma sonrisa. Da lugar a pensar que es el único candidato a gobernador, porque no aparecen otras personas ni otras sonrisas en este espacio supuestamente informativo.


Pero lo que más me llamó la atención fue una propaganda que luego se exhibió. Bajo la apariencia de difundir la acción de gobierno (por cuarta vez) se mostraba al Gobernador, Dr. Miguel Sáiz, en un acto escolar. Dirigía un discurso a los concurrentes del mismo, y luego la imagen mostraba a una cantidad de niños aplaudiendo.


Las corruptelas se han naturalizado a tal punto con este elenco gobernante, que este episodio resulta “normal”.


Pero hay algo que apuntar. Sabido es que la imagen de una persona no puede ser utilizada sin autorización de la misma, o de quien es responsable por ella. Me pregunto si este uso desembozado de la imagen infantil de todo un grupo ha sido permitido por los padres de las nenas y los chicos involucrados. Si las docentes y las o los directivos de los establecimientos implicados, y las autoridades intermedias, incluídas las delegadas regionales, han manifestado algo al respecto, en defensa frente al abuso de la imagen de los chicos. Soy abuelo de cuatro rionegrinos, y espero que mis hijos no les permitan este abuso, ni con sus propios hijos ni con otros.


Mi conocimiento de la ley no es el de un profesional, pero sé que existe el derecho a disponer de la propia imagen. Que este derecho no puede ser conculcado por nadie, y menos por el estado mismo que debe defenderlo y por sus funcionarios. Que este derecho es especialmente sensible cuando se trata de niños y niñas.


Sé que difícilmente responderán los propios funcionarios implicados, que ya desde hace tiempo vienen manteniendo un sagaz silencio cuando se complican en algún delito. Varios de ellos los he enumerado más arriba.


Son las mismas personas que han cometido la desvergonzada acción de correr la fecha de las conmemoraciones públicas para hacerlas servir a los apetitos electoralistas. Así vimos, en la campaña preelectoral de Río Colorado, que los chicos de las escuelas fueron convocados para celebrar el día de la bandera, cuatro o cinco días después, de modo que coincidiera con la visita del gobernador en las instancias previas de una elección municipal. Con la misma alevosía, serán capaces de trasladar el día de San Martín a setiembre, para que se inserte en el calendario provincial? No parecen recapacitar en que estos manejos son de muy poca utilidad, como lo ha demostrado la contundente derrota del oficialismo en Río Colorado.


La misma televisora provincial me informa, en espacios pagados por la Nación, que hay un candidato del partido gobernante, que sabrá decir que sí o que no, según lo quiera el pueblo. Misteriosamente, la publicidad de este candidato se reitera varias veces en horario central. Pareciera que los otros partidos no tienen candidatos a diputados nacionales. Pero al margen de este misterio, quiero pedirle explícitamente a este candidato, que es rionegrino, ciudadano, y persona que seguramente tiene niños en su familia, que le diga “no” a este abuso de la imagen de los chicos. Será un modo de probar la veracidad de su lema de campaña.


Quiero pedirles también, anticipando que será inútil mi requerimiento, a las autoridades educativas, a los comités del partido de gobierno, a sus distintos integrantes, que se pronuncien claramente ante este nuevo abuso de autoridad.


Y les solicito a los abogados rionegrinos, que estudien el aspecto legal para iniciar las acciones que correspondan. A las madres y los padres, que protesten contra este caso de verdadero abuso infantil.


En cuanto a los directos implicados, autores y gestores del hecho, me permito decirles que me dan asco. Su apetencia de poder los lleva a decir que necesitan cuatro años más para seguir con lo mismo, y a recurrir a lo que venga, sin pensar en criterios ni valores, para usarlo en su campaña. Reitero: me dan asco. Ojalá no tengamos que soportarlos más.

Ramón Minieri
DNI 5511376
Ri Colorado

domingo, 24 de julio de 2011

La piedra de Sisifo (Por Günter Grass)



El premio Nobel alemán pone en tela de juicio el sistema; ataca la incapacidad de los parlamentarios frente a los grandes intereses, fustiga la codicia de los bancos y arremete contra la endeblez de la prensa. El texto corresponde a la conferencia dada en Hamburgo el pasado 2 de julio en un acto con la asociación de periodistas alemana Netzwerk Recherche
24/07/2011

Señoras y señores:

¿O quizá debiera solicitar su atención como colega, ya que todos pertenecemos al gremio de los escritores y fuimos bautizados con un tintero? Al fin y al cabo, esta asamblea está bajo la advocación de Albert Camus, escritor y filósofo, y, con el lema "Hombre feliz" ha elegido como santo patrón a quien, desde los años cincuenta del pasado siglo, es mi único santo. En él, que blasfemaba contra los dioses, yo podía confiar siempre: san Sísifo.

Camus nos lo interpretó, a él y a su mito, de una forma nueva. Simplemente el hecho de que su ensayo, tan conciso de contenido como largo de efectos, fuera escrito en medio de las tribulaciones de la ocupación alemana y publicado en 1942 en París por la Librairie Gallimard, es decir, llegara a los lectores en tiempo de guerra, cuando Francia vacilaba entre la resistencia y la colaboración, es una prueba más de lo que pudo inducir a Camus a convertir plásticamente en concepto lo absurdo del acontecer mundial: la piedra sin descanso.

Sin embargo, ¿no es cierto que hoy varias piedras nos mantienen en danza? Llama la atención, mirando la última mitad del año, cuántos acontecimientos importantes, uno tras otro, mundiales o regionales, engrosaron los titulares de los periódicos compitiendo mutua y simultáneamente por el primer puesto. Parecían haber perdido toda actualidad -como agua pasada- y, sin embargo, seguían determinando el acontecer político y económico.

Así, la ridiculez del asunto del plagio de Guttenberg desplazó las consecuencias, solo ahora en el punto de mira, de la liquidación del servicio militar obligatorio, de un plumazo, por ese actor ministerial y noble. Y no solo por esa actuación lo puso por las nubes el celo periodístico; de eso hablaré luego. Sin embargo, apenas había prometido la canciller dar crédito al Barón de la Castaña, terremotos y tsunamis provocaron en el lejano Japón una catástrofe nuclear, que inmediatamente nos recordó las ruinas del reactor de Chernóbil, hace tiempo apartadas de nuestra mente, y convirtieron las elecciones regionales en acontecimientos capitales. Y mientras todavía Fukushima nos servía, como se dice en la jerga periodística, para "abrir boca", las revueltas populares en el norte de África, desde Túnez y Egipto hasta Libia y Siria, reclamaban su lugar en las primeras páginas, mientras que las actuaciones de un ministro de Asuntos Exteriores ponían en apuros a los seguidores que aún quedaban en su partido. Y ahora es la crisis griega, que se cuece desde hace años, la que sobrevive a todo lo que ha pasado y que -lo que también se aplica a Fukushima- gravitará sobre el futuro, asfixiada por normas coercitivas y conjuras europeas.

Y todo lo demás que ha habido y seguirá habiendo: unos precios de la gasolina que compiten arbitrariamente, la miseria de los refugiados, bodas principescas, pescadores convertidos en piratas y un cambio climático que ha pasado a segundo plano, aunque viene produciéndose desde hace años, con sus fenómenos concomitantes, arrojando dudas fundadas sobre la continuación de la especie humana.

En resumen se puede decir que el periodismo, del que al fin y al cabo se trata hoy, y que -si entiendo bien el lema de esta reunión- se quiere poner en entredicho, vive al día, se alimenta de sensaciones y no tiene tiempo o no se toma tiempo suficiente para iluminar el trasfondo de todo lo que, con intervalos cada vez más breves, nos sume en crisis duraderas.

Sin embargo, ¿está el periodismo o -formulada la pregunta más directamente- están los periodistas dispuestos de verdad a examinarse críticamente? Como escritor podría decir muchas cosas al respecto. Mi vida y milagros han estado sometidos a examen permanente y con harta frecuencia he sido objeto de intromisiones masivas, expuesto a las jaurías del periodismo de campaña. Estoy acostumbrado a esos rituales y he sobrevivido a varias carnicerías, con cicatrices que solo de cuando en cuando me pican. Tal vez porque los escritores, de todas formas, nos criticamos mutuamente, algo que los periodistas no suelen hacer casi nunca. Todo lo más alguno, susceptible, frunce la nariz cuando las columnas del Bild Zeitung apestan excesivamente.

En cualquier caso hay excepciones. La verdad es que hace unos meses leí en el semanario Die Zeit un intento de análisis autocrítico en el que me llamó la atención que eran sobre todo periodistas especializados en temas económicos los que se reprochaban no haber advertido a tiempo la gran crisis económica, aunque había sido previsible. Sin embargo, como los periodistas aquí reunidos tienen al parecer la intención de concentrarse en su verdadera tarea, haciendo honor al citado Sísifo, "hombre feliz", y hacer rodar diversas piedras que han quedado, me considero invitado a llamar por su nombre a algunos pedruscos de diverso peso que descansan al pie de la montaña o que, a mitad de camino, han criado ya musgo.

Recientemente estuve en Greifswald, ciudad natal del escritor Wolfgang Koeppen. A lo largo de varios actos, su novela El invernadero, que trata del Bundestag alemán en los primeros años cincuenta del pasado siglo, dio motivo y combustible suficiente para tomar conciencia crítica de las representaciones de intereses, o sea, los lobbies, en una sociedad que se considera pluralista. Esos lobbies y su codicia existen, mirando solo a la República Federal, desde el principio mismo. Desde el asunto Flick, pasando por las maquinaciones de Kohl, el canciller de las donaciones, hasta las actividades chantajísticas del lobby nuclear, de los grupos de la industria farmacéutica, de las asociaciones de médicos y farmacéuticos y de los seguros de enfermedad, que hasta hoy impiden una reforma sanitaria socialmente sostenible.

No en último lugar figuran los todopoderosos bancos, cuya actividad extorsionadora toma entre tanto como rehén al Parlamento electo y al Gobierno. Los bancos hacen de destino, de destino inexorable. Tienen su propia vida. Sus juntas directivas y grandes accionistas se organizan en una sociedad paralela. Las repercusiones de su gestión financiera basada en el riesgo recaerán en definitiva sobre los ciudadanos como contribuyentes. Somos nosotros los que respondemos por los bancos, cuyas fosas de miles de millones están siempre hambrientas.

Naturalmente, también los diarios y semanarios, es decir, los periodistas, están expuestos a esa omnipotencia. No hace falta ya ninguna censura pasada de moda, basta la mera concesión o denegación de anuncios para chantajear a una prensa escrita cuya existencia peligra de todos modos. Sin embargo -a pesar de consignas de silencio subliminales-, será necesario, mediante un periodismo concienzudo, llegar al fondo de las cosas, informando a la opinión pública sobre el ejercicio ilegítimo del poder de los lobbies. Ese poder amenaza la democracia mucho más que los peligros histéricamente invocados que, al estilo de Thilo Sarrazin, difunden espanto y miedo. Resta credibilidad a los parlamentarios y al Gobierno. Contribuye a que aumente la abstención electoral. Y como no se puede eliminar, porque las representaciones de intereses tienen su razón de ser, hay que establecer límites severos, aunque sea en forma de una milla prohibida en torno al Bundestag, a fin de mantener al ejército de presionadores a una distancia razonable. Tampoco es de recibo que haya políticos, entre ellos de alto nivel, que apenas se han liberado de su cargo como de un fardo molesto, ocupan puestos generosamente dotados en la dirección de consorcios y de asociaciones de intereses. No hay remedio, hay que leer, como suelo hacer de buena gana, la sección de economía del Frankfurter Allgemeine Zeitung, para enterarse de que un tal señor Markus Kerber, que durante largo tiempo trabajó en el Ministerio Federal del Interior y luego en el Ministerio de Hacienda, atenderá a principios de julio de este año un llamamiento que lo convertirá en gerente de la Unión Federal de Industrias Alemanas. Allí, como revela elogiosamente el FAZ, sus conocimientos de insider beneficiarán a esa poderosa unión. Ese cambio de puesto y otros semejantes ilustran una situación que es claramente abusiva. Pero desde hace años habitual. Por eso hace falta -creo yo- un periodo de carencia legalmente establecido de por lo menos cinco años; a no ser que la opinión pública y, especialmente, los periodistas estimen que la política es de por sí venal y debe seguir siéndolo.

Otro ejemplo de opinión pública insuficientemente informada apareció ya al principio de mi intervención. Se trata del servicio militar obligatorio que liquidó por sorpresa el polifacético Guttenberg. Sin duda leo cada vez más artículos sobre lo difícil que es reclutar suficientes soldados profesionales y voluntarios a plazo, sin duda existe preocupación por qué juramento y en qué forma tendrán que prestarlo los mercenarios, sin duda tendrá que lamentar el ministro de Defensa haber recibido de su predecesor solo una chapuza, pero casi nadie se da o quiere darse cuenta de lo que significa despedirnos de los "ciudadanos de uniforme" y tratar en el futuro con unas fuerzas armadas que, como enseña la experiencia, tienen todas las probabilidades de convertirse, en calidad de ejército mercenario, en un Estado dentro del Estado. Esa recaída en las prácticas de reclutamiento de Wallenstein se produce en tiempos de crecientes intervenciones en el extranjero, casi sin oposición y mientras -de forma bastante delirante- se defiende nuestra libertad en el Hindukush.

Ante ese abismo evidente, séame permitido echar una ojeada al pasado. Como entre tanto he adquirido como los árboles anillos de edad suficientes, me acuerdo muy bien de la aparición de la Bundeswehr, de las artimañas de Konrad Adenauer, de la llamada Oficina Blank, de mi rechazo al rearme y mis ulteriores esfuerzos políticos como ciudadano para contribuir un poco a que el concepto de "ciudadanos de uniforme" pudiera ser aplicado, y también a que en el curso de los años, y venciendo tenaces resistencias, se reconociera legalmente a los objetores de conciencia el derecho de prestar un servicio supletorio. Sin embargo, en el futuro desaparecerán sus servicios sociales de atención a ancianos y enfermos. ¡Qué pérdida más imposible de compensar! Porque los mercenarios no se oponen a nada. A menos que les rebajen el sueldo.

Esa monstruosidad, que se nos quiere vender como reforma, cambiará la filosofía de la República Federal y de los ciudadanos de ese Estado de una forma dañina para la democracia. Considero un escándalo que no solo los partidos que están en el Gobierno, sino también los tres partidos de la oposición, y por consiguiente también el SPD, que desde Fritz Erler, pasando por Helmut Schmidt y Georg Leber, hasta Peter Struck, ha tenido excelentes políticos en asuntos de política de defensa, no tengan fuerzas para someter a debate una alternativa a esa evolución que resulta ya aberrante. Y fallan también todos los periodistas que aceptan lo que, con mucha sangre azul, nos quieren hacer tragar.

Aquí resulta ineludible citar otros ejemplos que evidencian lo que se está descuidando y, además de otras cosas, sigue siendo tarea de los periodistas: poner el dedo en la llaga mientras sigue abierta. Hablo de las consecuencias de la apresurada realización de la unidad alemana, exclusivamente con arreglo a intereses y criterios de la Alemania occidental. Han pasado más de veinte años y el autobombo fue seguido de las oportunas celebraciones. Sin embargo, quien se fije o esté dispuesto a fijarse podrá ver lo que ya entonces era previsible, pero ahora se ha hecho realidad en mayor grado: el Este es propiedad del Oeste. La degradación social de los ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana y sus descendientes a alemanes de segunda se ha hecho tan real que, cada vez más, los jóvenes dejan sus comunidades y ciudades, grandes o pequeñas, para irse al Oeste. Algunas regiones comienzan a despoblarse. Y con harta frecuencia son los radicales de derechas los que se quedan, se enquistan en hordas y marcan el tono en las regiones abandonadas, de una forma inconfundible. La opinión pública sabe poco de ello, y cuando lo sabe, es sin llegar al fondo.

Un añadido de carácter literario: cuando recientemente se iba a conceder una vez más el Premio Alfred Döblin, que fundé a mediados de los setenta, algunos autores finalistas leyeron fragmentos de sus manuscritos, en el Literarisches Colloquium de Berlín. Entre ellos estaba una joven escritora, Judith Schalansky, que leyó pasajes de su novela El cuello de la jirafa, publicada en otoño del año pasado. El argumento se desarrolla en una pequeña ciudad de la Pomerania anterior, más o menos castigada por el éxodo de sus habitantes. Una profesora de biología de corte severo enseña a sus alumnos de número decreciente según el principio de selección darwiniano y sabiendo perfectamente que, por falta de escolares, su escuela dejará de existir dentro de tres o cuatro años. Pero además hay una naturaleza que se va apoderando de superficies en barbecho abandonadas y edificios en ruinas. Germina y brota de mil formas en la tierra sin cultivar. Plantas que se han vuelto raras proliferan. Con ellas triunfan palabras hace tiempo olvidadas. Lacónicamente, la narradora concluye esa victoria de la naturaleza aludiendo a los en otro tiempo prometidos "paisajes florecientes".

Ahora podría decirse: qué bien que todavía exista la literatura, ya que los escritores llenan de cuando en cuando las lagunas que dejan todos esos periodistas cuya tinta solo está al servicio de un acontecer diario rápidamente cambiante. Sin embargo, como en la actualidad, en relación con la persistente crisis de Grecia, se recomienda como panacea confiar a una Treuhand [agencia que supervisó la privatización de las empresas públicas del Este tras la caída del régimen comunista] propiedades del Estado griego y comercializarlas según las reglas de la privatización, debería merecerles la pena a ustedes, reunidos aquí como periodistas críticos, echar una ojeada retrospectiva a aquella Treuhand que hace veinte años, sin control parlamentario, liquidó, como empresa semicriminal, todo lo que llevaba el título de "propiedad del pueblo", vendiéndolo a cazadores de gangas del Oeste; las consecuencias se hacen sentir hasta hoy, pero, al parecer, se ignoran por consenso.

Sé que la oleada de noticias cotidianas, reforzada por el desagüe de Internet, abruma a quien quiere estar informado. Ya se ofrecen a unos consumidores saturados espacios de huida virtuales. Y sin embargo, nadie puede evitar preocuparse por el futuro de la democracia que nos regaló la voluntad de los vencedores y por los derechos a la libertad que la Constitución protege todavía.

No debo ni quiero recurrir al ejemplo aleccionador de Weimar, porque los fenómenos actuales de cansancio y desintegración en la estructura de nuestro Estado ofrecen motivos suficientes para dudar seriamente de que nuestra Constitución pueda seguir garantizando lo que promete. La deriva disgregadora hacia una sociedad de clases con una mayoría que se va empobreciendo y una clase alta y rica que se va separando, la montaña de deudas, cuya cumbre se ha cubierto entre tanto por una nube de ceros, la incapacidad e impotencia demostradas de los parlamentarios electos frente al poder concentrado de las asociaciones de intereses y, no en último lugar, el estrangulamiento por los bancos hacen urgente, en mi opinión, hacer algo hasta ahora impronunciable: poner en tela de juicio el sistema.

No teman. No voy a hacer un llamamiento a la revolución. En lo que a Europa se refiere, la revolución se produjo por última vez en el siglo XX, y por cierto en plural, con los resultados conocidos, entre los que estuvieron contrarrevoluciones y genocidios. Se trata más bien, desde el interior de toda la sociedad, de formular, como entre tanto hacen muchos ciudadanos, preguntas reivindicativas: ¿es asumible aún un sistema capitalista que se prescribe forzosamente a la democracia, en el que la economía financiera se ha separado en gran parte de la economía real, aunque la amenace una y otra vez con crisis de fabricación doméstica? ¿Deben seguir siendo válidos para nosotros artículos de fe como mercado, consumo y beneficio, sustitutivos de la religión?

Para mí, en cualquier caso, es evidente que el sistema capitalista, fomentado por el neoliberalismo y sin alternativa, tal como se nos presenta, ha degenerado en una maquinaria de destrucción del capital y, lejos de la economía social de mercado en otro tiempo exitosa, solo se complace en sí mismo; es un Moloc, asocial y no refrenado eficazmente por ninguna ley.

Por eso se plantea la pregunta: la forma de Estado que hemos elegido, es decir, la democracia parlamentaria, ¿tiene aún la voluntad y la fuerza necesarias para apartar esa desintegración que la invade? ¿O en lo sucesivo deberá relegarse al terreno de lo optativo cualquier intento de reforma, de someter a control a los bancos y su forma de manejar el capital -es decir, de obligarlos a trabajar para el bien común- con la frase hasta ahora habitual "eso, en el mejor de los casos, solo puede resolverse globalmente"?

Una cosa me parece segura: si las democracias occidentales demuestran ser incapaces de hacer frente con reformas fundamentales a los peligros reales inminentes y a los previsibles, no podrán soportar lo que en los próximos años resultará ineludible: crisis que empollarán otras crisis, el aumento irrefrenable de la población mundial, los flujos de refugiados desencadendos por la falta de agua, el hambre y el empobrecimiento, y el cambio climático fabricado por el hombre. Sin embargo, una desintegración del orden democrático haría surgir -de lo que hay suficientes ejemplos- un vacío que podrían ocupar fuerzas cuya descripción rebasa nuestra imaginación, por mucho que seamos gatos escaldados y estemos marcados por las consecuencias todavía visibles del fascismo y el estalinismo.

¿Exagero? Si lo hago, no lo suficiente. Con ayuda de solo algunos ejemplos había que hacer visibles los puntos ciegos. Que no faltan. Además habría que quejarse del poder de los consorcios en el ámbito de la prensa, de las inefables tertulias de la televisión pública y del oportunismo hoy socialmente aceptable, tal como se difunde a diario con la tinta fresca. Sin embargo, de eso ustedes, a quienes se recomienda más o menos insistentemente una "información equilibrada", como suavizante, pueden hablar con más precisión.

Más bien parece apropiado citar otra vez al santo patrón de esta conferencia. Cuando yo era joven, y durante los primeros años de la posguerra trataba de orientarme en un entorno destruido por el desvarío ideológico, se me presentó la variedad francesa del existencialismo. Estaba casi de moda dárselas de existencialista y vestirse de oscuro. Y especialmente era la disputa entre Sartre y Camus la que salpicaba por encima de la frontera, llegando a los talleres de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, en la que yo aprendía mi primera profesión de escultor, y donde provocaba debates que, naturalmente, eran muy enconados. La ignorancia no impedía apasionarse y vociferar. Solo más tarde me decidí por Camus. Me impresionó su visión del hombre rebelde, es decir, su defensa de la oposición permanente. Cuando más o menos a mediados de los cincuenta apareció El mito de Sísifo en traducción alemana, fueron sus frases las que me mostraron el camino. Por ejemplo, la definición de felicidad: "Hace del destino un asunto del hombre, que debe ser resuelto por los hombres". A la que se añade la hermosa certeza: "Las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas".

Supongo que esas ideas resultarán también adecuadas para determinar su trabajo de periodistas. Solo tenemos este mundo. Y como la existencia de la especie humana en el planeta azul es de fecha reciente y su duración depende de lo que hagamos o dejemos de hacer, somos responsables de su estado. Lo hemos desfigurado en gran medida, lo hemos sobreexplotado y dejaremos a nuestros descendientes una carga hereditaria inevitable. De forma que hay que reconocer y nombrar esas y otras verdades. Hay que hacer rodar las piedras. A ese trabajo forzado para toda la vida nos anima Albert Camus. Dice: "La lucha misma hacia las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz".

martes, 19 de julio de 2011

Ernest Hemingway (Imágenes)
















Fiebre amarilla en Buenos Aires (Por Eduardo Anguita)


La epidemia conmovió a la sociedad porteña. Algunos pensaron que había llegado la hora de rajar o morir. Otros decidieron quedarse para enfrentar la tragedia. Estaban en minoría, pero la tarea comunitaria se reveló esencial. Las guerras se pagan caras. El diablo mete la cola y siempre tiene revancha. Volvían los ejércitos del Paraguay dejando desolación y muerte. El general Bartolomé Mitre le entregaba el gobierno a Domingo Faustino Sarmiento con el poco afecto que los unía. Y con esa manía de cambiar de mando el 12 de octubre, porque celebraban el día de la raza. En eso estaban “contestes”, de acuerdo. Corría 1868 y la soldadesca argentina, llena de federales retobados sometidos por los unitarios, todavía regaba el Paraguay de sangre. Propia y ajena. Algunos de los milicos que volvían traían pestes. Daba asco verlos harapientos, tosiendo, débiles, con los ojos saltados. A Buenos Aires llegaba el cólera, como burlándose de los que pisoteaban guaraníes. Los victoriosos, algunos de ellos, volvían con la peste. Cólera. Se cagaban encima. La diarrea les provocaba una sed insaciable. Y llegados a Buenos Aires, antes de morir, contagiaban a todos. Miles y miles de difuntos. Especialmente en San Telmo, y de ahí para los caseríos que iban para el Riachuelo. La salud pública era un bien escaso. Con el cólera como escenario, en aquella primavera del ’68, Mitre se iba y Sarmiento llegaba. Mitre se iba a la casa: después de cuatro años de guerrear, quería cumplir con su otro sueño, sacar el diario. Y se dio el gusto de sacarlo en enero de 1870, justo dos meses antes de la muerte de quien quería ver muerto a toda costa: Francisco Solano López. Para Mitre, era el tirano. Igual que Rosas. O mucho peor, porque había cometido la estupidez de desoír a los ingleses. Qué locura la de López eso de ir contra el viento. ¿Para qué? Si, al final, junto con López quedaban unos paraguayitos de 12 años, con barbita de algodón, simulando ser soldados, y muriendo como patos en Cerro Corá. ¿Para qué? Encima, para que los soldados argentinos se volvieran con la peste. Ah, pero el general Mitre se dio el gusto de publicar en La Nación todo lo que quiso sobre ese guaraní de raza inferior que no entendía el destino suramericano. Y la peste, el cólera, no hacía distingos, y volvía diarreicos tanto a los bravos unitarios como a los pobres federales retobados que entendieron para dónde había que marchar y dejarse de joder con las autonomías provinciales y esas locuras del Quijote de los Andes, como los utópicos llamaban a Felipe Varela. Ese presumido montonero tardío, del cual el general Mitre también se ocupó en La Nación pocos meses después, cuando Varela moría, en junio del 70. ¿Quién carajo era Varela para querer rebelarse cuando la Nación estaba en guerra? ¿Quién carajo iba a seguir los consejos de un tipo que prometía telares cuando el destino suramericano era comprar lanas inglesas? Por eso, los coroneles de Mitre habían traído engrilletados a los revoltosos. Y, según le dijeron al general Mitre, habían dejado escapar a Varela. Total, de tanto andar en el monte, había quedado tuberculoso. Lo dejaron cruzar a Chile. Como Sarmiento tantos años antes. Y Sarmiento se enteró, siendo presidente, que el carnicero Varela había muerto. El odiado. Sucio como Facundo. Y en Chile. Sarmiento sabía lo que era escapar a Chile. Claro, a Varela no lo habían nombrado, como a él, embajador. Y con viáticos. Varela estaba loco. Quería industrias y revueltas. Ninguna de las dos. Se moría el último montonero. Y, sin federales a la vista, muerto el mismísimo Urquiza, general panqueque, el país estaba unido. Un país unitario y que miraba para adelante. Sobre todo para arriba.
Pero Mandinga metía la cola. Porque, exactamente al año de salir La Nación, llegaba otra peste conocida. La fiebre amarilla entraba. Y también por San Telmo. El primer caso saltó en un conventillo de la calle Bolívar, donde vivían extranjeros. Porque Buenos Aires se había inundado de extranjeros. La mayoría, italianos que escapaban al hambre de la península. La fiebre amarilla producía miedo. Era un fantasma temido.
Cuando se reportaron los primeros casos, una comisión de médicos notables le advertía a la comisión municipal de Buenos Aires que podía llegar una epidemia. Pero don Narciso, a la sazón presidente de esa comisión, no prestó atención. ¡Qué fiebre amarilla ni qué ocho cuartos!, dijo Don Narciso, con ese nombre rimbombante y la cabeza vacía. Porque lo más peligroso de Narciso no era que se engolara frente a un espejo sino esa decisión de mandar a la mierda a todo el mundo. Don Narciso Martínez de Hoz era de una estirpe especial. ¡Si se mueren en los conventillos, les mandan el carro de los pobres, que para eso lo hemos creado! Los carros levantaban a los pobres y los llevaban a trabajar a alguna estancia.
Pero en pocos días no hubo carros que alcanzaran. Y muchos entendieron que había llegado la hora de rajar o morir. Y las clases acomodadas empezaron el éxodo. Algunos a Belgrano, apenas pasando el arroyo Maldonado; otros, a las barrancas de San Isidro. Así, con los negocios y los teatros cerrados, daba asco Buenos Aires.
Pero hubo otros que se quedaron. En minoría, claro. Y crearon la Comisión Popular para hacer frente a la fiebre amarilla. Manuel Argerich, hijo de don Cosme, acopiaba saberes diversos. Era abogado, filósofo, matemático y también médico, como su padre. Junto con José Roque Pérez empezaron a contagiar voluntades. Pérez no era médico; era fundador de una logia llamada De Libres y Aceptados Masones. Y los voluntarios jugaban el mano a mano con la parca llevando a los enfermos y moribundos a los hospitales o cargándolos en los carros o trenes para enterrarlos pronto.
A don Narciso Martínez de Hoz, después de desoír los consejos de tener una política pública para hacer frente a la fiebre amarilla, lo esperaba una tarea no tan ardua. Con su hermano José, fundador de la Sociedad Rural, y otros miembros del clan, se ocupó de financiar la campaña de Julio Roca al sur. Era hora de terminar, en serio, con los malones y los tolderíos. Además, por supuesto, había que llevar los rebaños de ovejas a pastar a esas tierras y dejar la pampa húmeda para los aberdeen angus.
A don Manuel Argerich y a José Roque Pérez no les quedaban muchas más horas de vida. Estuvieron al frente de la lucha desigual contra la fiebre amarilla. A cada rato repetían que no les daba asco, que cada enfermo que pudiera curar lo vivían como un gran triunfo. Ambos, debilitados, supieron fehacientemente que le habían ganado la pulseada a la fiebre amarilla. Pérez murió el 26 de marzo de 1871. Argerich, filósofo y matemático, sabía que no iba a poder gambetear la muerte mucho más tiempo. Resistió, enfermo, hasta que la Patria cumplía 61 años. El 25 de mayo de 1871 se sumó a la lista de 13.584 muertos de la peste.
Ya se normalizaba Buenos Aires. Y los muertos no hablaban. O al menos no hablaron por un buen rato. En San Telmo, con el tiempo, rindieron homenaje a otros 11 médicos, a 60 sacerdotes, a 22 miembros de la Comisión de Higiene y a cuatro de la Comisión Popular que murieron como héroes anónimos. De a poco, las familias pudientes cruzaron de nuevo el arroyo Maldonado y mandaban abrir las casas. Eso sí, ordenaron a los sirvientes que limpiaran 20 veces antes de que los señores volvieran para instalarse.
El pintor uruguayo Juan José Blanes, que por entonces vivía en Buenos Aires, pintó un cuadro en pleno 1871. Lo llamó Episodio de fiebre amarilla. Junto a una moribunda y su hijo están Manuel Argerich y su compañero de comité Roque Pérez. Ese óleo, conmovedor, fue expuesto en el Colón a fines de 1871, cuando el teatro todavía estaba en la entonces Plaza de la Victoria y ahora Plaza de Mayo. Las colas para ver el cuadro de Blanes eran tan conmovedoras como el agradecimiento de los sobrevivientes que, silenciosamente, recibían el mensaje de José Roque Pérez y de Manuel Argerich.

miércoles, 29 de junio de 2011

Justicia en riesgo (Alicia Miller)




En medio de un año electoral, habrá también decisiones importantes para designar a jueces y fiscales.
No sorprende que la UCR rionegrina busque ubicar en cargos clave en el Poder Judicial a amigos del gobierno.
Gran parte de Río Negro se ve seriamente afectada por la emisión de cenizas del volcán Puyehue-cordón Caulle, lo que incrementará la demanda al Estado de atención de numerosas necesidades de sus pobladores y sus actividades económicas.

Para pesar de las personas perjudicadas, los tiempos de la política ya han puesto su brújula hacia los varios procesos electorales que vivirán la provincia, sus municipios y el país desde aquí hasta fin de año.

La multiplicidad de fenómenos políticos y la complejidad de la trama de denuncias, investigaciones y defensas que atiborran el escenario público requieren de una ciudadanía atenta y activa. Muchas serán las decisiones que se tomen este año que generarán efectos notables y duraderos en los que vendrán.

Uno de los ámbitos en que se tomarán resoluciones trascendentes es el Poder Judicial de Río Negro.

No es el más visible.

Sin las campañas y actos públicos de los poderes Ejecutivo y Legislativo –cuyas designaciones se definen por el voto popular–, en el Poder Judicial la política está igualmente presente.

Las designaciones se realizan por representación indirecta, generalmente a puertas cerradas y en pocas ocasiones se da cabida a impugnaciones u opiniones de la sociedad.

Pero las reuniones del Consejo de la Magistratura para cubrir los cargos vacantes o pendientes de creación tendrán mucho que ver con la calidad de las instituciones que los rionegrinos tendremos en los próximos años.

Lo mismo puede afirmarse de la renovación que se viene en los órganos de control del Estado provincial.

Unos y otros son verdaderas oportunidades para dotar al gobierno de la provincia de controles y contrapesos que contribuyan a aumentar la transparencia y el buen uso de los recursos públicos. Algo que tendría efectos sensibles en mejorar la calidad de los servicios que se prestan a los rionegrinos de toda zona y de cualquier condición social.

Siete meses pasaron desde que –en noviembre del año pasado– el juez del Superior Tribunal de Justicia Luis Lutz presentó su dimisión al cargo con la intención de jubilarse.

Por alguna razón difícil de comprender, el gobernador Miguel Saiz inicia recién ahora el proceso para reemplazar al magistrado. Justo cuando Anses se dispone a otorgarle el beneficio previsional.

Tan morosamente reaccionó el mandatario que el juez podría ver prorrogado su mandato incluso hasta el año próximo. Al menos, todos coinciden en que no serán los actuales consejeros de la Magistratura quienes resuelvan la cuestión sino los que asuman seguramente después de agosto.

Para mal de la calidad del servicio de justicia, la misma demora se advierte para cubrir una gran cantidad de cargos en las cuatro circunscripciones judiciales de la provincia, lo que dificulta operativamente la tramitación de causas, retrasa los plazos, aparta a los hechos investigados de su juez natural y diluye las responsabilidades al llevar expedientes de mano en mano.

El segundo semestre de este año estará, sin duda, dominado por los procesos de elección de cargos en los poderes Ejecutivo y Legislativo. Hoy se vota para elegir autoridades locales en cinco ciudades rionegrinas –Comallo, Pomona, Río Colorado, Valcheta y Villa Regina–; el 14 de agosto serán las primarias o internas abiertas y simultáneas para cargos nacionales; el 5 de setiembre se votarán autoridades locales en Bariloche; el 25 de setiembre se elegirán gobernador, vice y legisladores en Río Negro y autoridades locales en varias ciudades, entre las que están Viedma y Allen; el 23 de octubre se elegirán presidente y vice, diputados nacionales y autoridades municipales en varias ciudades, entre las cuales están Cipolletti y, tal vez, General Roca.

En ese trajín, la elección de jueces y fiscales corre el riesgo de pasar inadvertida para la ciudadanía. Y esto implica un riesgo severo para la calidad de esas designaciones.

El radicalismo rionegrino tiene una larga tradición de intervenciones escandalosas para designar a funcionarios judiciales afiliados a su partido, familiares de dirigentes, amigos o proclives a serlo. Por eso, no cuesta imaginar lo que estaría dispuesto a hacer en la actual circunstancia, cuando por primera vez en muchos años el justicialismo –el principal partido de oposición en la provincia– lo aventaja por varios puntos en las encuestas de intención de voto.

El de Miguel Saiz ostenta el triste récord de ser el gobierno que más funcionarios sospechados, denunciados y procesados tiene en la historia de la provincia, por lo cual su interés habitual en una Justicia dócil se ve agigantado ante lo que –estiman– bien puede ser el fin de un ciclo de 28 años en el poder.

La desvergüenza de un grupo dirigencial llegó en estos días a un punto extremo y fue revelada con la contundencia de una imagen: el candidato del radicalismo para cubrir el cargo de titular del Juzgado 4 de Viedma, Guillermo Bustamante, participó de una fiesta familiar y de amigos organizada por el legislador Daniel Sartor, quien es materia de investigación en ese organismo por su presunto enriquecimiento ilícito.

En una foto distribuida por legisladores PJ se lo observa riendo y abrazado con el legislador Adrián Torres, integrante de Consejo de la Magistratura que debe evaluar su designación. Y otra imagen muestra, en la misma fiesta, al entonces fiscal general del Poder Judicial, Edgar Nelson Echarren, renunciado días atrás.

Tal ausencia de decoro y de respeto por la ciudadanía sumó otro elemento para el asombro al conocerse que el Colegio de Abogados de Viedma –el mismo que había dado su aval a la designación de Echarren cuando estaba procesado por presunto peculado– resolvió en votación de 20 profesionales que sus consejeros respalden a Bustamante para el cargo de juez.

La degradación de los hábitos institucionales y el desprecio por la legalidad y las formas republicanas son, tal vez, la más triste consecuencia de la falta de renovación en la política.

El radicalismo rionegrino bien puede ser exhibido como el fracaso ruidoso de las reformas constitucionales que, en la antesala de los 90, habilitaron la posibilidad de la reelección en el Poder Ejecutivo, algo que vedaba la anterior carta magna provincial.

Sólo el recambio periódico de autoridades garantiza la saludable separación entre personas, partidos e instituciones.

Las deplorables consecuencias del continuismo están a la vista.

martes, 7 de diciembre de 2010

Almorzando con Videla (Mayo 1976)


MAYO DE 1976


Almorzando con Videla...



"Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno. Yo nunca he sabido gobernar mi vida, menos podría gobernar un país", dijo Jorge Luis Borges, y los periodistas de Casa de Gobierno se sonrieron: ya tenían un titulo para sus notas. El miércoles 19, Borges, Ernesto Sábato, Horacio Esteban Ratti (presidente de la Sociedad Argentina de Escritores) y Leonardo Castellani (un sacerdote que escribía) almorzaron durante mas de dos horas con el general Jorge Videla y con otro general, José Villarreal, secretario general de la Presidencia. Primero los contertulios bebieron whisky, jerez y jugo de frutas. Videla inició la conversación preguntándole a Borges sobre su viaje a los Estados Unidos y los resultados de su operación de ojos. Borges le contestó que estaba muy cansado por ese recorrido de cuatro meses y, sobre todo, por la comida americana. En cuanto a su vista, intentó una demostración: señaló dónde estaba el perchero, dónde una silla, dónde un cuadro. Y enseguida le dio un vahído, estuvo a punto de caerse y lo atajaron Videla y Ratti. Cuando se recuperó, todos pasaron al comedor privado. "El desarrollo de la cultura es fundamental para el desarrollo de una Nación", dijo Videla varias veces, y los demás asentían.





A la derecha del presidente estaba el padre Castellani. A la izquierda, Ernesto Sábato. Enfrente Borges. Y a sus lados Ratti y el general Villarreal . Un mozo les servía un menú que la prensa calificó como "sobrio": budín de verduras con salsa blanca, ravioles y ensalada de frutas con crema o dulce de leche, con vino tinto Bianchi 1887 y San Felipe blanco. Videla, dijeron después los escritores, se dedicó a escuchar y les repitió varias veces que para él era un honor compartir esa mesa con tan importantes personajes. - Es imposible sintetizar una conversación de dos horas en pocas palabras, pero puedo decir que con el presidente de la Nación hablamos de la cultura en general, de temas espirituales, culturales, históricos y vinculados con los medios masivos de comunicación. Hubo un altísimo grado de comprensión y de respeto mutuo, y en ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria e ideológica y tampoco caímos en el pecado de caer en banalidades; cada uno de nosotros vertió sin vacilaciones su concepción personal de los temas abordados. Dijo, a la salida y a la prensa, Ernesto Sábato, y siguió: -Fue una larga travesía por la problemática cultural del país. Se habló de la transformación de la Argentina, partiendo de una necesaria renovación de su cultura.



Después le preguntaron su opinión sobre Videla: -El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresiono la amplitud de criterio y la cultura del presidente. Dijo Ernesto Sábato, y los periodistas volvieron a sonreír: ya tenían un cierre. Ya en 1978, Sábato Explicaría su posición en un articulo de la revista alemana Geo: "La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos", dijo, para explicar el golpe de marzo. Y, mas adelante: "Desgraciadamente ocurrió que el desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban ya a superarlos con los medios de un estado de derecho. Porque entre tanto, los crímenes de la extrema izquierda eran respondidos con salvajes atentados de represalia de la extrema derecha. Los extremistas de izquierda habían llevado acabo los mas infames secuestros y los crímenes monstruosos más repugnantes". Y, para concluir: "Sin duda alguna, en los últimos meses, muchas cosas han mejorado en nuestro país: las bandas terroristas han sido puestas en gran parte bajo control".


- Caparrós y Anguita, "La Voluntad", Tomo III, pág 72

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Reportaje a Leonardo Castellani

El 19 de mayo de 1976, el entonces presidente Jorge R. Videla almorzó, en la Casa de Gobierno, con los escritores Ernesto Sábato, Jorge Luís Borges, Leonardo Castellani y el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio E. Ratti.

A su término, los invitados atendieron a la prensa en la misma explanada de la Rosada. Sábato señaló que "hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria o ideológica” (La Opinión, 20/5/76). También expresó su inquietud por “la prisión del escritor Antonio di Benedetto” (La Razón, 19/5/76).

Castellani, por su parte, habló de su preocupación —también lo relata en el reportaje— por Haroldo Conti, “un cristiano que fue secuestrado hace dos semanas y del que no sabemos nada" (La Opinión, 20/V/76). Ratti comentó haber dejado una lista de reivindicaciones e inquietudes y Borges hizo mutis por el foro.

Un mes más tarde, la revista Crisis —aún bajo la dirección de Eduardo Galeano y Federico Vogelius—procuró conversar con los protagonistas.

“Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: ‘yo no hago declaraciones para la revista Crisis’, Borges, a su vez, dijo no tener tiempo y. lamentablemente, su disponibilidad de horarios excedía los límites del cierre editorial de esta publicación. Si, en cambio, pudieron ser entrevistados los escritores Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti”. (Crisis, julio de 1976)

Este fue el último número que la revista pudo publicar. De allí extraemos este reportaje al cura Castellani, quien puntualiza detalles de lo conversado —son notorias las diferencias con la versión de Sábato— en aquel significativo encuentro.


—Padre Castellani, durante varios días un amplio sector de la opinión pública no hizo más que comentar el almuerzo entre les escritores y el presidente Videla...

—Bueno, es cierto, pero la gente se olvida de que fue nada más que un almuerzo y en los almuerzos se come más que se habla ...

—Pero usted y los demás escritores fueron invitados para conversar sobre ciertos temas...

—Sí. En realidad, el más callado fui yo. Dije algunas cosas pero quienes más hablaron fueron los demás, sobre todo Sábato y Ratti que llevaban varios proyectos.

—¿Y el presidente?

—Él y yo fuimos los más silenciosos. Videla se limitó a escuchar. Creo que lo que sucedió es que quienes más hablaron, en vez de preguntar, hicieron demasiadas propuestas. En mi criterio, ninguna de ellas fue importante, porque estaban centradas exclusivamente en lo cultural y soslayaban lo político. Sábato y Ratti hablaron mucho sobre la ley del libro, sobre el problema de la SADE, sobre los derechos de autor, etc.

—Bueno, padre, al fin y al cabo, en una reunión de escritores...

—Sí, pero la preocupación central de un escritor nunca pueden ser los libros, ¿no es cierto? Yo traté de aprovechar la situación por lo menos con una inquietud que llevaba en mi corazón de cristiano. Días atrás me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti.

Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país.

—¿Qué afirmaron los demás asistentes?

—Fíjese que curioso: Borges y Sábato, en un momento de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna guerra internacional. Ellos, más tarde lo negaron, así como aseguraron decir cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la guerra.

Lo interesante es que el presidente Videla, que es un general, un profesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo. Creo que eso le desagradó mucho, pues motivó una de sus pocas intervenciones. A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo que eso significa.

Además, por lo incorrecto: se olvidan que la Argentina atravesó varias guerras internacionales, como la de la independencia, la del bloqueo anglo-francés, la del Paraguay, y más bien que de esas contiendas no salió purificada.

—Quizás ellos quisieron decir que la situación difícil de la Argentina no se justificaba, pues, a diferencia de Europa, no había sufrido ninguna guerra...

—Vea, en lo que va de este siglo Europa sufrió ya dos guerras mundiales, pero no por eso es más pura que la Argentina. Al contrario... Por eso le digo que de ese almuerzo, si es por lo que se habló, no puede haber salido algo muy positivo o trascendente. A lo mejor, el presidente se llevó una impresión favorable y pudo rescatar algunas ideas que allí se lanzaron, pero nada más.

—Su balance, entonces, no parece muy optimista...

—No, ni puede serlo. Sábato habló mucho o peroró, mejor dicho, sobre el nombramiento de un consejo de notables que supervisara los programas de televisión. En Inglaterra funciona una instancia similar, presidido por la familia real e integrado por hombres notorios de todas las tendencias.

Cuando estuve hace mucho en Inglaterra, Chesterton me habló de ese consejo del cual él formaba parte y que, por aquel entonces, supervisaba sólo la radie, ya que la televisión todavía no existía. Eso quería Sábato que se hiciese en la Argentina. Borges dijo que él no integraría jamás ese consejo de prohombres. Sábato, entonces, agregó que él tampoco.

Yo pensé en ese momento para qué lo proponían entonces. O sea que ellos embarcaban a la gente pero se quedaban en tierra. Personalmente, no creo que ese consejo sea una decisión muy importante ...

—Dentro de su larga experiencia, ¿qué significa este almuerzo?

—Para mí fue un hecho agradable, pero no muy trascendente. Al menos, que los hechos posteriores demuestren lo contrario, como por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti. Algunos me habían pedido que intercediera también por varios ex funcionarios cesanteados aparentemente en forma injusta. Pero no quise hacerlo, pues me pareció que esos casos desdibujarían la dramaticidad de la situación de Conti, por cuya vida se teme...

—¿No se plantearon los cuatro asistentes hacer un balance juntos de esa experiencia que los involucraba?

—Al salir, había una nube de periodistas y los fotógrafos eran interminables, parecían formar de seis en fondo. Borges aprovechó algún vericueto para retirarse rápidamente. Antes de hacerlo nos invitó para que fuéramos a su casa a tomar un café. Cuando Sábato, Ratti y yo logramos zafarnos del asedio periodístico, nos fuimos hasta la casa de Borges, pero ahí nos llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago. En fin, son cosas que pasan...